El Hombre Sin Rostro (extracto)
Uno
—Son novecientos francos, señor.
El pasajero se acomodó la corbata —que estaba en orden— y metió la mano al bolsillo de su chaqueta. Allí hurgó para extraer una billetera rebosante de efectivo, pagó el importe y le indicó su equipaje al botones. El día estaba radiante, esa es la palabra. El sol dormía una siesta sobre el tapete y olía allí a limpio y a cera, había una ópera en el aire y un par de cuadros magníficos en la recepción. Todo era de madera y piedra, había insignias y banderas por todos lados y el recién llegado aplaudió la ausencia de trofeos de caza tanto en pasillos como en vestíbulos. No había absurdos embalsamados ni repulsivos tapetes de piel, ni pezuñas disecadas. Nada animal, aparte de algunos huéspedes que parecían atacados por las polillas. Caminaron hasta el ascensor y una vez adentro el empleado presionó un botón y se pusieron en movimiento. Se detuvieron antes de tiempo, se abrieron las puertas y ya venían entrando un par de chicas que parecían hermanas. Llevaban ropa de buen corte, zapatos a la moda y reían de la nada. El pasajero le dio un codazo al botones y éste les pidió a las jóvenes que esperasen, les aseguró que ya les enviarían el ascensor de vuelta y les cerró la reja en las narices. Olía a aceite. Una espera, un peregrinaje por enrejados y perspectivas, un silencio de elevador los separó de la siguiente campanilla. Al salir del ascensor se encontraron con una sala abovedada y una araña de cristal en el techo. La alfombra en este corredor era magnífica —se fijó el huésped—. Que tonalidades, que filigranas, que firmeza. La iluminación del recinto le pareció soberbia, como salida de composiciones medioevales: Un baile de claroscuros, exposición de cuadros de luz, naturaleza muerta con flores. Había una chimenea robusta de piedra pálida, candelabros de metal —quizás plaqué—, y a través de unos amplios ventanales se veían las montañas en casi toda su extensión, y el lago. A lo lejos se distinguía un vaho, unas emanaciones termales famosas en Europa entera. El pasajero se quedó parado, girando sobre sus talones, y el empleado vio como se sacaba de los bolsillos una cigarrera de plata y un encendedor que apestaba a combustible. Luego de un par de chispazos surgió una llama y se puso a fumar con evidente satisfacción. Las primeras bocanadas fueron ansiosas, el recinto se llenaba de argollas y no se veían los ceniceros por ningún lado.
—Este recinto es de no fumadores, monsieur.
—Qué me quiere decir.
El diálogo duró poco más que eso, porque a buen entendedor pocas palabras, y el pasajero le entregó dos monedas de plata al funcionario y se terminó el cigarro mirando el lago, imaginándose espectros y apariciones al galope sobre aquellas vaharadas sulfurosas. Al terminar arrojó la colilla a un macetero que estaba allí como pintado para tal propósito.
—Por acá, monsieur.
Caminaron, más bien peinaron el alfombrado con los zapatos hasta la puerta del número 613, y el pasajero pregunta disculpe, no oye usted una música, y se oye un no, monsieur. El encargado se sacó del bolsillo una argolla de bronce que tenía tres llaves y usó una de ellas para abrir la habitación. Encendió las luces, miró el cielo raso e ingresó con las maletas. Dejó el llavero sobre un estante y lo indicó con su guante blanco, se quedó así unos segundos. La habitación era todo madera, tenía el piso de piedra, mullidos tapices, un techo alto, unos sillones con aspecto moderno, unas mesitas, dos estantes y aparte de eso poco más. Una decoración espartana. El pasajero soltó un suspiro y caminó con la soltura de un niño hacia el diminuto balcón, que estaba perfecto para fumar mirando el lago, y se alegró con los maceteros, y amó la tina del baño, y le placieron las flores, las toallas, los bombones, los candelabros, la canela, los detalles. El botones le dio unas indicaciones rápidas, echó a correr el agua en el lavabo, soltó un juramento al quemarse y luego se dirigió a la puerta, pero en lugar de retirarse se quedó parado en el vano mirando hacia adentro. El huésped se había olvidado de él y estaba quitándose los gemelos y el pasacorbatas, el clavel del ojal reposaba sobre el mantel, el pañuelo de seda gris le enjugaba la frente, la camisa la tenía desabotonada, el reloj y la corbata aflojados. Estaba por sacarse los zapatos cuando volteó y reparó en el tipo, que como estatua de cera estaba parado allí, y entendió al vuelo, y le dijo en seguida, y le extendió un billete. El asistente le agradeció en correcto francés y antes de retirarse dudó, se detuvo y le dijo al viajero que estaba a su servicio, que le pidiese lo que fuera. Entonces tomó el pedido, que en total fueron doce ostras, dos sodas, un limón, salsa inglesa, una naranjada y un vino blanco, el que sea, y cuando terminó de ordenar le dijo:
—Otra cosa. Tiene usted alguna amiga?
—Por supuesto, monsieur. Para qué hora la desea?
—Dentro de media hora estaría perfecto.
—Lo que el señor diga. Le paso su pedido a la cocina de inmediato.
—Gracias, hombre. Espere.
El pasajero se sintió magnánimo y le largó otro billete al que a estas alturas era ya su emisario, y en total le llegaron quince ostras y un Champagne destacable, luego golpeó la puerta una morena que partía la tierra. Le quedó gustando este esquema. Tenía dos enormes maletas: Una con sus ropas, con sus efectos personales, sus pañuelos, sus sombreros, sus zapatos, sus relojes, sus cueros, sus sedas, sus algodones, sus lociones y sus perfumes. La otra, la más pesada de las dos, esa era puros libros, y la dejó aquella tirada en el piso dos días enteros de pura pereza, y al tercero los ordenó todos meticulosamente en un estante que olía a cedro. Tenía unos papeles. Había unos papeles en blanco y otros no, que ponía sobre la mesa, y fumaba bastante, y golpeaban la puerta, y se paseaban las mujeres, y corrían las ostras, y llovían las propinas, y así se la pasó la primera semana. No abandonó la habitación para nada. Apenas salió unas veces paseándose en bata por el pasillo mientras limpiaban el cuarto. Estaba ocupado en sus quehaceres y no tenía tiempo para nada más que lo suyo y sus ostras y su vino.
Así estuvo entonces. Apenas dejaba su enclave porque estaba muy atareado. Al entrar el personal de aseo cada mañana encontraban todo bien ordenado, nada más los relojes y los pañuelos estaban repartidos sobre los estantes, y algunas botellas de todos los tamaños, y libros. A la segunda semana, el día martes, se vistió con gran etiqueta. Se caló un sombrero de ala corta y tomó una cucharada de aquel brebaje que manejaba por prescripción médica para combatir los dolores de su cadera. Se la había fracturado años atrás al resbalar sobre la cubierta jabonosa de una embarcación en una madrugada gris. Al principio era un asunto médico pero después se transformó en un hábito y encontraba siempre un doctor, y pagaba por sus recetas, y enviaba a por sus gotas. Se tomó el tónico y estuvo caminando por las nubes, en el sexto piso del hotel, extasiado con la suavidad de la alfombra, enamorado de las plantas, conmovido con las pinturas y entretenido con la música que salía a veces de las paredes, del ascensor, una melodía que parecía subir o bajar los peldaños de la fastuosa escalera. Contaba los números de las habitaciones y los fue sumando hasta llegar más allá de los veinte mil. Luego se olvidó de ellos y pensó que el hotel era un planeta de mucamas y oscuros mayordomos, una nebulosa de útiles de aseo. Se imaginó astros gordos y rocosos orbitando entre aquellas paredes, generando grandes atascos, estropeando la pintura, rajando el papel mural, descosiendo la alfombra, destrozando los cuadros, los maceteros, los apliqués y la decoración con sus masas hercúleas de piedra o quizás qué compuesto denso, gaseoso, celestial, vicioso. Caminó hasta ya entrada la noche entreteniéndose con tal tipo de ideas y encontró su habitación porque al mirar hacia adentro reconoció sus libros, pues había dejado la puerta abierta.
El pasajero era un lector empedernido. Estaba especialmente obsesionado con un libro que llevaba consigo a todos lados, una antología de un tal Dickinson, un tomo amarillento y a mal traer, un librito que tenía unos dibujos geométricos en la portada y manchas de vino en la primera página del prólogo, dos perfectas argollas de color burdeos que de manera caprichosa competían con los polígonos desteñidos de la cubierta. Era un libro de ensayo, de prosa, de poesía, un libro que tocaba las fibras del lector, una publicación de páginas ambarinas con ese olor tan especial de los libros usados, las palabras marcadas con unos caracteres romanos en una tinta todavía oscura que a veces lo hacían llorar, se le caían unas lágrimas, sobre todo cuando se le había pasado la mano con las copas. Decía así:
Carta abierta a los árboles.
Para esto se prepararon tanto. Para esto se tomaron meses, para engalanarse de fiesta. Nos tuvieron a todos esperando, se las arreglaron con el invierno, nos hicieron creer que se había ido cuando en verdad lo habían ocultado entre las raíces. Todo el operativo florido, todo el engalanar de hojas primero verdes como sangre de rana, luego se pusieron espesas y sacaron suspiros. Entonces llegaron las flores. Más bien primero vinieron las ideas de las flores. Para nadie era un secreto el que estaban en camino, hasta el más incauto entendía que se estaba gestando una eclosión, que se preparaba una fiesta. Luego era un grande el rumor de boca en boca, de olfato en olfato. Nos tuvieron cada mañana esperando, quién salía más temprano, quién hallaba la primicia de los primeros brotes, quien podía llevar a su mesa un ramillete espléndido para compartir con el vino tinto y el puesto vacío.
Fue Hiroshima, fue Nagasaki. Quedaron cortos aquellos bombardeos comparados con el espectáculo en cada esquina, en cada semáforo, en tantas plazas donde el amor parece fácil, en rincones donde las nubes bajan para decir esto es mío, donde las horas juegan a las cartas, allí y mucho más allá, lejos de mis pensamientos, pasado el límite de las cosas que no puedo, borrada la visión de la ciudad florida, incluso más allá estuvieron ustedes, más allá entregando todo, dándolo verdaderamente todo y más.
Y nos fuimos de fiesta, y no se diga más. No se diga más porque todo está dicho, porque nos fuimos alejando, porque nos perdimos la pista, porque yo me fui separando en busca de los días y ustedes se fueron escondiendo tras las noches, y así es como uno se acostumbra a todo, a la ausencia, a la falta, a las faltas. Cada día ser un poco feliz, un poco cada vez, esa es la premisa, esa es la idea. Y lo logramos, y fuimos uno con el viento, y contuvimos las lágrimas, y fue lindo lo nuestro.
Fue lindo ahora que lo veo, fue lindo mirando hacia atrás, fue bonito porque yo me subí y sin evitar el sol sostuve el acero en la mano, y en medio de tanto silencio efectué el corte, y las ramas susurraron. Y lo próximo que supe es que había vuelto el frío, habíamos vuelto al abismo, los pájaros se habían ido y todo estaba en silencio otra vez. Volví desde allí mismo, desde lo negro, desde lo agudo, nada más para ver todas las hojas en el suelo, nada más para presenciar que la tierra estaba fría. Y ustedes estaban allí con los brazos hacia arriba, con la piel negra y la sangre amarilla, como si alguien los hubiese golpeado, como si de un susto hubieran botado todo lo que tanto les costó, todo aquello que usó su tiempo y mi esperanza, todas aquellas hojas convertidas ya en basura, en merienda de lombrices. Díganme: Para esto trabajaron tanto?
El lector se enjugaba la boca con una servilleta almidonada, se limpiaba la pera temblorosa, el bigote manchado con vino, con mostaza y lágrimas, y se quedaba así con los ojos nublados llorando bajo, a vista y paciencia de los pocos comensales que quedaban a esa hora en el comedor del segundo piso, junto a la chimenea, un violín en el aire y el ciervo y las trufas. Varios pensaron que estaba loco, otros creyeron que se encontraba enfermo y el personal del hotel lo consideraba un excéntrico, pues tenía sus cosas y prodigaba estupendas propinas, y contra eso no hay antídoto. Seguía el tal Dickinson:
Todavía me persigue como un fantasma aquel espacio donde antes solía estar tu presencia, aquel pozo que antes estaba lleno con tus risas. Las batallas que aún no se han luchado yo las he perdido, porque así es como las gano, porque el tiempo está de mi lado, porque este cuerpo no significa más nada. Yo, que estaba en la cama con el sol mientras tú dormías con el recuerdo de lo nuestro. Yo, que caminé mil caminos con mis pies cortados mientras tú sangrabas desde el alma. Yo, que fui uno con el fondo del océano mientras tu cuerpo era de vidrio. Yo soy aquel cuyos huesos jamás habrán de ser exhumados, porque no existen, me entiendes? Porque no hay bestias en la selva ni peces en las profundidades ni saeta que vuele de noche ni versos enrevesados que hagan morir a lo que ya está muerto. Por eso es que seré yo el vencedor, por eso es que mi concepto es eterno, por eso es que tus restos serán como una fiesta para mí.
El lector vertía lágrimas y ensuciaba su copa de espumante con el bigote, y le daba un último repaso a su plato de ciervo, e hipaba algo, y seguía leyendo los párrafos de aquel autor tan aproblemado, sujetando el libro abierto con una mano, maniobrando los cubiertos y la servilleta con la otra. Así estaba cuando llegó el mesero a preguntar si estaba todo bien, pero a poco andar notó que estaba todo mal y se quedó parado mirando al lector con cara de perro atropellado, incapaz de reaccionar ante tamaña muestra de sentimientos, nada más atinó a decir:
—Monsieur…
—Que bueno que apareció, hombre. Venga, siéntese —el lector le indicó con la mano una silla vacía junto a él.
—Monsieur, yo…
—Tome asiento, hombre, no tema. Sus servicios son requeridos.
—Monsieur me disculpará, pero mis funciones se limitan a…
—Déjese de patrañas, hombre! —le interrumpió el lector— Yo hablaré con su supervisor y le dejaré saber que usted está cumpliendo —arrastraba las oraciones.
El mesero se estaba hundiendo, esa es la palabra. El lector lo apremiaba con su mirada, con su tono, con su sola presencia. Lo conminaba a cometer un acto absurdo y fuera de lugar pero su voz y sus ojos eran magnéticos. Se quedó ahí parado el pobre, luchando contra fuerzas opuestas. Por una parte estaba aquella apremiante invitación, aquel comportamiento de fábula, aquellas lágrimas, aquellos bigotes mojados, la curiosidad monumental, casi animal, el impulso de conocer el motivo de la aflicción de aquel pasajero de impronta extraña. Por otro lado, considerar el hecho irregular de sentarse a la mesa con un cliente, algo inédito. Las consecuencias, la falta que significaba, lo impensable de abandonar los deberes para compartir el puesto con un comensal, lo absurdo. Y así como la vida las más de las veces ordena el naipe de la manera más caprichosa, así fue como la jugada quiso que el mesero se sentase. Miró hacia todos lados pero su vista estaba vacía, sus ojos veían borrones, buscaban al maître, evitaban las miradas sin disimulo de los demás comensales, se sentía el centro de aquella puesta en escena absurda, de aquel acontecimiento ominoso. Se quitó el delantal y se sentó, hasta cruzó las piernas en señal de me importa un pepino y sintió por primera vez en su vida un vacío algo tibio y agradable, y decidió seguirle el juego a este señor sin nombre.
—Estoy llorando.
—Así veo, monsieur —dijo, y le ofreció una servilleta de una mesa contigua, que estaba desocupada.
—Tome —le extendió el libro al mesero, con las manos temblorosas—. Mírelo.
El empleado cogió el libro con ambas manos y lo comprendió todo, eso fue lo que pensó, una idea liberadora, una nube de vapor. Se acercó con la silla, arrastrando las patas del mueble contra la piedra. Los clientes estaban fascinados con la acción aquella, no podían dar crédito a sus ojos, semejante idea, tamaña indisciplina. Otros estaban ya abandonando el salón en dirección a la playa o camino a una merecida siesta.
—Dickinson —dijo el mesero en un tono neutral, pues más no podía ofrecer.
—Así es. Dickinson —el lector se calmó repentinamente y se limpió el bigote con infinito cuidado.
—Este libro es…
—No necesito que diga nada —el lector hizo un gesto con la palma—. No es necesario que opine. De verdad.
—Usted dirá, monsieur.
El maître se había percatado ya de esta irregularidad. Detectó desde lejos lo que sus ojos no querían creer. Vio a uno de sus empleados sentado a la mesa junto a un cliente, con las piernas cruzadas, el delantal sobre el respaldo había dejado el infeliz. El espectáculo resultaba infame y el hecho le produjo una sensación porosa en el estómago. Se acercó a pasos ligeros marcando la piedra con los tacones, listo para darse un festín disciplinario, dispuesto a suprimir de un plumazo aquel teatro infame, resuelto a recibir respuestas, decidido a poner orden. El lector lo vio venir. Lo vio venir como un suspiro pero lo estaba esperando como un halcón. Como un ave de presa que cobra su pieza aun con los ojos cerrados, pues medio abandonó la idea de Dickinson y eso le bastó para tomarse el nudo de la corbata en un gesto habitual, y alzó la otra mano indicando con un dedo huesudo el techo de yeso, como diciendo alto ahí, como diciendo un paso más y este edificio caerá sobre nosotros, como insinuando mejor no vengas a buscar pleito, como queriendo hacer entender donde las dan las toman, y otras cosas que el maître captó al vuelo, y en el fondo dejó hacer a este pasajero porque lo vio descompuesto, porque cruzó un vistazo con su empleado y éste se lo dijo todo con la mirada, porque ya conocía a aquel lector extravagante y bien sabía que sus propinas no tenían fondo, y miró rápidamente alrededor suyo, y la tarde ya estaba en camino, y pensó el cliente es el rey, y se acercó con afán de preguntar si es que estaba todo bien, pero entendió que estaba todo mal. Mal de un modo inocuo. Mal de una forma decorosa. Mal a medias. Se retiró sin cruzar la mirada con el mesero y dio el asunto por zanjado, porque era en el fondo un tipo juicioso aquel maître. Silencio. Continuaron:
—Diga qué ve. Ahí. Dígame —el lector indicó una página y el mesero leyó. Luego se sirvió el pasajero agua en su copa sucia.
—Esto… está hablando de la muerte —mostró con el dedo.
—La muerte como un pasaje, la muerte como un artefacto.
—Alguien ha muerto, monsieur, eso está claro.
A estas alturas el comedor estaba casi vacío. Apenas quedaban algunos rezagados que estaban en medio del bajativo, haciendo sobremesa con el vino, con la menta, el anís, y otros espirituosos, o bebiendo el café fragante que ofrecía el bar allá al otro extremo del salón.
—Muerto, dice usted. Muerto cómo? Muerto de qué forma?
—Como si estuviese muerto, pero vuelve.
—Vuelve —el lector sacó la cigarrera y encendió un cigarro, porque necesitaba fumar, porque estaba ebrio, porque le importaba ya un carajo todo.
Esto fue demasiado para el maître y el cigarro terminó apagado junto a los restos del ciervo, y tres monedas de plata restablecieron la calma. El lector arrastró las palabras para prometer que nunca más, para disculparse y para pedir otra botella de vino blanco, porque la conversación se estaba animando. El mesero se sentía como un pasajero más y evitó la mirada de su superior, pero alcanzó a notar como éste se guardaba las monedas con un disimulo olímpico.
—Qué piensa usted de la muerte, hombre —el lector tenía las piernas cruzadas, tal como la mirada, las manos apoyadas sobre la rodilla.
—La muerte, monsieur… La verdad es que no he pensado en ella —el mesero estaba perdido—. Me atemoriza el tema, para serle franco. Soy un gallina, si quiere. Siempre le he temido a la sangre, a los hospitales. Me da terror pensar en lo desconocido y evito a la gente que toca esos temas, le hago el quite a…
No alcanzó a terminar la frase porque tuvo que saltar a sujetar al comensal, que se quedó dormido y se dobló cayendo de bruces sobre la mesa. Fueron necesarias en total tres personas, un carro de servicio y un manto de lona para llevarlo de vuelta su habitación con total discreción, allí lo depositaron sobre la cama.