Dos Soles (extracto)
Uno
Un rayo de sol venido de alguna parte alcanzaba la jarra de cerveza produciendo un juego de luz. Interesante, pensaba Navarro, quien observaba distraídamente como aquella jarra ambarina destacaba en la oscuridad casi total de aquel recinto, en la penumbra de aquella barra, de aquel mesón de cantina solitaria, a estas horas en que era demasiado temprano como para agrupar a los vecinos en torno a conversaciones pueriles, sin embargo demasiado tarde ya para evitar lo inevitable, pues estaban todos muertos. Navarro contuvo un suspiro y aferró la cerveza con la mano izquierda, pensando que aquel iba a ser un largo día.
Lo primero fantasmal que vio, lo primero de lo que más tarde entendería Navarro como una seguidilla de avistamientos de ultratumba fueron las sombras que encontró al entrar en aquel valle polvoriento rodeado de volcanes, aquel atardecer cuando las palabras sin vida se amontonaban en un foso junto a las horas moribundas y los rayos del sol eran casi puro gas, aquellas sombras que el capó de su auto iba tragando junto con la línea del pavimento. Navarro venía pensando en el asfalto, venía imaginándose una berma de ripio interminable, soñó con un vaivén, con un bache en la carretera. El auto cantó de manera extraña, tal como una ballena de caucho, como un cetáceo de goma con las latas sueltas —pensó Navarro—, y se detuvo en la orilla apenas levantando algo de polvo, como si tal cosa, como si no hubiese venido con el pedal a fondo. Se bajó casi sin abrir la puerta, no hay cómo saberlo, pues la luz, esa tanta luz que envolvía todo no dejaba ver nada. Se bajó del auto de un modo excelente. Sus pies eran todo metal, tal como la cabina caliente, y un olor urgente emanaba del vehículo. Las correas y las gomas del motor, tal como las latas de los frenos, venían requemadas por el calor del trabajo y del sol, venían pidiendo tregua de tanto polvo, de tanta arena y bravura en aquel páramo. Navarro supo o más bien intuyó que algo no andaba bien porque las sombras habían dejado de bailar, y esa era una mala señal, así que rodeó el auto como flotando y después de varias vueltas pudo ver desde lejos que una de las ruedas estaba plana, que uno de los neumáticos había sido rajado por un puma del desierto, por una bestia, por un perro suelto o algún animal desconocido, tal vez por un clavo o alguna porquería en medio de la carretera. Desgraciado incidente. El auto cambiaba de colores junto con el paso del sol, que era lo único que pasaba por aquel páramo. No volaban ni los jotes en aquel desierto, porque los volcanes se los habían tragado a ellos y a todos los demás animales. Tantas ideas que me vienen con esta soledad, pensaba Navarro, y sus pensamientos eran medio tristes. Sus opciones estaban claras, él lo entendió de inmediato, así que dio la vuelta y abrió la maleta del auto.
Entonces oyó los primeros balazos. Los primeros tiros fueron graves, pasaron zumbando junto a él con sordina, como si el salar quisiera advertirle de algo, pero no pudo concentrarse. No pudo ponerle atención a nada porque al abrir nada más vio un cementerio de trenes, unas locomotoras de eras pasadas medio tragadas por la sal. Luego la balacera se acercó, pero Navarro no estaba de ánimo para tonteras. Yo, que he sobrevivido a la mentira, al olvido. Yo, que he dejado mi sangre en el camino. Yo, que mis ojos fueron negros desde siempre. Yo, que tuve que cambiar mis creencias. Yo, que he visto la muerte de cerca, no estoy para tonteras, no es ésta la hora ni el día para caer en el desierto.
Dos
—Julioooo!
El grito se lo llevó el viento y se estrelló con fuerza contra la pared de metal que ya bastante tenía con las ráfagas y con la arena. Adentro se estaba bastante a gusto. Aunque hacía calor allí, era más soportable que afuera y la penumbra protegía de la solana inclemente de la pampa. El suelo estaba lleno de colillas de cigarrillos de otras eras, de pedazos de vidrio, de casquillos de bala, de hebras de lana, de virutas y de malas palabras, que por ser más pesadas que el viento no tuvieron cómo salir y quedaron medio hundidas en el suelo, con las tenazas al aire, esperando una víctima, un paso en falso, un rayo de luz.
Aquel pueblo era fantasma, o casi fantasma, para lo que viene al caso. El funcionario salió del edificio y la luz del sol lo cegó por unos instantes. Se puso la mano sobre los ojos a modo de visera y su vista se acostumbró lentamente a la claridad. No se veía un alma a su alrededor, pero las almas que no se ven sí que se dejan oír, y él lo sabía, y las oía, y salió caminando por las callejuelas de tierra en busca de Julio. La ciudad había quedado así, tal como la dejaron. Tal como las ciudades mayas, pensaba el funcionario, como si alguien hubiese retirado la gente y hasta los animales así con las manos, como recogiendo los juguetes de la arena para salir huyendo. Guardando las proporciones, desde luego, —pensó—, pues no vamos a comparar aquellas ciudades poéticas construidas en la piedra, durmiendo entre palmeras y junglas, aquellas metrópolis tropicales llenas de altares y cadáveres, no vamos a comparar tales maravillas con esta pesadilla de hojalata en medio del desierto, con esta villa de trabajadores del salitre que también tiene sus muertos, es cierto, pero la verdad es que Julio se ha desaparecido con mi café, y sin café ya no quiero seguir, ya no me interesa continuar con esta labor que no me beneficiará a mí ni a nadie. Estas cosas pensaba el funcionario, pero también pensó que si es que aún continuaba en pie era porque seguía cumpliendo su labor de la manera silenciosa y eficiente en que lo había hecho hasta ahora, y se adentró por las callejuelas de latón en dirección a lo de Julio, decidido a conseguir su café.