El Navegante (extracto)

I.

Le temo al amor porque el amor es ciego. Le temo al amor por ser así tan brutal, una bestia que no deja dos piedras en pie, una fuerza telúrica, una lágrima que quema la piel y el alma, un acorde triste, una tarde de verano. El amor es como el sol bajo el agua. Son petunias en el cabello y palabras en un idioma que no importa, eso es el amor.

II.

He vivido entre acertijos y volcanes, he creído y he jurado hacerlo bien, viendo rostros de sarmientos y violetas, anhelando tus besos en el tren. Eso es el amor, la fotografía que dejé sobre la mesa junto a un juguete roto. El amor es fuerza que te encoge y te reseca, es veneno que mata con aroma a flores, la mansión de los dolores. El amor es una superficie de madera donde escribí aquello que no quisiste ver, una tabla que mojé con las aguas de mi cara, es la cáscara de los años del azul, eso es el amor.

III.

Yo tuve una casa, una casa tranquila con el pasto tibio, un verdor amable que poco y nada pedía, un lugar donde el sol no me alcanzaba, un refugio de mis tardes estivales. Allí había hielo, y vasos todos iguales, y refrescos y licores, madreselvas y zorzales. Yo subía y bajaba en la estación cada día, y el sol nunca se movía. Olía allí a aceite y a piedras quemadas, siempre quise un perfume así. Pero eso era antes, porque hoy me muero, hoy no podría soportarlo, hoy que me doblego, hoy que ya nada se ajusta a mí. Paseaba yo descalzo por el prado en el patio delicioso de mi casa. Junto al pasto había arena y mis pies eran felices, y miraba yo y miraba los manzanos. Los domingos eran fieros y nada se oía, solo el viento y una mancha en la calzada, rumores de las aguas, incendios de los días. Tan solo la corriente mecía las cortinas bien ligero, así de leve baile pasajero. Rara vez volaba el búho y el tren se oía desde lejos, cantando así cantando en el metal. Las puertas las tenía siempre abiertas, no temía yo a nada o casi nada. Que venga alguien, yo pensaba, que lleguen las noticias, que pasen los vecinos, mi corazón lo aguanta todo. Así como en mi mano el licor, así como en mis ojos la certeza, así como en los oídos un rumor, en mi frente el sudor de quedarme de repente sin historia. Era tranquila aquella vida. Era el aroma de los tilos, eran las hojas de espinos, eran las horas tan mansas que se dejaban tocar como animales.

IV.

La casa ya no está, no pertenece, la he dejado. He abandonado la campiña cruzando sembrados y maizales, vadeando vegas arruinadas por las garzas. He venido cargado con basura, arrastrando cosas sin sentido, objetos absurdos que más tarde pesarán, cosas cuyo puro recuerdo me mataría aquí y donde fuese. La fuente eterna de los ojos colorados. Qué haré con los papeles, dónde guardaré los libros, qué hora darán los relojes, para qué los he traído cuando el tiempo ya no importa. El tiempo es otra bestia conocida. Cuando no me mata ni de frente ni de lado yo le pido que venga en mi ayuda, cuando caigo le ruego despedida, tiritando como un loco en la salida.

V.

Ahora el tren quizás dónde me ha dejado. Las calles sucias, es que me he pasado de largo. Todo lo que tuve fue un error, nunca nada ha sido mío. Esa fue mi insensatez, la manía de pensar en lazos. Las bocas de mil pozos me advirtieron, los rayos matinales lo supieron, eso nunca nadie lo ocultó. Pero yo estaba borracho. Yo, el confundido. Yo, ahogado en la mentira, pensando que esas risas eran mías, soñando con saludos, con abrazos, con timbres y portazos me fui envenenando. Yo me dejé estar en la nube y ahora no tengo nada, hoy paso las tardes solo, porque no quise, porque no pude oír nada, eso es el amor.

VI.

Esta urbe de pastos resecos es para mí más nada. Un mundo administrado por fantasmas, donde no veo más que recuerdos, donde viven las flores del pasado, donde caen las gotas del rocío. Esta ciudad que antes ardía ahora duele, aunque digan lo que digan los que vuelen. Pero yo me acostumbro a todo, eso es lo que más hiere confirmar. Todo podría haber sido tan distinto. Podría haberme convertido en un maestro, podría haber incendiado los cielos, podría haber derribado cada templo, podría haber alcanzado la gloria. Eso es el amor. Una fuerza destructiva, una luz que aturde, una palabra capaz de desvestirme, el aceite que exudan las guerras, la escarcha que tiñe tu aliento, el cemento que guía a imperios y ciudades en la niebla, una casa en el fondo del mar. Eso es el amor.

VII.

Yo subí la montaña creyendo ser un héroe, agarrándome a la roca, rasgándome la carne, temiendo mirar hacia abajo. En la cima hallé un espejo y eso fue lo peor, allí comenzó mi castigo. No había sacerdotes, no encontré incienso ni desnudos, no encontré al dios de los vientos ni a los antepasados vueltos en felinos. Allí era imposible reñir, allí en la cima no había enseñanzas, las nubes no trajeron moralejas ni pude abandonarme a nada. Cuando quise caer ya no había dónde ir, cuando quise recordar ya no pude ver la piel. La risa que adoraba se volvió una puerta, luego fue una muralla y finalmente cayó todo al mar. Eso es el amor.