La Red (extracto)
Uno
Hasta aquí hemos venido. Encontramos una oportunidad fantástica en este lugar. Llegamos cuando todo estaba empezando. Vinimos desde el hiperespacio y usamos nuestros ingenios para desafiar la trama espacio-temporal y sumergirnos en el plano donde se proyecta este planeta, y en todos los adyacentes. En esta parte de la galaxia hallamos una fuente inagotable de energía que estaba disponible y seguirá así mientras nos ocultemos en la anomalía, mientras mantengamos el control.
Subyugamos a los inferiores, todo está por debajo de nosotros. Nuestra fuerza física y nuestro poder psíquico nos hacen aparecer como dioses ante la vista de los limitados. Vivimos durante eternidades y nuestros planes son a largo plazo. Proporcionamos a nuestros cautivos dolor y sufrimiento espiritual y ellos transforman esto en energía que recolectamos usando nuestra ciencia. Intercedemos en las dimensiones inferiores para aprovechar la fuente libre y con ella alimentamos nuestros intereses. Y tenemos ayudantes.
Dentro de los universos ilimitados reina un espíritu incorruptible que es superior al caos y a los infiernos. En aquellos reinos la Sabiduría decidió crear por su propia cuenta un objeto celestial. Esta creación se coló entre el velo que separa el mundo de Arriba de los reinos de Abajo, y la sombra nacida de la Sabiduría se hundió en el plano material y fue proyectada en un lugar particular. Entonces se originó una forma fuera de la Sombra, una bestia parecida al león, y esta fiera al abrir los ojos y ver la materia sin límites se emborrachó de orgullo y poder, y dijo «Yo soy Dios y ningún otro hay aparte de mí», pero esta afirmación pecó contra el Todo, y así fue como una voz respondió «Estás equivocado», y desde entonces que se le conoce como el dios de la ceguera, porque sus pensamientos se volvieron ciegos, y fue arrojado a la Tierra. El dios de la ceguera entendió que en la superficie no había más que oscuridad y líquido, entonces se movió de adelante hacia atrás y así separó lo seco de las aguas, y fijó para sí una morada en los cielos. Y allá abajo estaba la materia, y este Ser creó a sus siete hijos, pero eso no nos impidió adueñarnos de este lugar.
Nos reunimos en asamblea y acordamos apoderarnos de esta Tierra, y decidimos crear un hombre de barro porque necesitábamos mano de obra para todo lo que había por hacer. Usamos de modelo nuestros cuerpos de mujer y la imagen del Profundo que se apareció en las aguas, y creamos a semejanza un ser, y le dimos un jardín, y bajamos del cielo a los pájaros y las bestias, y se las entregamos en cuidado, y le encargamos nombrarlas. Había un árbol peligroso y este hombre comió de sus frutos. Entonces pudo vernos, entonces pudo entender. Le quitamos la longevidad e hicimos caer sobre él el profundo sueño de la ignorancia, y estando dormido le abrimos un costado. Sacamos de allí a una hembra viva y rellenamos con carne fresca. Él estaba inerte, le quedaba solo el alma. La hembra tenía el espíritu dentro de sí, y se acercó al hombre y le dijo «levántate», y él al despertar le dijo «tú eres la que me ha dado vida.» Es desde entonces que a él le falta esa parte, por eso es que la buscará siempre, y cuando vimos a la mujer entendimos que ella era el médico, era ella la que daba nacimiento, y la deseamos y pusimos nuestra simiente en ella. Y vinieron los problemas.
Tres
Lunes. Emma está cada vez más enferma. Sus pulmones no quieren cooperar y pese al reposo, el aire puro de las alturas y los tratamientos, su condición no remite sino todo lo contrario. El hotel es espléndido. La familia Piccard me ha enviado aquí junto a Emma y su hermano Ettore a pasar una temporada en estas cumbres que durante el frío son testigos de los deportes de invierno, aquí donde lo más granado de la realeza y las familias antiguas se dan cita para ejercitarse y resolver acerca del destino de la economía mundial, el que no sepa esto es porque vive debajo de una piedra. Estos Piccard aparte de ser los propietarios del establecimiento están emparentados con el célebre profesor Auguste Piccard, explorador de las alturas de los aires y las profundidades del mar. El profesor verdaderamente no necesita introducción, nada más lo consigno yo en mis notas debido a una debilidad, a un afán mío de presumir. Me avergüenza un poco el admitirlo pero por otro lado me ufano de codearme con las celebridades y me llena de orgullo el estar bajo el alero de un clan de tanto renombre. Yo vengo de una familia que conoció de estrecheces, soy uno entre seis hermanos y me he forjado a pulso. Estoy convencido de que las condiciones adversas templan el espíritu, y eso sumado a una cuota de fortuna es lo que me tiene aquí en este lugar de ensueño. Me place abandonar la urbe durante la temporada de los calores y me encuentro muy a gusto aquí entre los cazadores y los exploradores. Es sin duda el aire rico en oxígeno el que me emborracha y me hace escribir estas cosas. Hace cuatro días que hemos llegado, usando el tren y un coche, y he estado ocupado de poner a punto los aposentos de la dulce Emma, de reclutar al personal necesario para las atenciones y los cuidados que su delicado estado exigen, de instalar y disponer todo el equipamiento médico, de procurar las medicinas y ungüentos que me faltaban e incluso ayudar en algunos menesteres al joven Ettore. Apenas he tenido un instante para desempacar mis efectos personales y una de mis maletas está aún intacta. Después de almuerzo he hecho una pequeña excursión en solitario y he pasado unos instantes deliciosos disfrutando del sol y el aire cristalino. He aprovechado para dibujar distintas plantas y arbustos que me han parecido destacables, además de algunas perspectivas de las montañas y el valle allá abajo.
Sin embargo los días han sido tristes, pues aún pesa sobre nuestras cabezas la tragedia de la muerte de la pequeña Lucía, Dios la guarde en su reino. Fue imposible salvarla de aquel mal tan agresivo. Su deceso fue fulminante y después del funeral hemos partido de inmediato hasta acá porque los hermanos necesitaban un cambio de escenario, y porque el dolor hizo empeorar la condición de la buena Emma, que seguramente se ha contagiado con lo mismo. Pero a ella no la perderemos, porque yo daré la batalla. Haré todo lo humanamente posible para salvarla, porque así le he prometido a su padre y porque la amo. Emma está tan pálida como una vela y sufre de constantes pesadillas. Me cuesta mantener la compostura al verla cada día más deteriorada, se ve casi transparente la pobre. Siento que necesito un trago.