Cerro Rico (extracto)
Montaje del Escenario
Nuestro planeta se creó hace cuatro mil seiscientos millones de años por efecto del acopio turbulento y masivo que experimentaba en aquellos tiempos la materia primordial del sistema solar. Los mundos primitivos se formaron a partir de la nebulosa de gas expulsada por el sol, que se condensó y dio lugar a polvo y fragmentos sólidos flotando en el éter. Partículas mayúsculas atrajeron con su volumen a las más pequeñas y las fuerzas de gravitación junto con los campos eléctricos dieron lugar a objetos sólidos cada vez más grandes que en el curso de millones de años acabarían formando cuerpos celestes.
Así fue como nuestro mundo, que alguna vez era una masa gaseosa desgarrada de la estrella, se aglutinó en un cuerpo poco denso, desarrolló una corteza dura y se fue calentando a causa de la desintegración termonuclear de sus componentes, debido a la creciente presión en su interior y al bombardeo de partículas provenientes de los rincones del universo. El alza en la temperatura provocó la fusión del hierro, que como elemento líquido más pesado se hundió en el centro del planeta primitivo formando el núcleo terrestre. La materia construyó alrededor del centro incandescente un manto que se encontraba en estado dúctil y maleable, en un momento en que era todo fuego. La actividad volcánica provocó una desgasificación de la atmósfera y parte de ésta se precipitó hacia la superficie formando los océanos, que se mezclaron con los minerales y se volvieron salados. El planeta cambió su rostro y emergieron los continentes. Hace ciento setenta millones de años se empujaron las rocas unas con otras en lo profundo y en su choque se izaron saliendo del mar hacia las alturas. La placa tectónica de Nazca, situada bajo las aguas del Pacífico oriental, se deslizó contra el continente sudamericano y se hundió bajo él. Así fue como la corteza se comprimió y luego se engrosó, dando lugar a la formación de la cordillera de los Andes y originando vastos depósitos subterráneos de agua, metales, minerales y gases inertes.
La montaña, la tierra, el elemento femenino, receptivo, pasivo, fue preñada por el elemento masculino, por el fuego. De esta unión sagrada nacieron metales preciosos y elementos nuevos venidos desde las entrañas líquidas, desde el seno donde el calor producido por la descomposición radioactiva de elementos inestables impulsó unas corrientes incandescentes que palpitaron hacia la superficie en medio de un teatro volcánico. El magma calentó los depósitos profundos del agua y ésta se enriqueció de elementos como cobre, plomo, estaño, hierro y metales preciosos que luego se evaporaron para cristalizarse, tal como la plata, que se originó por reducción de los sulfuros y se distribuyó por el subsuelo originando vastos yacimientos. Algunas vetas legendarias decidieron asociarse con otros elementos, ocultarse en filones y extenderse abriéndose paso hasta la corteza para volver a ver el sol, desde donde habían venido para asentarse en lo que serían las alturas de un cordón montañoso formidable surgido de las aguas en aquella era de gigantes, unas vetas que venían saboreándose de antemano con toda la sangre que un día sería vertida en las alturas de aquellos pedregales en los Andes donde yacía la fuente de plata más rica del mundo.
Surgieron paisajes abiertos en los que grupos de grandes animales se alimentaban de las capas herbáceas y de la espesa vegetación. Mucho después aparecieron los humanos, que llegaron tan tarde, que se perdieron tantas maravillas. El mundo habitado por los primeros prehistóricos se caracterizó por sucesivos avances y retrocesos de los hielos. Estos cambios climáticos tuvieron grandes repercusiones en la flora y la fauna y afectaron su proliferación, su concentración y su distribución a través del planeta, junto con la de los humanos, que se fueron distribuyendo al ritmo del ir y venir de los hielos. Estos homínidos se distinguieron del resto de las especies porque fueron capaces de modificar su entorno y su realidad. Construyeron sus propias herramientas, dominaron el fuego, lograron las primeras expresiones artísticas, manifestaron sus creencias religiosas y vivieron en grupos. Tras generaciones de observación de la naturaleza, los cazadores-recolectores lograron un acabado conocimiento del medio ambiente y de sus ciclos. A orillas de mares y grandes ríos surgieron las primeras civilizaciones y se extendieron hacia el occidente, donde introdujeron la escritura debido a la necesidad de registrar eventos y practicar el comercio. Estas culturas fueron y vinieron, algunas perduraron y los territorios se ocuparon paulatinamente. Hubo adelantos y se entablaron guerras. Se vieron maravillas e injusticias, se conquistaron extensas regiones y la ciencia se confundió con la religión. Los pueblos progresaron y se fortaleció el comercio entre ellos. Algunos permanecieron asentados y otros se convirtieron en exploradores y navegantes. Se sucedieron las edades y surgieron grandes polos urbanos. Florecieron vastos imperios, se crearon estados y se forjaron alianzas.
Llegamos hasta el siglo XIII, cuando la civilización del occidente medioeval alcanzó su momento de máximo equilibrio y desarrollo. Las relaciones de los reyes con la nobleza disfrutaban de un punto de balance y por lo tanto los reinados eran largos y las guerras civiles escasas. La decimotercera centuria fue económicamente expansiva en Europa, donde el mundo rural disfrutaba de prosperidad mientras que el hambre retrocedía debido a un desarrollo tecnológico incipiente. Creció especialmente el sector textil, lo que trajo como consecuencia un relevante auge comercial. Las ferias se desarrollaron a nivel internacional y se produjeron avances hacia una economía monetaria. Se generalizó el uso de la moneda de plata y después de varios siglos sin ella en occidente se volvió a acuñar la moneda de oro. La población de Europa se mantuvo relativamente estable durante este período.
Si miramos en cambio hacia el oriente, veremos una fuerte caída demográfica durante la época producto de las conquistas de los mongoles, aquel reducido grupo de dos millones de guerreros que se las arreglaron para matar a sesenta millones de almas en todo el Asia. Las descripciones traídas de vuelta a Europa por el mercader y viajero italiano Marco Polo a fines del siglo XIII alentaron la iniciativa de navegantes, comerciantes, religiosos y aventureros. El veneciano había llegado contando historias del este, más allá de donde estaba afianzada la hegemonía del Islam, donde había ricos pueblos, grandes ciudades y milenarias tradiciones. Desde la era grecolatina las rutas entre oriente y occidente estuvieron libres por varios siglos, se interrumpían parcialmente durante otros, pero nunca hubo un aislamiento completo. Los mongoles, con su Pax mongólica, su sumisión de las demás etnias por uso de la fuerza, trajeron estabilidad social, cultural y económica al conjunto de pueblos nativos de Eurasia que estuvieron bajo su yugo y se unieron el Asia con el Mediterráneo en un flujo regular.
En el siglo XIV el equilibrio entre la realeza y la nobleza europeas se había fracturado tras la recuperación de autoridad y facultades por parte de los soberanos. Este quebrantamiento del marco de la monarquía feudal causaría guerras en todo el continente, y éstas junto con la hambruna debido a una sucesión de malas cosechas y la aparición de epidemias le darían una sacudida mortal a la población cubriendo de sombra al último periodo de la Edad Media. Como resultado de estas penurias el número de habitantes descendió de una forma alarmante, una delicada situación que templó los ánimos de los que restaban en pie y produjo innumerables conflictos que asolaron a Europa durante este periodo: En el campo, se enfrentaron campesinos contra señores. En las ciudades, se opusieron artesanos contra mercaderes y campearon las rebeliones populares, los enfrentamientos civiles, los ataques de mongoles y turcos por el este y las guerras intestinas en el occidente, de las cuales la más notoria fue la Guerra de los Cien Años. En la isla de Inglaterra ascendía al trono la Casa Plantagenet, reclamando autoridad a ambas orillas del Canal de la Mancha, mientras que la dinastía de los Capetos en Francia experimentaba un crecimiento sin precedentes en su poder y prestigio. No tardaron en producirse roces entre ambas casas, que se disputaban tanto el territorio como el ascendiente. La dinastía inglesa, según los principios feudales, era vasalla de la monarquía francesa, y en virtud de esto los Capeto arrebataron las posesiones de sus plebeyos Plantagenet, y allí estalló el polvorín. Se inició una larga serie de choques militares y diplomáticos entre ambos clanes, alimentando una enemistad que vería pasar los siglos y tejería un conflicto que marcó la tónica de anarquía y caos que envolvió al mundo tras el azote de la peste, una patología que se originó en Asia y llegó a Europa en 1347 introducida por los marineros a través de las rutas comerciales, un panorama que hoy resulta familiar.
La llamada peste bubónica o peste negra es una enfermedad que habita en las pulgas transportadas por las ratas y causa una dolorosa inflamación del ganglio linfático, afectando tejidos en la axila o la entrepierna, los que se escorian en forma de una ampolla conocida como «bubón». La bacteria es transmitida a los humanos por la proximidad de los roedores y de ahí en adelante se distribuye por el torrente sanguíneo y produce una mortal infección que empeora a una velocidad alarmante y compromete también los pulmones, sometiendo al enfermo a unos horribles dolores en el pecho, dificultades para respirar y una tos sanguinolienta que además es infecciosa. Morían como ratas, cubiertos de ominosas ampollas que se volvían negras, de ahí el nombre. Esta calamidad era una cosa terrible de ver y sumió a los europeos en una miseria nunca vista, se convirtió rápidamente en uno de los brotes más mortales en la historia de la humanidad y tocó tierra en Italia, donde atacó de forma irregular, después se extendió por el país azotando a la población para luego diezmar a los habitantes de Alemania. A la Península Ibérica entró asolando primero por Aragón y entonces a través de Navarra y Castilla. Finalmente se extendió por toda Europa. Esta plaga tuvo un impacto rotundo, pues se trataba de un mal inesperado, desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia. Además afectaba a todos, sin distinguir entre pobres y ricos. Aquejaba a los mendigos pero no se detenía ante los reyes. La mortalidad generada por la peste produjo una crisis, porque los campos ya no tenían quién los trabajase. El elevado número de muertes en tan corto período de tiempo trajo consigo una grave escasez de mano de obra, por lo tanto los salarios aumentaron y los precios bajaron debido a la disminuida demanda por los bienes, condición que le dio un respiro a los sobrevivientes. Los productos del Oriente Próximo se volvieron entonces más competitivos y su comercio floreció, circunstancia que gatilló un importante déficit mercantil en Europa. El fomento del intercambio comercial a larga distancia favoreció la mejora de la navegación pero al mismo tiempo redujo la cantidad disponible de oro y plata, los que en el viejo continente se estaban agotando. Las rutas comerciales se volvieron inseguras debido a los conflictos armados y esto terminó de golpear las economías de los reinos europeos.
Entretanto, la región del Oriente Medio se vio afectada por reestructuraciones de algunos imperios, mientras que otros se desgranaban producto de la inestabilidad provocada por las guerras intestinas. Más hacia el este, en contraste con las penurias sufridas por los europeos durante este centenio, el siglo XIV trajo el inicio de una de las épocas más prósperas para China: El reinado de la dinastía Ming. Ming significa «brillante, claro, luminoso», y en estos preceptos se inspiró la filosofía de esta casa que rigió el imperio durante tres siglos desde el final de la dominación de los mongoles, ciñéndose a las esencias y las tradiciones de la nación. Durante los Ming China fue casi sin saberlo y por vez única el país más poderoso y desarrollado del planeta, a tal punto de permitirse desdeñar el acrecentar la extensión de sus territorios en un momento en que los europeos se habían lanzado ya en su expansión colonialista, pero esto se debió a un factor específico: No importa qué tan lejos viajaran los enormes y tecnológicamente avanzados navíos chinos, éstos nunca encontraron riquezas mayores que las que tenían en casa. Desde las perspectivas del progreso, la innovación y la manufactura, esta nación estaba tan por delante del resto de Eurasia que las tierras extranjeras tenían poco que ofrecer excepto materias primas, las que podían ser obtenidas sin tomarse la molestia de enviar grandes flotas. Beijing detuvo la exploración de largo alcance porque no había nada más allá de los mares que justificase los costos de tales viajes.
China desplegó una influencia que alcanzaba hasta las aguas del Océano Indico y cada vez más hacia el oeste y también hacia el sur. Era entonces la nación más rica y avanzada del mundo midiéndola desde cualquier parámetro: Ingreso per capita, fuerza militar, expectación de vida, producción agrícola y sofisticación en la cocina, las artes y las técnicas, las matemáticas, la química e incluso la investigación astronómica, sin olvidar la fabricación de armas, apartado en el que los chinos demostraron una gran creatividad tras su invento de la pólvora. Durante este período ejerció el imperio de los Ming la hegemonía sobre la manufactura y el comercio, y se quedó con el dinero de los europeos, que no podían encontrar reemplazo para sus sedas, sus especias, su fina porcelana, sus drogas y sus exóticas mercancías. Beijing llegó a estar en el tope de la lista de las sociedades más ricas de la raza humana.
El gigante asiático se encontraba en la flor y Europa lo observaba con ojos de moribunda. La pobreza, el hambre y la inestabilidad venían al galope sobre el viejo continente, pero situaciones difíciles forjan personas legendarias, y así fue como los españoles y los portugueses se lanzaron en un intento desesperado por buscar nuevas rutas hacia los productos del este y posibles tesoros que pudiesen aportar al erario, porque el comercio con los intermediarios que bloqueaban el acceso a los bienes del Asia y el Oriente Medio los tenía empobrecidos, porque Europa entera necesitaba además metales preciosos ante el escenario del agotamiento de sus filones. Lusos y castellanos aprovecharon su posición geográfica junto al océano Atlántico para tratar de llegar a la India por mar. Los portugueses lo intentarían yendo hacia el este y los españoles partirían hacia el oeste. Y su audacia se vio recompensada, pues encontraron un nuevo mundo, nuevos caminos y una fuente de riquezas como no se conocía hasta entonces, y se verían forzados a compartir el botín porque no estarían solos en esta empresa.