Hidalgo (extracto)

Veintidós

Es sábado por la tarde. El día ha sido extremadamente caluroso, la brisa del mar brilla por su ausencia y las putas están de asueto. El alcalde ordenó arreglar el camino hasta el castillo y las obras abarcan desde las afueras del pueblo hasta las puertas mismas del enclave. Por doquier hay zanjas y ripio, maquinarias y remolques, pilas de escombros, enrejados y fogatas, linternas y letreros con flechas y señales indicando peligro, precaución y desvío. Una hilera interminable de gente se dibuja como un torpe animal asentado en la subida hasta la fortaleza. Es día de fiesta y la gente acude a pie, en carretas, coches, caballos y mulas. Cada cual arreglado lo mejor posible. Se ven sombreros, pañuelos, collares, guirnaldas y adornos de todos los colores, esto le da a la romería un aire de celebración religiosa. El puente levadizo está abajo y hay guirnaldas, flores y lienzos con el escudo de la familia. La gente se amontona en la entrada y quedan boquiabiertos ante la vista de la heráldica. El propio conde está en la puerta acompañado de sirvientes armados. Serafín a su lado y Wolodymyr al otro. Los tres están vestidos de gala, llevan anillos, cadenas y relojes de bolsillo, tienen finos zapatos y perfume. El hidalgo y su sirviente llevan maquillaje y Wolodymyr tiene las patillas y la barba tomadas en trenzas sujetas por cinta de seda.

El índice de rechazo es grande. El conde deja entrar casi a puras mujeres, Serafín franquea el paso a algunos amigos y Wolodymyr perdona a unas muchachas descalzas que le sonríen. Los motivos para negar la entrada al evento pasan por vestimenta de mal gusto, tela de baja calidad, inadecuada combinación de colores, calzado ordinario, roto o mal lustrado, loción barata, relojes miserables, adornos ridículos, mala dicción, cabello sucio o desordenado, falta de higiene, aspecto sospechoso, fealdad, vulgaridad y cientos de otros detalles de acuerdo al ánimo y las variaciones de temperatura y humedad. Entre los rechazados se encuentran personalidades ilustres, políticos relevantes, militares destacados y gente acomodada que se indigna y suelta blasfemias hasta que aparecen las armas y los dedos apuntando el camino de vuelta al pueblo. Cada vez que alguien es admitido se oye un rumor entre la multitud, y los ojos pequeños y redondos se llenan de envidia, y se aceleran los corazones y aumenta la incertidumbre.

En un momento llega desde adentro la noticia de que los salones se están llenando, entonces el conde hace un gesto y los hombres armados cierran filas. El hidalgo comunica en voz alta que la fiesta está completa y la muchedumbre reacciona con un clamor que va creciendo. Se oyen improperios, el gentío se abalanza sobre la entrada y suenan tiros. La cosa se pone caliente y el anfitrión decide retirarse. Se oye su nombre en el aire, él se da vuelta y sus ojos se iluminan. Los guardias están reduciendo a una mujer que forcejea. Uno de ellos le da una bofetada. Dos segundos después se oye un disparo y el rostro del guardia explota en el aire manchando el rostro de la mujer. La multitud se enfurece y la tarde se llena de insultos y amenazas. El conde pide protección y camina hasta la barrera para rescatar a la maestra. En ese instante se oye un trueno en el cielo sin nubes y el hidalgo aprovecha la confusión para asegurar a la docente y llevarla hacia el patio del castillo. Wolodymyr da instrucciones a sus soldados, éstos reprimen a la gente y se alza el puente. Los indignados permanecen hasta la puesta del sol sin querer irse, y prenden fuego al alojamiento de la baronesa y al burdel. Desde las almenas caen disparos, los agitadores se desbandan y los muertos quedan en la tierra hasta el día siguiente.

El conde llama a la maestra por su nombre. Es la primera vez y ella se alegra entre sus lágrimas. Tiene el rostro y el vestido manchados con sangre y astillas de huesos. El noble repite el nombre una y otra vez, y manda a llamar a dos sirvientes que se ocupan de la maestra, y la consuelan, y la limpian, y le maquillan, y le entregan un vestido nuevo y zapatos y joyas. Los salones están repletos de gente que camina pavoneándose como aves de caza, mirándose unos a otros y felicitándose por el hecho de formar parte de un grupo tan selecto.

En las mesas había vino, aperitivos de todo tipo y sabrosos entremeses. La gente devoraba todo a su paso como langostas, la mayoría jamás había probado las ostras, el caviar ni los caracoles. Una moza se atragantó con una espina de pescado. Su rostro se enrojeció y perdió el aliento lentamente sin que alguien fuese capaz de ayudarla. A nadie pareció afectarle el hecho y los sirvientes la retiraron discretamente. La muchacha murió en una habitación contigua y su cadáver quedó allí pues todo el mundo estaba ocupado y nadie tenía instrucciones al respecto.

Había músicos en la planta baja y también en el primer piso, donde eran admitidos los más granados de entre los presentes de acuerdo a criterios que cambiaban constantemente. Uno de los invitados, un empresario cuyo rostro estaba enrojecido, dijo unas palabras inadecuadas a una moza que resultó ser la prometida de un oficial. El militar había bebido con holgura y no dudó en darle una bofetada al inoportuno. Se dieron de trompadas allí mismo y se llevaron por delante una mesa y un florero de porcelana repleto de cardos. El militar atravesó al insolente con su espada y la gente presenció el hecho como quien mira la luna llena una noche de sereno. El moribundo fue retirado, lo depositaron junto a la moza muerta, se limpió la sangre y los destrozos, y los músicos largaron un vals que subió el ánimo de todos.

El conde estaba inquieto. El maquillaje le daba un toque siniestro y la gente evitaba la vista de aquellos ojos aguados e hinchados, delineados que parecían el retrato de la tristeza. Caminaba como león enjaulado y salió en busca de Serafín. Lo encontró en un rincón jugando a las cartas. Estaban sentados en el suelo y junto a la rodilla del mayordomo había monedas de plata. El amo dijo algo y el otro jugador se levantó como movido por resortes. Serafín se hizo repetir las palabras, asintió con la cabeza y desapareció entre el gentío. Un cuarto de hora después apareció con la maestra.

El inquilino sintió escarabajos en la espalda y pensó que ella se veía mejor que nunca. Fantaseó con familia y con descendencia, y sufrió una erección al ver el cuello desnudo de la mujer que iba vestida con un atuendo como el de una reina. La tomó por la cintura y ella se dejó hacer, confundida como estaba ante el maquillaje del inquilino, las vestimentas prestadas, sus propios sentimientos y el reciente hecho de sangre. El hidalgo intentó besarla pero ella corrió la cara. En eso estaban cuando los vio la baronesa. La dama llevaba un vestido transparente que dejaba ver una ropa interior de fina factura. Dos piezas del color de la puesta del sol con bordados intrincados que asemejaban malezas y pastizales.

La pariente miró a la maestra con unos ojos que el conde nunca había visto y se acercó a ellos con un discurso. El conde midió las palabras, entendió a medias, notó la rigidez de la maestra, comprendió que algo sucedía y tomó nota mental del asunto. La baronesa siguió su camino y la conversación entre el noble y la maestra se estancó por falta de palabras. Entonces se oyó un grito. Un joven de fina vestimenta tropezó en los zapatos de una gorda y cayó sobre una mesa. Su cara golpeó contra un candelabro y el impacto le destrozó el ojo izquierdo. El mantel se manchó de sangre y se formó un círculo de curiosos. Wolodymyr ultimó al desgraciado de un tiro y se oyó un clamor que fue calmado por la aparición de sendas bandejas con langosta y anguila. El joven fue depositado junto a los otros dos cadáveres y duró con vida hasta la medianoche. La cubierta fue retirada y el candelabro terminó debajo de la mesa, pues no había tiempo para limpiarlo. 

La gente comía y charlaba, y se formaban grupos. Los varones consultaban sus relojes, se arreglaban las patillas, fumaban y observaban a las damas. Ellas sacaban espejos de entre los pliegues de sus vestidos, se abanicaban y miraban de reojo a aquellos que parecían animales en busca, y entendían su papel en semejante mercado de la oferta y la demanda. El conde, tal como se había propuesto, se dio un festín con las mozas bien vestidas, repartió halagos, estiró las manos y antes de las diez ya había intimado con tres de ellas entre muebles y cortinas. Serafín por su parte hizo otro tanto. Wolodymyr estaba sorprendido ante semejante desplante, la baronesa sentía celos, su doncella bebía sin parar y la maestra se dejaba cortejar por políticos y emisarios.

Pasaba la hora y no se había invitado aún a comer, y todos esperaban unas palabras del dueño de casa, y cada uno bebía como si no hubiese un mañana. Un viejo con sombrero de copa pasó a llevar a un mozo cuando buscaba tomar algo de centolla, y el joven le dijo algo al oído, y entre la música y la borrachera se tomaron de la mano, y cuando estaban por besarse se oyó un disparo. El conde le atinó un balazo en la rodilla al viejo y soltó un insulto al aire. La gente aplaudió y los sirvientes se los llevaron, y en su camino a oscuras de vuelta al pueblo fueron atacados por los perros, y cayeron a una zanja, y se golpearon contra unas piedras, y no los encontraron sino hasta dos días más tarde.

En un momento aparecieron unas sirvientas vestidas de amarillo. Llevaban ramilletes de hojas de palma y los labios pintados. Anunciaron en la lengua local que la cena estaba servida y acarrearon a la gente hacia las mesas. Se sirvió un banquete de seis cursos, llovió el vino y el aguamanil. Los músicos tocaron un vals tras otro en la planta baja y ofrecieron serenatas en el primer piso, donde el conde presidía la mesa. Los salones estaban llenos de velas pero salía una oscuridad de alguna parte que nublaba la vista de los presentes. La baronesa mandó a traer más candelas y riñó a los músicos, pero nada se ponía en el camino de aquel velo que parecía como un vidrio empañado. Se oyeron gritos, se oyeron risas y disparos, y en total fallecieron tres personas por uno u otro motivo antes del discurso del dueño de casa, y los restos fueron depositados junto a los demás. Wolodymyr le servía vino a Igor, la baronesa se dejaba halagar por un doctor y su doncella dormía en un rincón cuando el dueño de casa decidió dar el tan esperado discurso. Serafín insistió en traducir. Tenía marcas de labial en el cuello y resultaba evidente que le faltaba un calcetín, pero su amo lo rechazó con un gesto de la mano y se puso de pie de repente botando sin querer una botella. El cristal haciéndose añicos produjo el silencio esperado y todo el mundo se dio vuelta para ver al anfitrión. La música se detuvo, las conversaciones se extinguieron e incluso los empleados se amontonaron junto a la mesa porque todos querían oír las palabras del noble.

El patrón alzó la copa y dejó caer la mitad del vino. Se limpió la garganta y dijo que finalmente se había producido el milagro, dijo que en vista de las circunstancias había dejado ingresar a semejantes gusanos a su casa, dijo que la selección había sido un dolor de cabeza, dijo que poco y nada se había podido rescatar de entre tanta miseria, afirmó que se había hecho la vista gorda y advirtió que ni por un segundo podía afirmarse que semejantes mamarrachos estuviesen a la altura de un evento como el presente. La baronesa se cubrió el rostro con las manos, Serafín tragó saliva, Wolodymyr soltó una carcajada e Igor se rió como un tarado.

Un silencio abrumador dio paso a un murmullo que aumentó como la espuma. Los invitados se miraban unos a otros con cara de orgullo, porque oyeron como el hidalgo decía que la velada era memorable, que se felicitaba por contar con tan refinadas personalidades entre estas paredes, que cada uno de los presentes se había ganado la admisión por derecho propio, oyeron como ensalzaba el atuendo de los invitados, creyeron que el conde los trataba de finos y exclusivos, y que aseguraba alegrarse de recibirlos ahora y en el futuro en su humilde morada. Un aplauso surgió tímidamente en un rincón y a poco se adueñó de la concurrencia. La baronesa soltó un suspiro y Wolodymyr quedó boquiabierto.

La fiesta duró hasta el amanecer. Seis personas más murieron antes de la salida del sol y otras seis perdieron la vida en el camino de vuelta debido a los peligros del camino en una noche sin luna. El conde terminó la velada en sus aposentos acompañado de una asistente de cocina. La chica olía a ajo y se dejó hacer. Ella estaba limpiándose con un paño cuando se oyeron golpes en la puerta. El noble la mandó a abrir y apareció la maestra, cuyo rostro se ensombreció cuando comprendió lo que estaba sucediendo. La cocinera se retiró olvidando sus zapatos y su ropa interior y la maestra se metió en la cama sin desvestirse. El hidalgo estuvo intentando infructuosamente hasta caer rendido segundos antes del canto de un gallo. El inquilino roncó, la maestra lloró y se retiró cuando el sol estaba anunciando la llegada de un nuevo día caluroso.