La Isla (extracto)

La Oficina

De nuevo se averió la impresora. Da la impresión de que la máquina de mierda adivina el momento en que la cosa es urgente, como si pudiese oír que es un apuro y que el informe tiene que estar en el correo antes de las cinco. Son las cuatro y media y aún faltan partes por redactar. Eso no es mi culpa, sino la del tarado de mi jefe, que se dobla como un sapo recibiendo comisiones con plazos absurdos, llevándose de pasada por delante a la oficina entera. Lola estaba ya histérica. Fruncía su boquita como a punto de llorar y yo sabía que era así porque ya me la conocía bien. La primera vez que follamos fue en la bodega, en el subterráneo. Había unas cámaras, y esas me preocuparon más que los ratones, pero ella dijo yo me encargo, y me dio confianza. La desvestí como una bestia y la tiré de espaldas en una mesa que era puro polvo. Tuve que despejar antes la superficie y boté a manotazos unas cajas que estaban encima, y me dio risa cuando cayeron. Ella ya estaba lista, se podía ver, y movía sus piernas y me miraba con cara de golfa. La manoseé bien manoseada y claro que le gustó, y luego hicimos lo que había que hacer, pero ella estaba lista para más, y se paró a buscarlo. Le di una nalgada que le arrebató un gritito y la empujé contra la mesa, y ahí mismo cambié de andén, y con eso quedó conforme, se veía. Nos vestimos y en cinco minutos estaba yo de vuelta sentado mirando la pantalla y bebiendo una cerveza. El jefe sabía que era un hijo de puta, así que no le importaba que en las tardes empinásemos el codo, hasta un refrigerador con cerveza nos tenía, así era el desorden en la oficina. Entonces se abren las puertas del ascensor y aparece un tipo que de inmediato me dio mala espina, como adivinando la desgracia. La chica de la recepción le sirvió un café y vi que se puso pálida al leer el documento, porque yo andaba por allí también buscando café. A la mañana siguiente estaba mi escritorio en la vereda, en la misma cuadra del edificio, y un gato roñoso dormía en mi silla cuando llegué. Lo corrí de unas palmadas y encendí mi computador. El aparato se tardó más de lo habitual en iniciar y emitió un ruido que no le conocía, pero no puedo estar seguro porque justo venía pasando un auto. Lo primero fue ver unos correos que había ignorado ayer porque sabía que me iban a traer dolores de cabeza. El café estaba frío pero no por eso no me dieron ganas de mear después de la tercera taza. Me metí a un estacionamiento y oriné junto a un deportivo, al lado de una enredadera medio seca. Al volver a mi puesto saludé al cartero, que venía pasando, luego se queda como pensando y da media vuelta para entregarme una carta. Se sorprendió un poco al ver mi escritorio en la calle, pero no dijo nada y se perdió caminando hacia la esquina. Había unas palomas. La carta mejor no la hubiese abierto. Ahora de dónde saco ese dinero, pensé, imaginándome calabozos. Dejé las hojas sobre el escritorio pero el viento se llevó dos. Quedaron manchadas con fruta podrida que estaba a los pies del basurero hasta donde tuve que llegar siguiendo al aire, pero las pude limpiar con una servilleta y quedaron bien. Impresentables, pero enteras. Ahora se cortó la electricidad. Mi computador aguanta un poco todavía pero la impresora así no podía funcionar, y necesito con urgencia imprimir algo que me enviaron. Partí a revisar la impresora, que estaba junto a una florería sobre unas cajas, y le di dos manotazos enormes que espantaron a un perro vago. Funcionó. Siempre funciona. La máquina se encendió, pero qué creen, ahora le faltaba tinta. Volví a mi escritorio y de un cajón abajo saqué algo de efectivo y partí a la librería a comprar tinta negra para impresora, y de pasada jugaré unos números de la lotería, porque me vino la idea de repente. En el camino me pareció ver una sombra, pero desapareció al darme vuelta para fijarme en un escritorio nuevo que habían puesto cruzando la calle junto a un poste. Me entretuve conversando con la hija del dueño de la librería. Está guapa la condenada, y me larga puras indirectas. Arreglé lo de la tinta, imprimí los papeles y en eso volvió la luz. Después de almuerzo el jefe nos citó a todos en una cancha de básquetbol que a esa hora estaba vacía, porque hacía calor. La luz venía desde bien alto y entre los demás pude ver de nuevo la sombra y me dijeron ese es nuevo, y yo pensé vaya cagada de día para comenzar en esta oficina, y se movía pasando por delante y por detrás de la gente que ya estaba haciendo un círculo para oír lo que iba a decir el jefe, y a veces asomaba nada más la cabeza o una mano, y luego se escondía detrás de otro. El jefe dijo que había dificultades, que confiaba en que esto nada más se trataba de una mala racha, que entre todos saldríamos nuevamente adelante, y que desde el lunes nos cortaban el wifi. Ahí se armó la pifiadera. «Tarado!», gritaron unos. «Cornudo!», se atrevió otra, y la señora del aseo le lanzó una caja de cigarros vacía que le pegó justo en la cabeza, porque estaba enojada, porque ahora le tocaba barrer la calle, por el mismo sueldo de antes. El jefe no se dejó amilanar con esto, porque era un hijo de puta, ya les había dicho, y dijo no le pongan, dijo, que la internet no se va a cortar, y ahí fue que organizó un cablerío de la puta madre. Llegaron sus sobrinos, esos con cara de tontos, y cablearon dos cuadras enteras, extendiendo las líneas hasta los rincones más cochinos. En la tarde ya estábamos de nuevo todos conectados y hasta andaba más rápido que antes, pero nos habíamos emborrachado esperando la internet, sin la cual poco o nada podíamos hacer, y nos fuimos a casa.