Casa en la playa
Ella llegó en su auto, llegó en el momento en que yo ya no la esperaba, llegó años más tarde de lo que debería haber llegado, cuando ya se había apagado aquel volcán que teníamos, aquella fuerza telúrica que nunca hicimos explotar. Sin embargo, los volcanes son entes que duermen, y así la vi entrar en mi estrecha habitación del segundo piso.
Ella llegó con una mirada ígnea, eran de piedra sus ojos negros, era un matorral divino aquel cabello que había madurado con los años. Ahora que la miro bien la encuentro más hermosa que nunca, la veo con mis ojos del pasado, con aquel brillo que el tiempo se llevó de tanto insistir. Que bonita visión, esos ojos tranquilos. Ya no era una niña, ya no era la joven que conocí. Ahora era toda una mujer y su piel olía a incienso, a mirra y a hembra, tanto que quemaba el aire. Las paredes eran de madera y las lámparas de papel, tan bonito tanto brillo, creo que hasta los árboles se distinguían a través de la ventana, era como un baile embrujado, un aquelarre como aquellos que solo en el sur pueden existir, cuando las luces y otras cosas bailan en lo profundo del bosque, todo revuelto por el viento.
Allí estábamos sentados solo ella y yo. Solo ella y yo, y quién sabe quién andaba o qué era lo que sucedía en las otras habitaciones, porque en aquel momento solo teníamos ojos el uno para el otro, porque estábamos allí y ahora mirándonos como solo se pueden mirar aquellos que han derramado las aguas del tiempo en el río equivocado, comiéndose los años y el silencio con aquellas miradas, encendiendo la madera y la vida entera con tanta llama, con aquel calor que venía subiendo desde el centro de la tierra para castigarnos por las palabras no dichas, para herirnos en el medio de lo que más duele, para quemar la piel de aquella manera tan dulce y subterránea. Me tomó la mano y se echó a andar en silencio. Yo veía el bosque allá afuera, las ramas rasguñando el cristal, y sentía el volcán con toda mi piel, y ella iba perdiendo la ropa, se iba cayendo tal como caen las flores de los espinos, así mismo como algunos árboles pierden las hojas en el monte cuando el verano ya se ha ido.
La casa se agrandaba a medida que recorríamos. Ella eligió un rincón oscuro y polvoriento, era todo de pino y olía a bodega de campo. Había un colchón en el suelo. Allí nos acostamos. Primero se tendió ella y me llamó, y me hizo sentir un pudor como el que jamás he tenido, y me pareció ver que su cuerpo temblaba mientras me atraía ella hacia sí con una mano venida de las profundidades. Entonces se produjo la erupción. Fue una erupción tan esperada, sin embargo apenas tibia y algo oscura, pues sabíamos que estábamos haciendo algo indebido. Más tarde me dijo ella que no era feliz, que había tenido problemas, que lo suyo era difícil, e intentó llorar. Quiso plañir pero yo no la dejé, no pude verla así porque eso me iba a hacer lagrimear en aquel momento cuando yo solo quería reír y mostrarle a todos los vientos, a cada uno de aquellos árboles e incluso a la luna lo feliz que era. Quería yo mirar a la noche cara a cara y enrostrarle con desprecio que la muerte a veces llega tarde, aclararle que en ocasiones la miseria también falla, como tantas cosas que nunca resultan, y sentía en el centro de mí algo grande, algo importante que no paraba de crecer.
La atraje hacia mi cuerpo y sujeté su cabeza entre mis manos con infinito cuidado, no como si mis manos se fuesen a romper, no como si sus cabellos se fuesen a despeinar sino más bien con el cuidado como de quien camina sobre el agua, como quien avanza entre los peces peinando las olas con los pies. Así la tomé entre mis manos y la envolví en mi piel, y quedó junto a mi pecho, y fui más feliz de lo que había sido antes, y ahora ella reía siendo que antes gemía, y en ese abrazo se resumieron todos los atardeceres, en aquel vínculo se esparcieron todos los brujos y volvimos a ser ella y yo, nadie más que yo y ella. Así estuvimos tal vez un día, habrán sido dos. Más bien fueron dos noches porque del sol no me acuerdo, el sol lo vería más tarde. Nos dimos cariño, nos dimos amor, nos dimos sangre y sudor. Su piel se confundía con las paredes y mis ojos eran unos con las lámparas, yo no los quise cerrar. No los cerré para no caer dormido, no quise pestañear para nunca dejar de verla. Cosa más hermosa, que había llegado a buscarme, que había pensado en mí cuando se sintió perdida. Cuando todo le salió mal vino a premiarme con la flor de su visita y llegó venciendo las arenas del tiempo. Con este pensamiento se me cayó una lágrima, y ella vio tal cosa y se puso inquieta.
Por qué lloras, preguntó, no es nada, le dije, cuando en el fondo quería decirle es por ti, eres tú el motivo de mi llanto, son tus ojos los que inundan los míos. Entonces ella se sintió extraña, se sintió desprotegida y me dijo vámonos de aquí, y me tomó nuevamente de la mano en un gesto que yo ya estaba aprendiendo a amar. A esas alturas ya estábamos vestidos, y recorrimos los estrechos corredores, y evitamos los curiosos, y esquivamos a las sombras que se alimentan del olvido y la falta de cuidar, pasamos de largo para no arriesgar lo nuestro. Ya no teníamos nada porque lo habíamos dejado todo en aquel rincón. Ella sabía que su falta sería castigada de algún modo incomprensible, y yo sabía que el recuerdo de este nuestro edén en el exilio me heriría como solo la miel más dulce puede traer la muerte y la agonía.
Subimos a su auto, que estaba estacionado enfrente. A dónde vamos, pregunté, y ella me dijo tengo las llaves de una casa. Me dijo tengo las llaves de una casa en la playa, es una casa grande, la vieras, en un rincón bonito, una casa enorme que en estos momentos está sola y pertenece a gente importante, gente adinerada que ahora anda de viaje. Eso fue lo que yo entendí, porque a esas alturas yo solo pensaba en ella y yo, sólo quería volver a estar con ella de la forma en que habíamos estado. Viajamos en silencio, dejamos el volcán atrás y llegamos a la costa. Allí anduvimos por un camino donde los eucaliptos nos saludaban de una forma curiosa, a mi me pareció verlos sonreír, me pareció que se acariciaban entre ellos con sus ramas, creí ver que detalles de cortezas se iban desprendiendo con el roce, con el movimiento, pero tal vez fue solo el viento. Tal vez el mismo viento que traía ahora olor a sal y alcanfor, aquel aroma tan querido.
La casa estaba en un rincón con vista al mar, tal como era de esperarse. Una estructura construida sobre un estacionamiento de concreto, una casa montada encima del gris del cemento y el azul del metal. Parecía una fortaleza, con tantas rejas, y aquel estacionamiento figuraba absurdo, se veía tan amplio y estaba tan vacío. Ella estacionó bajo la casa y yo pensé que eso no estaba bien, que iba a llamar la atención, pero ella leyó mis pensamientos y me dijo no te preocupes, aquí estaremos solos, y me sonrió de una forma que yo interpreté como un beso, pues estaba ansioso yo de continuar con lo nuestro, de volver a hacerla mía de aquella forma tan profunda, de tenerla nuevamente entre mi todo. Dimos una mirada a la casa y no fue necesario rodearla porque se dio vuelta sola, y yo estudiaba las ventanas, observaba la fachada, contemplaba los arcos, las columnas y los techos, y no me parecía una morada de gente rica, de la gente que ella había mencionado, y entre las rejas se podía ver el mar, que brillaba de una forma furiosa, y podíamos ver la playa, que estaba vacía a toda hora.
Ella hizo caso omiso de tales pensamientos y me llevó por una estrecha escalera hasta la puerta de entrada. Tenía las llaves en su abrigo y abrió con cierto esfuerzo. Tuvimos que agacharnos para entrar, y yo vi aquellas paredes blancas, aquel enlucido descascarado, aquellos rincones arenosos, aquellas alfombras desgastadas, aquellos cuadros sin gracia, aquella decoración de mal gusto, y el corazón se me oprimió. Lo primero fue quitarme los zapatos, aquellos bellos zapatos que había comprado en el verano, y los dejé junto a otras cosas en el mismo pasillo de entrada. Ella ya estaba desnuda, tenía la facilidad para quitarse la ropa de la nada, para embellecerse por cualquier cosa, y yo tenía el pecho inflado, pues volvería a probar aquel fruto prohibido, volvería a adueñarme de aquella mujer sin dueño posible, probaría una vez más aquel elixir que desaparecía en el paladar sin llegar a tocar la garganta. Así volvimos a lo nuestro, y ella reía sin parar, y la vi nuevamente posada como siempre había soñado.
Yo quería detener el tiempo. Me habría gustado haber quedado allí clavado en el reloj para siempre, amartillado en aquel minuto, en aquellos segundos, mirando aquella lindura que era todo piel y sentimientos, aquella hembra que me pertenecía en los pensamientos, y por sobre todo en el recuerdo y en los reproches, aquella bomba que hacía explotar mi todo, todo lo que tenía, todo lo que yo quería ser, todo lo que alguna vez fui. Y ella estaba entera húmeda, y las gotas caían sobre el piso, sobre el colchón, porque teníamos una cama en aquella casa tan extraña, y ella me dijo estoy sangrando, es culpa tuya, y en vez de apenarse se echó a reír, y me dijo esto nunca me pasa y repitió es culpa tuya, es culpa tuya.
Y en eso estábamos cuando sucede lo impensable, cuando se oye la cerradura y se escucha como se abre la puerta y se sienten pasos que se acercan, y vemos entrar en la habitación un hombre muy pálido vestido con pantalones de tela y una bata, peinado hacia atrás a la gomina, con bigotillo afectado y sendas bolsas de compras. El tipo dijo un par de palabras hostiles pero se retiró rápidamente, seguramente cohibido ante nuestra desnudez, pues éramos nosotros una bola de piel a esas alturas. No nos habíamos alcanzado a vestir cuando entra a la habitación una mujer de aspecto, con bolsas de compras, y nada más mirarnos comienza a maldecirnos, nos asegura que nuestras vidas están arruinadas, dice que nos mandará a matar y otras vulgaridades que ahora he olvidado.
Me puse mis ropas apuradamente e intenté hablarle. Le dije tranquila, señora, estábamos nada más haciendo lo mismo que ciertas aves, lo mismo que hacen los gatos en los tejados, lo mismo que las hojas sueltas y las ramas caídas, lo mismo que la primavera hace con los cerezos, no es para tanto, le decía yo, pero ella no oía razones, y se retiró rápidamente. En esto mi compañera aparece de la nada y me lleva por el pasillo hacia la salida, que era cada vez más estrecha, y mis zapatos no se veían por ningún lado, y en el apuro no alcancé a encontrarlos. Fue culpa mía por dejarlos allí, fue culpa mía por confiarme, por pensar que las cosas iban a ocurrir como era de esperarse, sabiendo que nada de lo que yo espero jamás se cumple.
Corrimos las escaleras y ella sin que yo notase subió a su auto y lo echó a andar para nada más estrellarlo contra una muralla un poco más allá, y bajarse y arrodillarse a llorar. Lloraba por su vehículo siniestrado, lloraba por las explicaciones que vendrían, lloraba por nosotros y creo que lloró hasta por mí, eso lo supe porque cambió el color de la luz. Qué más querría yo que tomarle la mano y decirle todo va a estar bien, incluso lo intenté, pero no llegó a suceder porque aparecieron guardias armados, y pusieron nuestras vidas en peligro, y sentimos miedo. La tomé de la mano y le dije ven conmigo que yo te protegeré, volvamos a la habitación donde todo comenzó. Pero ella no quiso atender razones porque a esas alturas ya era todo gas.
Así se desvaneció con su auto y con mi felicidad, y yo caminaba por las calles de un pueblo desconocido, a solas y humillado por mis pies descalzos, huyendo de alguien que no sabía, alejándome de la memoria de aquello que nunca pudo ser, tratando de escaparme de lo que no logramos terminar en aquella casa en la playa.
Berlin, Noviembre y 2021.