Terrible (extracto)
Seis
El volcán se apreciaba a lo lejos brillando en su desnudez de piedra, sin una sola gota de nieve que lo cubriese. Una explanada rojiza se perdía en la distancia y comenzaba a ganar estatura hasta convertirse en laderas, y éstas iban aumentando en tamaño para ofrecer una plataforma al macizo que reposaba majestuosamente sobre el promontorio dominando desiertos y salares en un radio de varios kilómetros.
El hombre bebía un café y apreciaba la vista del pedregal desde la ventana de su habitación. Había alquilado un cuarto en una pensión que estaba al borde mismo del desierto. Tenía una rústica habitación con piso de tierra y muros de argamasa, estaba equipada con una cama de ropas blancas y muebles hechos de madera de cactus, el recurso local más abundante. Adentro no hacía calor porque el adobe servía de aislante y regulaba la temperatura. La fachada daba al patio y frente a ella había una acequia seca y un árbol de tamarugo que era regado con devoción por el personal de la pensión, que también se ocupaba de la limpieza y de los mandados.
Las hojas de la ventana estaban abiertas, sujetas por unos ganchos de hierro fijados a la pared exterior. A esta hora en el desierto se levantaba un viento que empezaba a cobrar intensidad y se transformaba en un vendaval que amainaba de un minuto a otro casi a la misma hora cada noche.
El hombre abandonó la habitación pasando en su camino de salida junto a una esquina del patio donde había una pala, algunas herramientas y una caja de metal. Un grillo huyó hacia la sombra cobijándose del calor. Cantaba despacio y se estaba preparando para el concierto del ocaso.
Caminó por la callejuela de tierra y pasó junto a una rústica iglesia de poca altura, con paredes blancas y una cruz de palo sobre la cúspide del campanario. Siguió en dirección a la plaza, que estaba rodeada por añosos árboles de pimiento con minúsculas hojas que danzaban al compás del Wayra, el omnipresente Señor Viento del desierto. Este viento se presentaba a veces suave y placentero, en ocasiones furioso y tenaz, y sabía castigar la piel con escamas de sal y arena que estaban siempre disponibles en grandes cantidades.
En uno de los costados de la plaza había una pila seca. Curiosa visión, la pila. Resultaba difícil imaginársela en funcionamiento, expulsando un chorro de agua que venía corriendo desde las entrañas de la tierra para fluir a borbotones por la boca, describiendo arcos en caída hacia el receptáculo de piedra. Ésta agua ofrecería sin duda una oportunidad de oro para remojarse las manos y la cara, para refrescarse en aquella plaza tranquila perturbada apenas por la brisa. Sin embargo tal espectáculo resultaba impensable en semejante condición de sequía, al borde de un desierto árido como ningún otro. El viento barría la fuente, que en lugar de agua estaba cubierta por una capa de sal, azufre y hojas de pimiento, y tenía en su base algunas monedas resentidas por el castigo de los minerales.
En las copas de los árboles había instaladas unas palomas grises que se comunicaban entre sí emitiendo una especie de aullido que asemejaba el canto de un búho. El aire soplaba tibio y acariciaba la piel, pues el Wayra se mostraba comedido a esta hora. Iba largando breves y constantes ráfagas que rozaban el rostro, alborotaban el pelo y hacían más leve el caminar con su susurro de pimienta y de sal.
El hombre cruzó la plaza en diagonal y tomó una callejuela en dirección hacia una caseta telefónica que se veía a mal traer. Estaba apostada en una esquina junto a una galería cuyo alero ofrecía resguardo contra el sol de media tarde. A estas horas nadie ocupaba el teléfono. Mientras caminaba hacia él pensó que era poco probable que alguien lo hubiese usado hoy o durante la última semana siquiera.
Metió la mano en un bolsillo del pantalón y sacó un papel. Descolgó el aparato y oyó el tono. Introdujo las monedas y se acomodó el auricular entre la mejilla y el hombro mientras leía el número y marcaba los dígitos que ya apenas se distinguían en la botonera. Un hombre que venía acarreando dos atados de paja pasó caminando por el lado y sonrió ante la vista del afuerino usando la cabina.
Tras una espera de un minuto entró la llamada y respondió una voz femenina.
—Aló?