Espiral (extracto)
Esta historia es sobre otra persona, así que no te preocupes. El demonio anda allí volando entre zumbidos, a una velocidad mayor que la de la luz. Efectúa movimientos bruscos, tal como las moscas, ocupándose de cada detalle. No le pongas atención, así evitarás daños. No acerques ni enfoques la mirada, intenta resistir el impulso. El aire está saturado de vibraciones, tu instinto dictará cuál es la indicada, las demás pertenecen a otra gente, tú descuida. Yo abrazaré a alguien más y seré invisible, esa imagen tampoco es para ti, nada más pon atención en lo que ya he mencionado. No te concentres en desconocidos, evita verlos a los ojos y cuando camines por el río debes mirar únicamente tus propios pies para que no te hagas daño, no querrás hacerte daño. Nada puede salir mal, porque nada depende de ti. Tan solo no te engañes y no mires con atención, no enfoques tu vista en nada, no sea que te lastimes. Allí estás en medio del humo. No le pidas respuestas al humo, no esperes ver tu reflejo en él, de lo contrario te herirás, y eso no es lo que deseas. Ahora estás casi en el centro, da un par de pasos. Esos son los que te faltan, los que jamás diste por temor a fallar, mira todo el daño que has causado.
Tienes razón. Siempre estás en lo correcto. Cuando piensas que es posible y cuando te parece imposible. Para que veas que sencillo es todo esto. Hoy voy a hablarte de las plantas. Ellas necesitan sobrevivir y prosperar. Eso es lo que hacen y no tienen elección. Las semillas son arrojadas en la mugre y cubiertas con tierra, aún así logran abrirse paso hacia la luz. Ellas crecen mirando al sol. Transforman los rayos en energía y buscan ser saludables. Se levantan y se expanden tanto como pueden sin fijarse límites. Reaccionan frente a la adversidad y son capaces de vivir hasta entre las rocas. Cuando el viento es recio se vuelven flexibles y se unen al movimiento, o desarrollan raíces más fuertes y troncos robustos. Las plantas toman todo lo esencial de su entorno buscando vivir y prosperar. Hasta el último vestigio de nutrientes, hasta la última partícula de alimento, hasta la última molécula de agua, pero nada más que lo necesario. Todo lo que sobra es para la tierra, es para la tarde. Las plantas no se detienen a pensar en los depredadores, las malas hierbas ni las plagas. Para ellas no existen las influencias ni las opiniones. Si no logran su objetivo caen al suelo y actúan de abono para los demás vegetales, sirven de alimento para insectos y animales, se funden de vuelta con el manto. Las plantas se adaptan a las estaciones. Son frugales en el invierno y economizan recursos. Al llegar la primavera se ponen en marcha y mueven todas sus células aprovechando la oportunidad para un nuevo crecimiento. Durante el verano elaboran y almacenan alimentos y nutrientes para poder soportar la escasez venidera. Cuando el calor cede y se siente el otoño en el aire se desprenden de las hojas que son equipaje innecesario. Por qué hablo de esto. Porque tu cuerpo algún día se va a descomponer. Llegará el atardecer en que tu boca esté llena de tierra y tu carne vencida le dé de comer a las plantas. Ellas te tocarán suavemente. Empleando toda la calma del mundo te registrarán con sus raíces. Así, lentamente, y tomarán lo que les gusta, y dejarán lo que no les sirve. Y el viento pasará entre las hojas allá en lo alto, puesto que morirás en verano, y lo que parecerá un murmullo será una risa, porque las plantas se reirán de ti, porque no aprendiste nada, porque volviste a la tierra en vez de correr hacia el agua.
Hace tiempo que no vienes, ya no te apareces ni en sueños. Todo se ve vacío. A veces creo que esto ocurre nada más en mi cabeza. Me encuentro en medio del mar. Estas voces son mías, yo converso con mis propios pensamientos. He perdido la voluntad de corregir. Odio sospechar que me consume la locura. Mostrarme ahora sería dañino. Soy yo mismo el que se está desintegrando, creo que necesito ayuda. Búscame en el silencio, estaré en cada pausa. Ahora temo encontrarme en soledad. Siempre has estado a solas. Arrastro los pies al caminar, descubrí que me relaja el sonido de las hojas secas. Ando con los ojos cerrados, siguiendo nada más el aire y la sal. Dejo que las rocas y las gaviotas me lleven de vuelta a casa y al llegar a la carretera me viene una calma.