Oberón (extracto)

Uno

En el puerto de Sebastopol se preparaba para zarpar una terrible flota de guerra que tenía como misión surcar las aguas del Bósforo y después atravesar el estrecho de los Dardanelos para enfilar luego rumbo hacia el Caribe y cumplir su misión de aplastar una gran revuelta en la Isla Bonita, donde los soldados grises luchaban por contener el avance del ejército azul en su intento por apoderarse de las provisiones de la gente honrada y de los edificios principales, y de los comercios más importantes. El general al mando del ejército gris era un hombre que tomaba bastante café mientras que el general que dirigía las tropas azules tenía los ojos rojos y nunca dormía más de cuatro horas seguidas. El conflicto se había iniciado como una pelea de hermanos, un par de príncipes que habían dirigido la isla hasta ahora de manera benévola, brindando al reino y a sus habitantes un gran esplendor económico y la promesa de un futuro brillante, pues las exportaciones e importaciones estaban garantizadas por vía diplomática y los países vecinos se peleaban por comprar el pan de primera calidad, el té, los periódicos, el grano y otros bienes que se daban en el territorio nacional, donde trabajadores felices y mujeres semidesnudas laboraban de sol a sol para asegurar la producción. El fruto de la discordia había sido una mujer que se acostó con los dos príncipes y luego los dejó a ambos para irse con un carnicero. Al principio los hermanos habían llevado el asunto bastante bien y aunque dejaron de hablarse por un tiempo encontraron solaz en ordenar la ejecución del carnicero y la persecución de la mujer, de la que nunca se supo más nada porque huyó a nado una noche de luna llena y fue devorada por los tiburones a cien metros de la costa. Sin embargo, una madrugada tibia como todas, en la que los príncipes bebían juntos arrullados por la brisa del Caribe y rodeados de estrellas y mosquitos, en una aciaga hora, uno de ellos le enrostró al otro que lo habían abandonado por tener el pene muy pequeño, y esto constituyó una ofensa imperdonable que arrastró a la isla hacia una guerra fratricida, conflicto que despertó la indignación y la condena de la comunidad internacional, la que consideró una cuestión de honor y una tarea inapelable el inmiscuirse en un problema que no les competía, y enviar soldados a morir en un suelo que no era el suyo.

La Madre Rusia se preparaba para enviar la temible armada ya mencionada y estaba en constante contacto telefónico con sus aliados, los turcos y los italianos. Los ingleses también se habían involucrado en el conflicto pero no se decidían por cuál bando tomar, aunque enviaron de todos modos una poderosa flota que bombardeó la isla con sus cañones durante dos semanas sin tregua, para luego retirarse y recalar en un puerto en aguas vecinas mientras reparaban sus naves, que habían resultado severamente dañadas por unos feroces caracoles que devoraban la pintura de los cascos e incluso se desayunaban las hélices. Los efectivos esperaban instrucciones desde Londres mientras fumaban y se acostaban con las nativas de lindos ojos y largos pelos en las axilas y en el pubis. Al cabo de un año empezaron a nacer ciudadanos del imperio británico, que tenían un apetito voraz y despertaban una gran inquietud en la familia real, sobre todo en la reina, quien no conocía la moneda local del paraíso donde estaban sus nuevos súbditos y no sabía cómo iba a hacer para cobrar sus impuestos, así que ante la duda decidió mandar provisiones para asegurar un correcto desarrollo de estas criaturas, y también envió observadores para asegurarse de que los niños estuvieran bien cuidados y no aprendiesen palabrotas de aquellas que abundaban en los labios de los marineros. Esta reacción real causó indignación en la opinión pública, pues en el edicto publicado en las puertas del palacio no aparecía por ninguna parte la mención del envío de alcohol para las tropas, hecho que fue interpretado por las masas como una debilidad de la corona, porque el pueblo pagaba con gusto el tributo a la monarquía pero no iba a tolerar medias tintas en lo que a la guerra se refería. Se organizaron protestas pacíficas frente a los jardines reales y ante la presión la reina concedió tres días feriados y envió cerveza y whisky a las tropas en el Caribe, medida que aplacó al pueblo y fue recibida con gritos de júbilo y ojos llorosos.

Los reportes desde ultramar consignaban que los niños crecían fuertes y sanos, y que habían desarrollado un singular gusto por la carne, de modo que en adelante los envíos constaban exclusivamente de cerveza y carne fresca. El whisky había sido suprimido porque una de las isleñas, la jefa del sindicato, había llamado personalmente por teléfono a la reina para quejarse y denunciar que el espirituoso causaba un efecto indeseado en los marineros, que tras la ingesta prolongada se volvían infieles y se acostaban con las mujeres que no correspondían. Aparte de esto —le confió la nativa a la mandataria—, la mezcla era tan grande que ya no se sabía de quién eran los niños, y como si esto fuera poco las criaturas nacían cubiertas de un espeso vello sobre la piel, y esto les causaba una incomodidad terrible a los angelitos, que sufrían con el calor tropical y estaban siempre sudorosos y resbalaban de los brazos de sus madres y caían sobre los perros, llenándose así de pulgas. La soberana podía tolerar la infidelidad pero no iba a transar con el sufrimiento de los menores, de modo que los degenerados marineros tuvieron que conformarse con la cerveza. El pueblo británico recibió con entusiasmo esta resolución y se organizaron actos en cada barrio, se pusieron guirnaldas en los faroles y banderas en las calles, se prepararon parrilladas donde la carne era gratis y el vino estaba a mitad de precio, y todos aquellos que sabían leer comentaban con orgullo acerca de la proverbial y salomónica sabiduría de la madre de la patria. El transporte marítimo de los víveres hacia la Isla Bonita estaba presentando dificultades pues el olor de los filetes de res atraía a unos terribles pulpos carnívoros que habitaban frente a las costas de Cuba. Los animales se acercaban a las naves y se ponían a cantar unas canciones populares de la zona, melodías que hipnotizaban a los marineros y los impulsaban a saltar por la borda (Mikhail había leído algo parecido en un libro, pero no recordaba el título de la obra y no la leyó entera porque olvidó el volumen en la casa de un conocido y cuando quiso recobrarlo se encontró con que había sido roído por las ratas). Una vez en el agua, indefensos, los tripulantes eran devorados por las bestias, que se daban un festín y de pasada se ponían más agresivas. Algunas incluso se trepaban por el casco y alcanzaban la cubierta, dejando la superficie manchada de tinta y baba. Luego, valiéndose de su sentido del olfato, que era tremendamente agudo, se abrían paso hasta las bodegas y se daban un nuevo banquete con la carne destinada a los niños, y con cualquier marinero que encontraran a su paso. Otros incluso se aventuraban a beber la cerveza, pero esto era una mala idea porque la ingesta del espumante y noble líquido les causaba una hinchazón inmediata y entonces les acometían unos salvajes accesos de flatulencia e incluso una buena parte de ellos explotaba, causando grandes estragos en las instalaciones de las naves, sobre todo en el sistema eléctrico. Para solucionar este contratiempo los oficiales se ayudaron de las bibliotecas del cuerpo de la marina y tras estudiar numerosos tomos de medicina veterinaria se llegó a la conclusión unánime de que era menester instalar en cubierta sendos transmisores de radio, los que eran encendidos en las proximidades del mar de Cuba y tocaban marchas militares a todo volumen. Esto impedía que los marineros oyesen las melodías de los aceitosos octópodos. Tal inteligente y eficaz medida permitió que el tránsito por las aguas del archipiélago volviese a ser seguro y no bastaba más que controlar que las creaturas no subieran a bordo, cosa que se solucionaba arrojando sal por la borda. Esto último se infirió tras el estudio exhaustivo de obras completas de cocina. Sin embargo, en algunos días excepcionales cuando la temperatura y la humedad eran excesivas y se producían tormentas eléctricas, el contacto con la sal también hacía explotar a los moluscos, y en este caso no había ya nada más que hacer pues el estallido dañaba en mayor o menor medida la estructura de las embarcaciones, llegando incluso a hundir a algunas de ellas. Por fortuna los náufragos lograban alcanzar la costa a nado y se apareaban inmediatamente con las isleñas, las que se sentían atraídas por el acento británico. Estos hechos aislados causaron una nueva y pequeña pero creciente camada de niños, los que detentaban un carácter terrible y abandonaban el hogar a la tierna edad de cinco años para dedicarse a sus propias cosas. Esto, sumado a la pérdida de los navíos, significaba nuevos problemas y grandes gastos para la corona, lo que estaba creando tensión en el Reino Unido debido a que ministros y parlamentarios se reunían cada vez más seguido a mirar el fútbol y a cuestionarse la utilidad de la participación del imperio en esta guerra. Pero en esto la monarca se mostró inflexible, se montó en el macho y no dio su brazo a torcer, pues estaba orgullosa de su labor de caridad y se deleitaba con las fotos que recibía sin falta cada quince días de las adorables criaturas de ultramar que estaban bajo su regio patrocinio, y las mandaba a enmarcar todas, y las hacía colgar en las paredes del palacio. En un momento fue necesario empezar a retirar las cabezas de animales y los retratos de los antepasados reales para dar espacio a las imágenes de estos pequeños salvajes, y a la reina le valieron un pepino las quejas de la familia real al respecto. Todos en el palacio se sentían atemorizados ante la vista de estas fotografías y también se sintieron ultrajados al ver retiradas las representaciones de gloriosos reyes, príncipes y duques, quienes estaban inmortalizados en escenas de batallas, cacería e higiene personal. Pero era la reina quien tenía la última palabra en esta materia. Mal que mal ella era la que asumía todos los costos de la operación cargándolos a su propia y generosa mensualidad, y mal que mal qué importaban los retratos, pensaba ella, pues ya más nadie se acordaba de los nombres de los vejetes y mucho menos de sus supuestas heroicas hazañas.

La Madre Rusia se había involucrado en el conflicto porque el Zar recibió un llamado telefónico del primer ministro italiano avisándole que los ingleses estaban ganando la guerra, y el Zar respondió no se diga más, y organizó un banquete para ricos y pobres, y sirvieron spaghetti para todos, y después de la fiesta se fue a pasear con su perro y compró un periódico donde se mencionaba que unos terribles pulpos estaban destruyendo la flota británica, y el Zar se entusiasmó y pensó que el pulpo era delicioso, y entonces aparte de enviar vodka hacia la isla en disputa, que tal era el plan inicial, se decidió a enviar la flota imperial y se reunió con el primer almirante de la marina para preguntarle qué tan posible era ir a ganar la guerra y traer de vuelta esos deliciosos pulpos, y el almirante no sabía de qué le estaban hablando, pero de todos modos respondió por supuesto, su excelencia, y el Zar se puso contento y le subió el sueldo al almirante, y le ordenó prepararse para zarpar lo antes posible, y mandó a fabricar enormes cuchillos en la maestranza imperial para faenar los mariscos en el camino, y llamó por teléfono a sus primos y les dijo que iba a ofrecer un banquete que ya iban a ver. Los preparativos marcharon viento en popa y cuando los cuchillos estuvieron listos resultó que eran demasiado grandes, y para meterlos en las naves había que prescindir de buena parte del armamento por motivos de espacio, y el almirante le comunicó esto al Zar, quien respondió que eso no era problema, que si les faltaban proyectiles bien podrían usar los cuchillos, y el almirante entendió de inmediato que esta era una mala idea, pero de todos modos le dijo por supuesto, su excelencia, y decidió pintar las naves de distintos tonos de blanco para infundir respeto, y para que el enemigo no sospechara que estaban cortos de municiones, y se reunió con su cocinero para preguntarle qué era esto de los pulpos, y como el cocinero leía los diarios todas las mañanas ya estaba informado de todo, y le dijo al almirante que la prensa indicaba que los moluscos eran grandes, y que no era de extrañarse que su excelencia los quisiera meter a la olla, y el almirante le preguntó que si acaso había sido pulpo lo que sirvieron para la fiesta de cumpleaños de su señora, y el cocinero le respondió que no, que eso había sido atún, y el almirante quiso saber si acaso él podía cocinar pulpo, y el cocinero dijo que por supuesto, y el almirante preguntó si acaso el pulpo era sabroso, y el cocinero aseguró que era rico, y entonces el almirante pensó que era buena idea contratar unos cocineros para enviar junto con la flota de guerra, por si acaso, se dijo, y mandó a colocar avisos en todos los rincones de la ciudad reclutando cocineros que supiesen cosechar pulpo, y el cocinero vio uno de estos carteles una mañana cuando pasaba junto a la estación y fue donde el almirante y le dijo que el pulpo no se cosechaba sino que se pescaba y se faenaba, y el almirante pensó que con razón no se había presentado aún nadie por el puesto, y mandó a quitar todos los carteles, y fueron repartidos entre los indigentes para que pudieran hacer fuego en las noches, aunque todavía no hacía frío, pero aun así los quemaron todos y se produjo un par de incendios menores. Se imprimieron nuevos afiches con el texto corregido y ahora sí que se presentaron varios candidatos, pero la gran mayoría fue rechazada porque no sabían nadar, y otros más porque nunca habían cocinado pulpo pero sí habían leído cómo hacerlo, y esto era poco honesto, pero necesitaban el trabajo y no se puede juzgar a alguien que hace lo posible por llevar el pan a la mesa. El proceso de reclutamiento de los cocineros se retrasó por lo mismo y finalmente fueron seleccionados ocho candidatos, entre ellos una mujer. En el intertanto las naves estaban listas hacía un tiempo ya y los marineros estaban todos a bordo esperando zarpar, y fumaban y jugaban ajedrez. Algunos leían y los más bebían y se peleaban de tal forma que hubo que encarcelarlos, y mientras tanto el Zar se preguntaba por qué sería que aún no había recibido noticias sobre su flota de guerra, y mandó a llamar al almirante y le dijo cuénteme usted por qué se está demorando tanto la partida de mi armada, y le confió que sus primos estaban impacientes por probar esos pulpos de guerra, y el almirante contestó que precisamente debido a eso, su majestad, debido al asunto de los pulpos es que se ha demorado el inicio de la expedición, y le aseguró que él mismo se estaba preocupando de ultimar todos los detalles para que aquella delicada carne pudiese llegar en las mejores condiciones a su mesa, excelencia, y el Zar respondió que bueno, y ninguno de los dos mencionó el conflicto, y una semana después estaba todo listo para dar el vamos.

Los turcos entraron en la guerra debido a un malentendido. Llegaron a oídos del Pachá los detalles de la obsesión del Zar con los pulpos y pensó que el soberano ruso tenía algo entre manos, creyó que sus planes iban más allá de la guerra, y quiso saber todo sobre estos animales. Sus consejeros le informaron sobre las dificultades que tenía la armada británica debido a las feroces bestias, incluyendo un detallado reporte sobre el tipo y la cantidad de daños sufridos por las embarcaciones, pues los octópodos se habían sumado a los caracoles en la destrucción de los navíos, y se habían abierto paso desde el mar de Cuba para aterrorizar a los ingleses en su fondeadero en una pequeña pero tranquila isla a unas trescientas millas del escenario del conflicto. El Pachá no quiso oír detalles sobre los barcos, y golpeó la mesa, y exigió un informe de carácter urgente sobre la importancia de los pulpos en la cocina y la vida social rusa, en la alta sociedad, si me entienden, les dijo, y los consejeros se miraron entre ellos con cara de sorpresa y el Pachá al ver esto volvió a golpear la mesa esta vez con más fuerza y les dijo, y entonces? Y los consejeros sintieron miedo, y uno de ellos respondió que los pulpos no tenían tradición de animales de guerra, excelencia, pero estos de los que estamos hablando han demostrado ser feroces, y aparte de alterar la cadena logística de los británicos además están poniendo en jaque su capacidad de respuesta militar, y el Pachá al oír esto se enfureció de verdad porque ya les había advertido a esos inútiles que no quería hablar de menudencias de guerra, y les dijo que este tipo de confusión era precisamente la estrategia que podía estar buscando el Zar, y que él, el Pachá, necesitaba estar un paso por delante si quería mantener la supremacía en la región, y les advirtió que si no eran capaces de ver más allá de lo evidente realmente poco y nada le servían como consejeros, y los tildó de ineptos y de novatos, y les dijo que un líder como él no tenía tiempo para discutir babosadas técnicas, y que si no eran capaces de conectar los puntos y ayudarle con sus planes los iba a destituir a todos, mejor dicho, los iba a encarcelar. Y eso fue lo que hizo, los encerró a todos y se preocupó de que recibiesen celdas limpias y buena comida, pues después de todo le habían servido bien, pero en tiempos de guerra se necesitaban medidas extraordinarias, y prohibió que recibieran bebidas alcohólicas en su reclusión. A continuación, y como era de esperar, bebió una copa de anís y se dirigió a hablar con Mustafá, el cocinero en jefe del régimen. Mustafá era un hombre con gran experiencia en pasteles y dulces de la más fina elaboración, siendo su máxima especialidad todo lo que tuviera relación con el pistacho. También conocía mucho de panes, carnes y legumbres, y sabía deleitar al mandatario con las más delicadas pastas de verduras, puré de sésamo y embutidos. También había puesto en la mesa de su excelencia soberbios bocadillos a base de camarones, calamares, centollas e incluso pequeños moluscos, pero de pulpo no conocía mucho, aunque tuvo la inteligencia de omitir este detalle y entonces mandó a pedir pulpo fresco, que le fue traído desde España en grandes cajones con hielo, y logró prepararlo con gran clase, y el Pachá quedó asombrado y no quiso comer más que pulpo hasta que se acabaron las provisiones, y se convenció de que el Zar era un tipo refinado, y sintió envidia, y se dijo que si alguien iba a controlar la cadena de distribución de esos pulpos cubanos ese era él, el Pachá, y se decidió de inmediato a enviar una expedición a la Isla Bonita, y le encomendó la tarea al personal más destacado, y les advirtió que esta misión debía revestir un carácter diplomático, pues no quería verse involucrado en el conflicto. Así fue entonces como la armada turca mandó un destructor hacia las aguas del Caribe, y la nave fue decorada con guirnaldas coloridas para darle un carácter festivo, para que nadie creyese que el destructor tenía pensado destruir nada. El capitán de la nave tenía instrucciones precisas de ser muy cauteloso al pasar cerca de las costas de Cuba, pero una vez en aquellas corrientes los centinelas no observaron nada fuera de lo común aparte de unas grandes manchas de espuma negra que flotaban aquí y allá en la superficie de las olas. Finalmente recaló el destructor en Puerto Lindo, el principal puerto de la isla, que aún estaba bajo el control del ejército gris. Al ver aparecer la nave en la rada algunos reaccionaron con temor, pensando que se avecinaba un nuevo mortal e injusto bombardeo, y otros reaccionaron con alegría, pensando que se trataba de una expedición libertadora. El alto mando del ejército gris fue tomado por sorpresa con este evento y los generales del ejército azul siguieron con mucha atención el desarrollo de los acontecimientos, pues tenían espías disfrazados de ciclistas, carteros y pescadores. Un oficial del ejército gris se presentó a bordo del destructor junto con su escolta. Traían pan fresco y jugo de sandía para agasajar a las visitas, y también cuchillos y pistolas, por si acaso. El capitán turco se presentó amablemente e invitó al destacamento a pasar al salón de mando, donde comieron pan, bebieron el jugo de sandía y disfrutaron de deliciosos pasteles y embutidos. Cuando el oficial quiso saber cuál era el motivo de la presencia de la nave en aguas de la isla, el capitán le respondió que su misión era una misión de observación, una misión de paz en el fondo, y le preguntó a su colega militar que acaso cómo andaba la pesca en la isla, pues tenía órdenes directas del Pachá de hacerse el loco y tratar de averiguar lo que pudiese sobre los pulpos sin dar detalles sobre su verdadera intención. Se produjo un silencio tenso en la sala y entonces uno de los hombres del destacamento gris soltó un gas, y eso provocó una carcajada general, y uno de ellos dijo entre risas que lo único que habían pescado últimamente eran resfriados, y otro dijo que la pesca de mujeres nunca se acababa, y otro afirmó que eran las mujeres de la isla las que tenían a todos los hombres pescados de las pelotas, y otro dijo que los habían pescado a todos y los habían puesto a combatir. El oficial se rió de manera discreta y dijo que desde el comienzo del conflicto se habían retirado del litoral las especies más típicas, y que otras nuevas habían aparecido, como tiburones blancos y cachalotes, y medusas, y erizos, y pulpos, los que aparentemente habían sido atraídos por aquellos sucios británicos, y entonces el capitán turco quiso saber si es que acaso esos pulpos tenían intenciones específicas o qué, y el oficial respondió que eso no se lo sabría decir, pero que había oído mencionar que en algunos países se los comían, fíjese usted semejante disparate, dijo, comerse a esos animales tan inteligentes y cariñosos, y el capitán dijo que la prensa afirmaba que se habían ensañado contra la flota británica, y quiso saber que acaso por qué habían atacado a los ingleses si eran tan cariñosos, y el oficial se encogió de hombros y le aconsejó que bien podía él mismo ir a preguntarles a ellos, y le dijo que su misión aquí se había acabado, y anunció que había llegado el momento de retirarse pues debía ocuparse de los asuntos de guerra, y que si les había gustado el pan les podían enviar más, y que eran huéspedes de honor, y que podían quedarse cuanto quisieran siempre que no tomaran parte en el conflicto, y que les podían enviar mujeres también si así lo deseaban. Les enviaron pues el pan y las mujeres, pero esto no prosperó porque las chicas se quejaron de que los marineros turcos no sabían cómo tratar a una dama, y que además tenían penes pequeños, aún más que los de los isleños, y que esto no lo iban a tolerar. La noticia corrió como reguero de pólvora y cuando los marineros turcos paseaban por los amplios malecones cubiertos de palmeras e hibiscos la gente se reía de ellos, y se acomplejaron y decidieron acortar la visita, y entonces zarparon con rumbo a lo de los ingleses. Después de unas horas de navegación sin contratiempos divisaron la isla donde estaba fondeada la armada invencible y se atemorizaron al ver los barcos, y el capitán decidió que no había margen para errores, y ordenó que por los altoparlantes de la nave se reprodujeran canciones típicas, en especial cualquiera que hablase sobre amistad y camaradería, recalcó, y el destructor se aproximó al puerto con sus guirnaldas tan lindas y su música tan alegre que daba gusto verlo. Parecía un comité de fiesta. Los ingleses se alarmaron grandemente al ver esta inesperada nave a la que identificaron como un destructor, y se confundieron al ver las guirnaldas y al oír la estridente música, y celebraron una reunión urgente en el puente del buque insignia, el que había resultado gravemente dañado por los mariscos pero aún servía como centro de operaciones. El almirante británico dijo que esto era una provocación y que debían responder de manera contundente, pero la mayoría de los oficiales, que observaban a los turcos con sus catalejos, coincidieron en que era imposible que unos idiotas que traían a su nave adornada como un árbol de navidad pudieran representar una amenaza para nadie, aunque otros tenían sus dudas y afirmaban que un destructor era un destructor aquí y en la China, y que esa horrible música no podía obedecer a un azar, y que probablemente se trataba de una maniobra disuasiva, y entonces un contramaestre zanjó la cuestión y afirmó que él algo de turco sabía, y que según su entendimiento las canciones eran groseras e insultaban a su majestad la reina del imperio británico, y no necesitaron saber más. Entonces hundieron a cañonazos a la nave turca antes de que ésta pudiese reaccionar, y los proyectiles mataron a la mayor parte de los efectivos, y los que lograron salvarse de las explosiones y la metralla saltando por la borda no fueron capaces de alcanzar la costa a nado, pues estaban agotados después de tener tanto sexo. Al llegar estas terribles noticias a los oídos del Pachá éste se enfureció y llamó por teléfono al Zar y le dijo compadre, cuente conmigo para esta guerra, y el monarca respondió OK, y lo invitó a pasar una semana en Rusia para hablar con calma sobre el asunto, y le prometió un banquete en su honor, y le preguntó que qué le gustaría comer, ante lo que el Pachá respondió sin vacilar que deseaba comer pulpo, y el Zar le dijo excelente idea.

Los italianos habían optado por una posición neutral, aunque la opinión pública estaba dividida. Algunos pensaban que era una cuestión de honor interceder en el conflicto, aunque pocos sabían bien de qué iba realmente el asunto, y otros opinaban que no había motivo alguno para intervenir en una guerra fratricida, aunque esta palabra la habían aprendido en los diarios y tampoco sabían quién era el fratricida, menos quién estaba siendo fratricida con quién o por qué, así que ante la duda mejor abstenerse, pensaban, y el tema se discutía acaloradamente en bares e iglesias. El primer ministro italiano también había enviado espías a la isla, los que estaban disfrazados de panaderos, prostitutas y vagabundos. Los informes que le llegaban eran preocupantes, pues según los reportes el ejército azul había destruido gran parte de las plantaciones de café en su impetuoso avance sobre las huestes grises, las que aún tenían el control de la capital y las ciudades más importantes. Además, los prisioneros de guerra de ambos bandos eran alimentados exclusivamente con ravioles, los que eran rellenados con carne de caballo para abaratar costos. Que gente más bruta, pensó el ministro, y estaba preocupado por el tema del café, pues la isla era un proveedor de grano de alta calidad y el precio de la mercancía era irrisorio, así que estaba temiendo quedarse sin tan preciado suministro. El premier estaba en constante comunicación telefónica con el Zar de Rusia, y éste le daba la lata hablándole de comida, pero cuando le confió que había decidido involucrarse activamente en el conflicto, y que iba a enviar su flota imperial, y que el imperio otomano se había sumado a la causa, el ministro italiano se espantó y quiso saber cuáles eran los motivos que lo habían impulsado a tal decisión, y por qué los turcos habían entrado en la conflagración. El Zar hizo una pausa y luego le dijo estas cosas importantes no se hablan por teléfono, hombre, y lo invitó a su corte para discutir el asunto, y le dijo que le iba a tener unas muchachas regias, y entonces el primer ministro se entusiasmó, pues sabía que en la corte rusa se comía muy bien, y conocía las mujeres legendarias que producía la tierra del este, así que le dijo que claro, que contara con eso, y tomó un tren que se demoró dos semanas en llegar a San Petersburgo porque el viaje estuvo plagado de problemas. El tren oficial estaba pintado completamente de color verde oliva y los carros y la locomotora tenían inscripciones en letras blancas muy modernas. A su llegada a la capital rusa fueron recibidos con un desfile y las calles estaban iluminadas con luces y guirnaldas, y el ministro se emocionó ante tal fino detalle, pero luego se enteró por el maquinista de que la decoración era para recibir al Pachá turco, y le dio una furia terrible, y sintió envidia, y se prometió que esta sería su última visita a Rusia, pero al ver las muchachas sonrientes y ligeras de ropas que integraban la comitiva de recepción cambió de idea, y a la segunda copa de vodka se olvidó del asunto y se dijo que no estaba bien ser rencoroso, y que de seguro su buen amigo el Zar le había preparado una estadía inolvidable. Y así fue, pues el emperador lo agasajó grandemente y lo surtió con prostitutas frescas que desfilaban por sus aposentos noche y día.

Cuando llegó el momento del banquete oficial el ministro se puso un fino traje de terciopelo rojo, que lamentablemente no era adecuado para resistir las temperaturas rusas, las que el mandatario siempre encontraba excesivamente bajas, incluso en verano, y se presentó tiritando ante el Zar, el que se rió en su cara y le dijo que parecía un actor así todo vestido de rojo, y al notar el rostro de culo de su invitado le dijo no te afanes, hombre, ven que aquí te tengo preparadas unas delicias, y lo condujo al gran salón, donde el premier se encontró con la mayor cantidad de pulpo que había visto en su vida, que habían traído desde España. Había bocadillos de pulpo asado, ensaladas de papas y pulpo frío, entremeses de pulpo al ajillo, pulpo grillado con confitura, cocktails de tinta de pulpo, los que el italiano encontró soberbios, ceviche de pulpo e incluso postres de pulpo, pero estos no los quiso probar y se conformó con una ración doble de vodka. Que rico tu pulpo, le dijo al Zar, aunque es una pena que las porciones sean tan pequeñas, debieras ver tú los grandes pulpos que se consiguen en el sur, y esto no le gustó para nada al Zar, y se reconfortó pensando que muy pronto controlaría el monopolio de los pulpos más grandes que se habían visto, y a ver si aquel mequetrefe podría decir algo cuando los viese. Bebieron como campeones y se divirtieron jugando ajedrez y conversando con las bellas cortesanas, de las que el Zar se jactaba como un pavo real. Le decía al ministro viste aquella? Esa es Ekaterina, somos buenos amigos, y le daba un codazo y le guiñaba el ojo. Viste a esa otra? Esa es Ana, a veces damos unos largos paseos por los jardines del palacio, y me la llevo a lo oscuro, y le guiñaba el ojo nuevamente. Mira esa rubia de allá, le decía, la de las mejillas rosadas y los ojos verdes. Esa se llama Kolenka. Mira esos globos! Y se reía y se quedaba como esperando una respuesta, y el italiano le decía ahh, y brindaban y comían más pulpo. Cuando el primer ministro le preguntó por qué era que los turcos se habían sumado a la contienda el Zar le dijo que los ingleses habían hundido un destructor de la flota turca, en una maniobra traicionera, aseguró, y el premier dijo ahh, y quiso saber detalles sobre el enfrentamiento, y el Zar le dijo que el destructor estaba realizando una misión de paz, y que los británicos no supieron respetar la condición y les reventaron la tinaja aquella, y se rió fuerte, y el ministro quiso saber qué misión de paz era esa acaso, y el Zar le dijo cosas de los turcos, tú sabes, y el italiano dijo ahh, pero no sabía de qué le estaban hablando. Luego llegó el momento de preguntar el motivo por el cual los rusos habían entrado en el conflicto, y el Zar le dijo pero cómo, acaso no me avisaste por teléfono que los ingleses estaban ganando, y el premier respondió que no, que sí, que cuando te avisé lo que quería decir es que habían bombardeado la isla y el Zar preguntó entonces no estaban ganando? Y el ministro respondió que sí, que esa batalla la habían ganado porque no tuvieron bajas, y porque mataron un montón de soldados de ambos bandos, y el Zar le dijo bueno, por eso, por eso es que decidí involucrarme, además esa islita ocupa un puesto estratégico en una ruta comercial, o acaso me vas a decir que ustedes no compran café por esos sectores, y el premier se sorprendió con la pregunta, y confesó que sí, y el Zar le dijo viste? Nosotros compramos té y no queremos tener problemas, y no me parece que esos payasos de los británicos anden repartiendo cañonazos por esas aguas, y de seguro tienen un motivo estratégico, el que voy a averiguar, te lo aseguro, por eso me pareció de vital importancia establecer nuestra presencia en el sector, para enseñarle a la reina que no le va a salir gratis meter sus empolvadas narices donde se le de la gana, y el primer ministro dijo ahh, y le preguntó si es que acaso ese era el verdadero motivo, y el Zar respondió qué me estás queriendo decir, Ettore, acaso crees que te voy a ocultar algo? Y qué hay de los pulpos, contraatacó el italiano, los rumores dicen que estás organizando una matanza, y el Zar se quedó en silencio y luego le dijo acompáñame a fumar, y se levantaron, y el Zar se lo llevó de un brazo, y dieron un paseo por los blancos salones del palacio imperial, rodeados de aduladores e inoportunos que intentaban sumarse a la conversación, y que el Zar rechazaba con un ademán, y sujetaba con más fuerza al primer ministro italiano, y parecían los dos una gigante señal del tránsito, uno vestido de rojo y el otro vestido de blanco. Verás, Ettore, dijo el Zar, es cierto lo de los pulpos, pero yo estoy nada más tomando precauciones porque es sabido que estas bestias atacan las naves de los ingleses, y es por eso que estoy organizando una cacería, pues no quiero que nuestro comercio de té se vea afectado, además si la ruta es segura eso también representa un beneficio para tu comercio de café y quizás que otras cosas que estés comprando por el sector, no crees? Y le dio un codazo al italiano, quien luego preguntó y es que acaso deseas establecer una base militar en el sector? Y el Zar le respondió quién sabe, amigo, quién sabe, y luego cambió de tema y se puso a hablar de caballos y de mujeres, pero esto no le gustó nada al premier, y se quedó con la espina clavada. Pasaron unos días y se olvidó el tema de la guerra y los mandatarios se divertían dando grandes paseos y asistiendo a las carreras y celebrando orgías organizadas por el Zar y comiendo pulpo y caviar. El premier se estaba hartando ya de tanto vodka y estaba añorando un vermouth cuando recibió un telegrama desde Italia avisándole que había surgido un problema y que debía presentarse en Roma a la brevedad posible, pero no se mencionaba el motivo, y el premier pensó estos ineptos, pero de todos modos accedió de buena gana porque ya no podía tolerar el frío y añoraba el soleado clima de la península. El Zar fue a despedir al primer ministro y lo acompañó al tren, y quedó impresionado ante la suntuosidad del coche ministerial, y le entregó a su colega mandatario un exquisito cajón de madera que contenía varias botellas del mejor vodka y otros tantos frascos del más delicado caviar, y antes de bajarse le preguntó en qué quedamos con la guerra, y el premier le dijo que le iba a avisar por teléfono.

Una vez de vuelta en sus funciones el primer ministro se enteró de que se habían presentado dificultades con el comercio del café, pues la región de los cafetales en la isla había sido conquistada por el ejército azul, y habían enviado un comunicado diciendo que ahora el precio por quintal se iba a duplicar, y que si querían lo tomaban o lo dejaban, y el premier se indignó, y dio un puñetazo en la mesa, y dijo qué se creen estos primitivos, se merecen que los bombardeemos, y un consejero le dijo esa es una buena idea, excelencia, y el premier quiso saber si acaso la república italiana estaba en condiciones de entrar en una guerra, y los otros consejeros le dijeron que por supuesto, que ya iba siendo hora de tomar cartas en el asunto, a menos que su excelencia quiera que se repartan la torta entre los turcos, los rusos y los ingleses, y el premier contestó por supuesto que no, y firmó un decreto que marcaría la entrada de Italia en el que más tarde sería conocido como el conflicto de los pulpos, y luego llamó por teléfono al Zar para comunicarle las noticias, pero éste no estaba ubicable porque se encontraba dando un paseo, así que le mandó una carta.

Así fue como estas cuatro poderosas naciones se involucraron en la contienda, y las caribeñas aguas se llenaron de naves de guerra. Pero los enfrentamientos no se producían, porque ninguna de las cuatro armadas tenía experiencia con las veleidosas corrientes de los mares tropicales, y además los caracoles se habían sentido atraídos por la novedad de estas embarcaciones modernas, y estaban encantados con la pintura de los cascos, y con el sabor a petróleo de las hélices, y producían grandes daños, y esto se traducía en que los marineros pasaban la mayor parte del tiempo en tierra firme esperando repuestos y reparaciones, y de pasada le tomaron el gusto a las isleñas, y mataban los días follando con ellas y bebiendo las exóticas bebidas de la Isla Bonita.