En la playa

en la playa

Me despierto con el canto de un grillo, por lo visto este es territorio de grillos. Se me antoja una sinfonía de bisagras diminutas, me imagino al bicho dándole cuerda a un reloj con sus patas dentadas, retorciéndose para encajar las extremidades entre los engranajes. Un ejercicio de latón, creo que el oficio le quedaría como anillo al dedo. La tonada del ortóptero se ahoga en el mar de silencio que es esta casa en la playa, que maravilla. Aquí adentro reina la penumbra y sin querer le doy una patada a mis maletas, ya habrá tiempo para abrirlas y ordenar mis cosas.

Abro las cortinas y las ventanas, y el aire marino me saluda con la promesa de un gran día. En la ducha me tardo más de lo normal porque el agua sale o fría o caliente y parece que no saca nunca el jabón de mi cuerpo. Me imagino que es agua mineral, saludable, y tengo la cabeza llena de ideas fabulosas acerca de la literatura y de la vida misma. En la cocina encuentro un café humedecido y un azúcar que es un solo bloque, pero así y todo me preparo una bebida caliente que sabe a vacaciones y a gloria. Eso sería el desayuno porque aparte de tal y de unas latas de conservas no hay más nada a mi disposición.

Ha llegado la hora de mi primera expedición en este pueblo. Me arreglo, me pongo un sombrero y desisto de la corbata, ya estoy listo para salir a comprar algo de comer. El jardín tiene unos desniveles fascinantes y rebosa de geranios, gardenias, petunias, bocas de dragón, docas y rayitos de sol. Cómo me gustan estos perfumes, creo que en otra vida fui jardinero, quizás en la próxima seré paisajista. La reja que da a la calle de tierra se abre con un íiiiiiii y me toca sonreír, y pensar en Humbert Humbert de Nabokov.

Es bastante agreste este lugar, no lo noté anoche al llegar porque estaba medio dormido y porque la primera mirada para un lugar nuevo siempre es vaga y resbaladiza, es una cosa que siempre es necesario calibrar. A mi derecha hay una colina en miniatura poblada por árboles que parecen algarrobos, y en la cima una roca colosal que el día que decida echarse a rodar seguro que acabará con más de alguna casa. A mi izquierda pendiente abajo está el Océano Pacífico a una cuadra de distancia y poco más, es una ola tras otra, una tras otra, parece que no se van a acabar nunca, quisiera conocer el nombre exacto del color que llevan.

El sol juega a esconderse entre las nubes y la temperatura es de mi total agrado. Pájaros desconocidos dicen de todo y se oye movimiento de vecinos. Alguien está cortando el pasto, alguien lava ropa usando un cepillo y por allá se oye una conversación que no alcanzo a distinguir. Pienso en lo que podría decirle a la gente, imagino en mi cabeza un diálogo trivial, tal vez deba presentarme cuando me encuentre con alguien, quizás lo mejor sea ignorarlos, pero esta idea me inquieta porque la etiqueta exige cortesía. Ladran los perros, cantan las gaviotas, y decido que cuando me encuentre con ellos les hablaré de pescados y mariscos. Me llevo la mano al ala del sombrero como saludando a una mujer invisible y me quedo satisfecho convencido de que pescados y mariscos es de hecho un rompehielos excelente. 

TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO?

cdittmann

cdittmann

Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

Deja una respuesta