Cartas al Rey (extracto)

Maese

He pasado los últimos dos años investigando los misterios de la alquimia en esta ciudad, en la escuela de los andaluces, siguiendo las enseñanzas y preceptos del gran Paracelso y las prácticas propias de estos inmigrantes singulares. Aunque lo mío es el comercio, la venta de telas, de joyas y productos finos, me he visto dado a utilizar mi tiempo libre en cosas más importantes y loables. Es conocido que allá en las colonias, allá desde donde llegan las historias de los valientes, es sabido que allá abundan el oro y la plata, y es por eso que sueño con irme. Mi anhelo es dejarlo todo atrás, abandonar esta vida de mercader y partir en busca de un destino que veo dorado al cerrar los ojos, es contagioso el espíritu de la audacia y la exploración. Llegan acá a Sevilla las noticias antes que a ninguna parte, aquí es donde atracan las gallardas naves trayendo el quinto para la Corona, subiendo el cauce del Guadalquivir, acompañadas de la real armada, con las velas henchidas y gloriosas, oliendo a sargazos y a sal. Se ven desgastadas y cansinas, es un verdadero espectáculo el verlas llegar. Las banderas, las bandas de músicos, las visitas de Su Majestad, los carruajes de los banqueros, las personalidades de la corte y del comercio que tienen sus intereses allí puestos, todos llegan con ansia a buscar su parte de lo que traen las bodegas de estas embarcaciones, eso ya se ha transformado en costumbre.

El verlos a aquellos curtidos soldados paseando por cubierta, con sus barbas hirsutas, con su cabellera encanecida y sus ojos cansados, sus armaduras desgastadas y sus espadas siempre listas, es una cosa que se me salta el corazón de puro coraje cuando me acerco al embarcadero entre la multitud para mirarlos volver de las tierras del diablo con su botín y sus historias. Es una posición que anhelo, aquella de ser un adelantado, un enviado, un emisario de la Corona en las tierras incógnitas. Es por eso que intento domeñar las artes de separar la piedra de los metales hasta la última impureza. Me esfuerzo semanalmente por conocer como la palma de mi mano la distinción entre los mixtos duros y blandos, terrosos o pedregosos, jugosos o secos, me doy gran maña y arte por conocer los temperamentos de los sulfuros y de los bromuros, por entender el comportamiento errático y rabioso de los complementos y los magistrales, las propiedades casi sedativas que tienen ciertos complementos que huelen a muerte y que cambian de colores con el fuego o con el frío, tan engañosos que actúan como si tuviesen vida propia. Me ejercito una y otra vez usando las sales, los reactivos y los aditivos, avanzando un paso y retrocediendo otro en seguir los procesos a veces repetitivos y tediosos, a veces explosivos y ruidosos, a veces tranquilos como la seda, pero las más violentos y cáusticos. Es ésta una actividad que se me antoja como seguir la receta de cocina de quizás qué entidad, para ofrecer en la mesa de los etéreos, para servir de provecho a nuestra muy humilde y humana condición. Estoy convencido de que a los elementos y metales hay que agradarles, de otro modo no me explico resultados tan dispares y aquel comportamiento mezquino y veleidoso.

Eso es lo que hago yo. Ya no me interesan las cuentas, los pedidos, las partidas ni los proveedores, eso se lo dejo todo a mi mujer. Y agradezco cada día a nuestro Señor Todopoderoso que en su justa y divina gracia ha puesto en mi camino a semejante compañera tan inteligente y sagaz que ha tomado las riendas del negocio familiar y me deja a mí todo el tiempo libre, me permite hacer lo mío sin preguntar ni rechistar, me da toda la tranquilidad de este mundo para buscar la receta perfecta, para ensayar los pasos que posibiliten la purificación. Este es un círculo, un reino donde hay preceptos pero no reglas, un arte casi oculto que he intentado desvelar desde hace un tiempo, según ya he referido. Necesito conocer el comportamiento de las entidades que habitan las entrañas de la tierra, es así como se enseña acá. Se habla de unos seres que dejan sus jugos o sus residuos según tal o cual evento, prefiriendo una unión ante la otra, desgarrando, dividiendo, creando, produciendo, engendrando. Se habla de un mundo subterráneo, los textos indican unos elementales que obran en las profundidades, refieren un comportamiento misterioso, hablan de nupcias y lazos, mencionan la génesis de los metales como si de un milagro se tratase, y así lo creemos todos. Lo que estudiamos y aprendemos aquí en nuestro colegio de metalúrgicos es en gran parte una ciencia que se confunde con la religión, es ley para cualquiera que estudie el arte de los metales no juzgar por excusada ninguna diligencia que pueda ocasionar mayor conocimiento.

Por lo tanto es que tal disciplina es vista con malos ojos por algunos, por lo mismo es que nuestras artes son consideradas como no santas por cualquiera que lea los libros sin una mente clara y abierta, por eso es que nosotros preferimos estar tranquilos y operar a puertas cerradas. Por tal razón es que se realiza un proceso de selección para constatar idoneidad y para filtrar los intrusos y los espías de la Santa Iglesia, que más por ignorancia que por maldad están siempre listos a segar y condenar como tristemente se ha visto antes. Me paso una buena parte del tiempo en las instalaciones de este colegio de alquimistas, unas dependencias que por fuera se ven derruidas, unos edificios, unas bodegas junto al mismo Guadalquivir, un lugar que no despierta sospechas, un rincón donde casi nadie va, y por lo mismo es que podemos trabajar tranquilos.

Este río, este magnífico puerto fluvial, siempre he tenido algo que ver con él. Debido al abultado capital que he podido acumular gracias a mi diligente labor de comerciante, gracias a las interminables jornadas de sol a sol, gracias a mi constancia y al instinto de mi mujer, que sin ella no habría llegado hasta aquí ni mucho menos, gracias a mi posición acomodada es que he podido ampliar mis actividades y volverme un agente y un asegurador de empresas marítimas y navíos. Es esta actividad la que me llena de ilusiones, he podido a través de ella aprender tantas cosas que son necesarias para entender los pormenores del comercio y la navegación de cabotaje y de aguas profundas. He tenido la oportunidad de trabajar con un par de compañías dedicadas a la exploración de las indias de ultramar. Son éstas las empresas más fuertes en espíritu y en determinación, son éstos los hombres más valientes y arrojados de los que he conocido, aquello de navegar por el océano profundo durante semanas y meses, tal cosa no es para los débiles de carácter. Eso, y partir con una ilusión y una fe sin límites, hipotecando todos los bienes materiales y espirituales. Zarpar, levar anclas con las cubiertas bien lustradas y las espaldas cargadas de deudas, sin la certeza de si acaso volverán, sin saber si terminarán sus días en el fondo del mar o hundidos en alguna ciénaga o pantano infestado de mosquitos, encontrar el fin en medio de una selva donde las bestias y la peste pululan, perecer bajo las flechas y las lanzas de los indios siempre fieros y carnívoros, sucumbir ante el frío, el hielo y la altitud en unas montañas tan bravas como en estas tierras del Señor no se han visto. Aquellos relatos me los llevo a casa yo en mi memoria y los repaso mientras cenamos a la luz de los buenos candelabros, al cobijo de un alegre fuego en espléndida chimenea, esas cosas me roban el pensamiento, y me quedo así como nublado, y mi esposa intenta hablarme pero yo no tengo nada que decir porque mi mente está en las tierras del diablo, tal es como las llaman. Mis pensamientos se encuentran en los túneles y socavones de las minas donde los metales preciosos son dados a huir hacia las profundidades, mis manos sostienen los cubiertos de plata y me la imagino huyendo de la tierra y el polvo a través de la magia de la alquimia, eso es lo mío. Por eso es que estoy tan empeñado en darme a conocer las artes de la transmutación, necesito yo a toda costa descifrar los secretos del metal, conocer sus misterios, dividirlo en piezas más pequeñas, unirlo con sus asociados, ver los vapores y humos ascender por las retortas, ser testigo del nacimiento de los cristales en frente de mis ojos, presenciar el surgimiento de sales, amonios y cloruros, entender las amistades y las enemistades, las acciones y reacciones, conocer los metales preciosos al revés y al derecho. Modificarlos, sublimarlos, purificarlos, eso es lo que he estado intentando hacer hace un buen par de años.

Lo que me obsesiona por sobre todo es la plata, porque esa es la fortaleza y la bendición de este reino, y la alegría y el futuro de este puerto de Sevilla, que se transforma en fiesta tras la llegada de las naves con los tesoros y el quinto real, con tantas joyas y animales exóticos, y los indios que llegan en jaulas o caminando libres según la procedencia, y las plumas, artesanías y otras rarezas, aparte del oro que tanta falta hace. Y por sobre todo y más que nada como he dicho la plata, porque las minas propiedad de Su Majestad allá en el nuevo mundo son cosa digna de ver, es lo dicho. Aseguran los cronistas que dichos yacimientos pertenecen a las maravillas de este mundo, y que antes de abandonar esta tierra ha de vérseles sin falta, y que en torno a ellos se construyen ciudades donde hay de todo, donde no falta nada, donde hay lujos y excesos. Cuentan que todo gira en torno a los metales, y que todos los días son sudor, y que todas las noches son fiesta. Las minas más importantes de la Corona son las de plata, las más ricas y las de más alta ley, algunas en el norte y otras más ricas aun en el sur. Eso es lo que yo he averiguado conversando con mis clientes y asociados, andando por el puerto, esas son las cosas que llegan a mis oídos porque el desembarcadero no tiene secretos para mí. Al principio han encontrado las vetas de la más alta pureza, unas vetas tales que nada más había que recoger las piedras plateadas y sacudirles algo de arena o suciedad y allí mismo fundirlas. Dicen que los indios que viven en las alturas se dan gran maña para esto, y que conocen con detalle el arte del beneficio, y que sacan más partes de plata que ninguno de los castellanos, y éstos han tenido que aprender de aquellos, y tales dichos me han sorprendido sobremanera, pues la razón indica que estos indígenas del sur son artistas de la metalurgia y llevan ya siglos trabajando el arte de los metales, y una cosa así es gran curiosidad de imaginarse, algo no visto ni en Europa. Esto fue así durante los primeros lustros, tal bonanza, dicha pureza, mas con el paso del tiempo y debido a la gran industria y diligencia con que Su Majestad ha organizado la extracción, como se ha referido por escrito y de manera oral, estas vetas depositadas allí en la tierra por los dioses, que eso es lo que dicen los nativos, semejantes rocas legendarias que estaban allí botadas como recompensa para el que las hallase han desaparecido hundiéndose en la tierra, se han escondido en la negrura y han dejado atrás un mineral que es más difícil de beneficiar, si no ya casi imposible, pues las técnicas de los indios no llegan, y se multiplican el tiempo y el esfuerzo requeridos para extraer las piezas de plata que las arcas del imperio tanto necesitan. Es por esto que aparte de mi gran vehemencia como aprendiz de alquimista he visto aquí una gran oportunidad de negocios. He vislumbrado una posibilidad como nadie ha visto, y por lo mismo es que he puesto mi pasión y mis recursos de lleno en tan loable empresa, pues deseo aportar a la Corona, porque tengo una ciega confianza en que daré con el método que me permita extraer las riquezas de aquellas tierras indias ahora que ya ni los nativos saben cómo hacerlo, y doy fe aquí por escrito que sin la ayuda de mi santa esposa en la organización de las cosas del hogar y en la toma de las riendas del negocio esto no me sería posible ni de la forma más remota, y es por eso que la pongo a ella en tercer lugar en la fila después de Dios y Su Majestad el emperador en el panteón de las figuras a las que me encomiendo y a las que espero enaltecer y dedicarles mi éxito que para mí en este momento no es ya secreto alguno, pues el fuego del deseo enciende mi pecho, y es en medio de tales llamas como me despierto y me acuesto cada día.

Hace dos semanas que vengo avistando a un recién llegado en nuestros talleres. Se ha pasado hoy por el cuarto que me han asignado para mis ensayos y se ha presentado de manera educada. El nuevo es alemán y habla bastante bien nuestro idioma el castellano. Viste de manera extravagante, lleva un sombrero cónico, un costoso jubón, calzado de primera y anda con elegante bastón para todos lados. Huele a alguna emulsión fuerte que recuerda el almizcle y acarrea consigo para donde quiera que vaya un cuaderno repleto de anotaciones y dibujos que he visto de reojo con gran curiosidad. Ha entendido que estoy trabajando con sales de plata pero no ha demostrado interés alguno. Le he explicado mi procedimiento de manera somera, por pura cordialidad, y me ha escuchado en silencio sin decir palabra. No le he querido preguntar nada y me ha caído en gracia debido a su discreción y sus maneras tranquilas. Nos hemos topado un par de veces en el patio, donde él sale a fumar y yo a tomar mi merienda cuando está soleado. Allí hablamos de viajes y de literatura. He descubierto en él a un ciudadano muy letrado y versado en costumbres de otras tierras, y he oído con atención sus anécdotas. Me confió que ha llegado él a la península comisionado por importantes banqueros, y al oír los apellidos entendí que este sajón andaba involucrado en los intereses de la Corona, y me sorprendí con ello grandemente. El trato entre nosotros es cordial pero reservado, y va de manera tal que ninguno le pregunta demasiado al otro, y nos refugiamos constantemente en el tema de la literatura, arena donde los dos somos versados. En algún momento me ha mencionado a Plinio y a Biringuccio, y aquí han sonado las alarmas, pues el volumen del italiano lo he buscado por mar y por tierra sin éxito, y se lo he comentado con gran excitación, pero él no ha demostrado gran interés en mi reacción y ha cambiado de tema.

Han pasado dos semanas desde mi último encuentro con el alemán. Yo he estado muy ocupado con mis experimentos y no he tenido tiempo ni para respirar. He consumido una cantidad importante de insumos y he sufrido un par de percances en mi laboratorio. Mi trabajo con los metales preciosos se está estancando y por otra parte mis actividades mercantiles han reclamado mi presencia. Ayer en la mañana me he presentado muy temprano en mi taller en las instalaciones de los alquimistas para limpiar todo, he traído una recarga de sales, reactivos, ácidos, otros químicos esenciales que me estaban haciendo falta y además de ello cerámicas y otros utensilios de vidrio para reponer los accidentados. Encontré una nota en mi banco de trabajo, una con un sello lacrado, cosa inusual. Pertenecía a mi colega metalúrgico, al misterioso alemán, y por primera vez me enteraba de su nombre, una curiosa adaptación al castellano. En aquella nota me confesaba que había estado registrando mi laboratorio, lo ha encomiado por lo que él ha llamado balance y buen juicio, y me indicaba que iba a estar unas semanas fuera y que necesitaba hablar conmigo al respecto. Me ha citado para una fecha en concreto, indicando el día y la hora, además de una dirección en un sector que yo conozco bien debido a mis tratos con agentes que trabajan para las compañías que viajan a Nueva España. Este maese sajón resulta un misterio para mí, uno creciente que va latiendo en mi pensamiento. He guardado aquella nota en un lugar seguro y pienso cada día en ella, y me imagino mil y una cosas con respecto de lo que tendrá que decirme este extranjero. A veces me indigna su descaro, su osadía de presentarse en mi ausencia a revisar mis cosas, mis experimentos, otras veces me sorprenden sus recursos y sus maneras, mas todo el tiempo dejo volar mi imaginación con respecto a sus motivos y paso las jornadas en gran parte distraído con estos pensamientos. Estas cosas se las he ocultado a mi fiel esposa, quien ya ha notado que ando como ausente, y por alguna razón absurda he preferido guardar el secreto siendo que ella es mi gran amiga y consejera, y con ella comparto todo sin reservas.

Llegó el día y la hora señalados y me presenté en la Calle del Alma número ocho. Era la tarde después de almuerzo e iba yo ascendiendo por la calzada de piedra, admirando las casas señoriales, los patios bien cuidados, los azahares perfumados, las fuentes y los naranjos. Llevaba yo el mensaje en la mano, escrito y firmado por este hombre misterioso. Grande fue mi sorpresa al encontrarme con una propiedad fuertemente amurallada que parecía un convento. Di tres golpes con la pesada aldaba que asemejaba a un león entristecido y apareció un encapuchado que ha apuntado a mi mano, y yo le he extendido la carta. Esto fue suficiente, pues apenas la ha revisado de reojo y me ha conducido entre  gardenias y verbenas hacia un patio interior que tenía una fuente rústica donde cantaba el agua. Estas cosas que estoy relatando con tanto lujo y detalle han quedado marcadas en mi memoria, tal como todo lo que aconteció aquella tarde de primavera. Fui conducido por un zaguán, pasamos junto a unas caballerizas y junto a lo que parecía una capilla. No vimos a nadie en nuestro paso y el silencio de la caminata fue apenas interrumpido por el rumor del calzado sobre las piedras sueltas y las tablas quejumbrosas. Subimos unas escaleras que conducían hacia una torre. Allí el encapuchado me hizo con una mano un gesto que no entendí y me dejó a solas frente a una puerta enrejada. En dicho momento mi corazón dio un vuelco al oír unas campanadas, esperaba yo cualquier cosa menos aquello. Se abrió la puerta frente a mí y apareció el sajón. Me invitó a pasar y lo primero se ha disculpado por entrometerse en mis asuntos allá en el laboratorio, y este acto ha llenado mi corazón de tranquilidad, pues traía yo esa espina clavada y no sabía cómo iba a abordar el asunto. Los aposentos eran suntuosos de un modo austero. Había tapices, cuadros, imágenes, alfombras y lámparas. Olía allí a cera y almendras, a linaza, a trementina, a púrpura y otros esenciales. Me condujo en silencio hasta un cuarto que era biblioteca y estudio. Guardaba allí una colección reducida de volúmenes de gran calidad según pude ver, traídos desde otras tierras, en otros idiomas, unas ediciones únicas.

Mi corazón dio un vuelco al ver sobre la mesa el volumen «De la Pirotecnia» del maestro Biringuccio. Mi anfitrión me dejó a solas junto con el libro y partió en busca de vino y más candelabros. Se habrá tardado unos minutos que a mí me parecieron horas mientras hojeaba yo aquel tratado con una devoción sagrada. Golpearon en mis ojos como las cosas más verdaderas las palabras, las fórmulas, las indicaciones, los procedimientos y las advertencias que allí aparecían. He recibido una inspiración celestial, y en esta parte espero que se juzguen con altura mis palabras, pues yo distingo bien lo humano de lo divino, pero así y todo este libro fue para mí como el verdadero de las revelaciones, y mi anfitrión lo notó. Él se apartó y sirvió el vino, dejó mi copa llena y se sentó en una butaca a beber mientras yo seguía embobado con las láminas. El alma casi abandona mi cuerpo de tanta emoción al ver que el italiano se refería a la refinación de minerales de escasa pureza mediante el uso de un método en frío, uno moliendo la piedra bien fina y mezclando con agua, azogue y otras sales. Incluso servía para los descartes, para el mineral de baja ley! Esto era cosa extraordinaria, pues se podía prescindir de la costosa madera para calentar la mezcla. Bien sabía yo por los relatos que la leña es escasa en los escoriales del nuevo mundo, y se soluciona con estos preceptos también el otro gran problema que hay en las colonias, donde el material está bajando en pureza. Este tema reviste extraordinaria importancia, porque la Corona está haciendo grandes esfuerzos por mantener a flote el proceso de la extracción y refinado de los metales preciosos, y hay grandes primas y recompensas esperando a quien ofrezca una solución sustancial a tamaña calamidad que está amenazando toda la industria y la vida misma de los asentamientos, eso es cosa sabida. Entonces dejé el libro y fui en busca de mi copa de vino, y de mi colega alquimista, que estaba sentado en un rincón a media luz. Estuvimos bebiendo sin cruzar palabra y fue él quien rompió el silencio. Me dijo que él era uno de los especialistas traídos por los banqueros para introducir en los yacimientos de nuestro reino las técnicas y los procedimientos usados en las minas de Sajonia, afirmó que se trataba de un acuerdo directo entre los prestamistas y el rey, que las cosas estaban cambiando con rapidez y que se estaba abriendo una ventana extraordinaria de oportunidad. Me dijo que había visitado mi puesto en la escuela de alquimistas para invitarme a almorzar, y que en mi ausencia se había tomado la licencia de examinar mis instalaciones. Dijo que entonces le había quedado claro que lo mío era el trabajo de refinación y separado de los metales preciosos, me comentó que había visto los distintos botones y lingotes que había purificado yo a medias —esa palabra es la que usó—, y que entonces había averiguado sobre mi persona y se había enterado tras poco esfuerzo de mi posición y mi estatus. Entonces me dijo que él se quería pasar a las Indias, dijo que ya no deseaba seguir trabajando acá, me confesó que sus pensamientos estaban más allá del mar, que su corazón latía por las tierras incógnitas, aseguró que su ciencia y arte serían mucho más rentables en las colonias, pues poseía información acerca de los problemas, de las falencias, de las prebendas y recompensas que le esperaban a quien entregase una solución para afrontar la merma en la calidad del mineral extraído, a quien volviese a convertir tamaña empresa de gigantes en un negocio nuevamente rentable. Me dijo que en su calidad de emisario privilegiado visitaba la corte con asiduidad y que allí los rumores se confirmaban, y me confesó que no podía dormir por las noches, dijo que ésta era una carrera contra el tiempo y me invitó sin más a irnos al nuevo mundo a revolucionar el proceso del refinamiento del metal.

Aquella tarde fue una de las más gratas de las que tengo recuerdo. Nos encontró la noche en dicha estancia y nos hemos quedado conversando apasionadamente con el maestro sajón hasta la salida del sol. Envié donde mi querida esposa un mensajero, le entregué dos monedas de plata y una carta para ella avisándole que mis ocupaciones me mantendrían lejos del hogar por unas horas, indicándole que no me esperase ni se preocupase. Estaba yo imbuido de una euforia desconocida, bebiendo aquel buen vino y hablando sobre embarcaciones y sobre ensayos. A mi colega le brillaban los ojos cuando me hablaba de expediciones y de alquimia, a mi se me volvía la voz un hilo al confesar mis fantasías acerca de la minería en los territorios salvajes al otro lado del vasto océano. Entre los dos pintamos de los más increíbles colores aquellas minas, aquellas ciudades, aquellos asentamientos en la tierra sin Dios ni ley, nos llenamos de ilusión al dibujar en el aire la empresa que íbamos a montar usando mis recursos y sus conocimientos.

Tocamos el tema con insistencia, lo revisamos desde todas las aristas, aquello de que en las colonias se estaban agotando los recursos para extraer el metal de las profundidades, porque no había un procedimiento que pudiese refinar el mineral de baja ley de manera rentable, y por lo tanto los días de las minas y de los asentamientos estaban contados, y nos atropellábamos con las palabras en nuestro entusiasmo y afán. También era cosa principal para ambos el hecho antes mencionado de las primas ofrecidas por la corona para aquel que pudiese sacar a la minería colonial de tan colosal aprieto. Me repitió él una y otra vez lo mismo, acaso como esperando por mi aprobación, que quería él pasarse a las indias. Por un momento se esfumó la parquedad de sus modales y le brillaron los ojos al admitir que su firme propósito era conseguir el permiso oficial y embarcarse con rumbo a Nueva España. Me miró con una mirada llena de intensidad y fuego, y me aseguró que la técnica del uso del azogue era una cosa extraordinaria, me dijo que era un método apenas conocido y dijo que el éxito estaba garantizado. Allí mi corazón dio un vuelco y le confesé mi pasión, le confié mis sueños, aquellos que me perseguían en las horas de vigilia y por las noches, le conté que yo también abrigaba la secreta esperanza de pasarme al nuevo mundo y le confesé que ese y ningún otro era el motivo por el cual yo estaba involucrado con los alquimistas. Le aseguré que aquella era la rueda que movía mi cuerpo y mis ilusiones, aquella magna tarea de domeñar y separar los elementos usando las artes y el fuego, y le dije que en mi estómago sentía que nuestros caminos se habían cruzado por designios divinos. Al oír esto se quedó en silencio y después de una pausa me dijo usando un tono seco que los designios divinos estaban reservados para otras cosas, dijo que nuestra reunión se había fraguado mediante llamas distintas, y aquella fue una frase misteriosa que encajó de manera perfecta en tal salón de piedra donde nuestras risas resonaron hasta bien entrada la mañana.

Al llegar a mi casa cuando el sol estaba bien alto le conté todo a mi mujer, estaba yo eufórico y no podía parar de caminar de un lado a otro como una bestia enjaulada, le relaté todo lo que tenía fresco en mis oídos y aquello que estaba desde antes en mis pensamientos. Ella me oyó sin interrumpirme y su rostro se ensombreció. Yo entendí por qué, y la traje hacia mí y le besé la frente, y dibujé en ella la señal de la santa cruz, y la bendije y luego me arrodillé y le tomé las manos entre las mías, le pregunté si es que podía seguir contando con ella, y le dije todo esto es tuyo, y me apunté el pecho y luego la estancia donde nos encontrábamos. La muy noble asintió con el rostro lleno de lágrimas, y a mí se me apretó el pecho y me fui a dormir pues ya no podía mantener los ojos abiertos.

En esta época del año, los meses previos a la temporada de vientos favorables, casi ni me veían en casa debido a la gran demanda de mi persona en los embarcaderos, pues las cosas estaban funcionando bien. El fuerte de mi empresa en lo referente a las expediciones al nuevo mundo había girado desde los seguros hacia los préstamos. Las compañías recibían oro contante y sonante salido de mis arcas. Tenía yo un pequeño despacho fortificado en el distrito comercial adyacente al desembarcadero real, y a la vuelta de navegación recibía yo plata de la más pura en barras y en toscas y cantantes monedas, sumado a esto una comisión que volvía a cambiar por más oro y me permitía así quedarme con un margen aceptable, tomando en cuenta el cambio que era casi siempre favorable. Mi casa de servicios comerciales contaba con un prestigio y era conocido que los fondos los liberaba yo en apenas un día hábil, en eso muchos no podían competir conmigo. Mis comisiones eran más altas, pero no tanto, pues pese al riesgo y todo me considero yo una persona sensata en las cosas de dinero y mi interés es que todo el mundo prospere, siempre he sido de la opinión de que la marea creciente levanta a todas las naves.

Aparte de todos estos eventos logísticos y comerciales que me tenían tan ocupado estaba el tema más importante para mí, aquel de la técnica del beneficio de la plata. Desde aquella histórica reunión en lo del maese sajón, desde aquel día en adelante mi labor en la escuela de alquimistas cobró un ritmo febril. Se me abrieron las puertas del conocimiento por así decirlo, y comenzamos a trabajar exclusivamente en dicho revolucionario método de refinamiento en frío usando el mercurio o azogue. Las prácticas venían de los textos del italiano y de las propias experiencias de mi ahora socio, pues nos habíamos propuesto la firme idea de pasar a las indias a iniciar una operación en gran escala. Nuestro destino se había sellado entre aquellas cuatro paredes y lo que habíamos acordado de solemne palabra era viajar a la Nueva España y allí hacernos de una hacienda y construir unos patios de beneficio del metal como no se habían visto hasta entonces. Usando mi capital, empleando dichas técnicas revolucionarias que ya habían sido publicadas, sumado esto a la experiencia y los contactos del maese, y con ayuda de los propios contactos y asociados míos la idea de nosotros era cambiar para siempre la jugada allá en el nuevo mundo y rescatar la industria de la extracción, una tarea muy loable que llenaba de ilusión nuestros corazones y de seguro nos iba a enriquecer de una manera impensada. Nos llenaríamos de fama y reconocimiento, seríamos los favoritos de la corona, de eso no teníamos duda alguna. Y ambos sabíamos, como ya he mencionado, que la nuestra era una carrera contra el tiempo, porque esta técnica del beneficio en frío no era popular, pero tampoco cosa arcana, y era nada más cuestión de dejarse estar para que alguien se nos adelantase y diese en tierra con nuestros grandes sueños. 

Nos instalamos ambos en mi taller allí en las bodegas junto a las mansas aguas del río. La escuela de alquimistas era como una ciudad dentro de una ciudad, un recinto fortificado por su propia lejanía de todo, allí donde apenas los gatos y los esqueletos de naves antiguas se veían, en los patios de un astillero que había perecido a causa de las inundaciones y las celosas jugadas del mercado. Allí se sabía que estábamos nosotros, era conocido que nos dedicábamos a los ensayos y a la producción de sales y otros ungüentos medicinales, la gente pensaba que estábamos locos y por lo mismo nos dejaban en paz, ese era nuestro secreto y todos procedíamos con gran discreción. Era una regla no escrita el no compartir ni el fin de nuestros experimentos ni el origen de nuestra sabiduría, que se remontaba al inicio de los tiempos y reñía con la iglesia. Allí juntamos todos nuestros instrumentos, nuestras probetas y cacerolas y retortas y condensadores y alambiques, allí reunimos una fortuna en cristal, cerámica y metal, allí pusimos unas cortinas gruesas y pesadas y llenamos de candelabros. Durante el día entraba la luz a través de un ventanuco que daba hacia el sur y estaba tan sucio que no se veía ni hacia afuera ni para adentro, cosa conveniente.

Experimentamos con gran diligencia y tesón, el método era cosa casi milagrosa. El maese se encargó de conseguir mineral de plata de baja ley, lo ha procurado él por tener contacto con los mineros y las minas. Nos entregaron unos cajones pesados que los caballos apenas podían acarrear, literalmente unos embalajes llenos de piedras y tierra, hemos tenido que usar una carretilla y la ayuda de tres hombres para entrarlos hasta nuestro laboratorio. Ha sido un momento de gran alegría, me puse como un niño al ver llegar aquellas cajas sucias que para mí eran como regalos del día de Reyes. Tanta era mi excitación que abrí una botella de vino una vez que tuvimos el mineral estacionado en la penumbra del taller. Necesitábamos también azogue. Conseguimos unos sulfuros y nosotros mismos de allí obtuvimos el mercurio, era el camino más rápido. Lo refinamos con gran cuidado, el proceso era lento y tedioso, y necesitamos varias horas de fuego ardiente. Al final obtuvimos buena cantidad, era cosa mágica el verlo tan brillante y fluyendo como el agua, por algo lo llaman plata líquida.

Este nuevo método en frío era cosa para mí muy novedosa, acostumbrado como yo estaba a la acción del fuego para todos los procedimientos. Primero hubimos de moler el mineral muy fino. Para ello usamos un molino con dientes de metal que se quejó grandemente y el ruido fue tan terrible que atrajo a la gente. Fue una tarea muy ardua reducirlo hasta que el maese estuvo conforme, y nos llenamos de un polvo fino que ensució hasta las paredes. En las noches imaginaba yo las maneras de implementar este procedimiento a gran escala, para mí era ya un hecho el que esto sería necesario, esta empresa ya había echado raíces en mi corazón y de allí es muy difícil sacar las cosas, es asunto sabido.

Nos demoramos como ya he referido un par de jornadas en triturar aquellas rocas hasta que pasaron por los tamices de metal, luego depositamos toda aquella arenilla en una batea de madera que teníamos allí para tal propósito específico, era de buen tamaño y estaba bien construida de manera tal que nada escapaba de ella. Allí le agregamos una salmuera bien cargada y el azogue, e incorporamos muy bien, eso estaba indicado en los textos como cosa fundamental. Usamos para ello unas varas gruesas de madera y gran esfuerzo y sudor, pues era pesada la mezcla. En esta parte tocaba armarse de paciencia porque el proceso duraba varias semanas. Visitábamos el taller nada más que para revolver y revolver este lodo grueso, y para tomar muestras. La pasta era al inicio brillante, debido al azogue, que destellaba en la vista, mas con los días se iba oscureciendo porque los minerales de la plata se descomponían por la acción de la sal. Esta pérdida del brillo era una buena señal, pero el proceso tardaba lo que a mí me parecía una eternidad. Dicha mezcla era conocida como amalgama. Toda mixtura entre metales usando el calor para unirlos como dos líquidos se llama aleación, y la mezcla del azogue con otros metales así en frío se llama amalgama, esto me lo explicó el maese, porque yo no tenía idea acerca del azogue. Yo anoté todo minuciosamente en mi cuaderno, una bitácora que para mi era tan valiosa como los libros de activos y operaciones de mis empresas.

Es cosa digna de ver como el mercurio se comporta, aquellas lágrimas de plata se hunden en la tierra con unos movimientos que parecen tener vida propia, a mí se me antojan como gusanos de luz. Como he referido ya, el azogue era para mi hasta este punto totalmente desconocido, y me dediqué a verlo reaccionar y lo mezclé con la plata misma, con el plomo, con el estaño y con el zinc. Es cosa sorprendente de ver como se engulle a los demás metales sin necesidad de calor, y por lo mismo me parece que su naturaleza es ardiente, así lo anoté en mis cuadernos, y el maese me regaló una sonrisa cuando se lo comenté.

Volviendo al tema principal, después de unas semanas de trabajar este lodo de plata, cuando el maese estuvo satisfecho con el aspecto, con la forma en que se veía esta mezcla sucia, entonces lavamos este mineral empobrecido utilizando gran cantidad de agua corriente. Así nos libramos de la piedra y de las sales, y quedamos con una pelota oscura con aspecto del plomo recién salido de la tierra. Entonces quemamos este sobrante, y allí se obró el misterio pues el mercurio se evaporó en forma de un gas molesto y muy irritante, y quedó allí en el cazo una bola de plata pura que el maese volcó en un recipiente con agua y soltó un siseo como de carne asada. Él se alegró como un infante al tomar la pelota con sus manos, primero la tanteó hasta que se hubo enfriado, y la sostuvo en su palma y me la mostró con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces me dijo éste, camarada, es el futuro, y yo lo quedé viendo y doy fe de que no podía mantener mi boca cerrada. Como pesaba aquella bola! Menos que el plomo pero más que otros metales comunes, dada su densidad. Yo lo tenía todo anotado, y estaba muy excitado. Aquella noche me fui como bailando a casa y apenas probé bocado, y no pude cerrar los ojos.

Repetimos el experimento varias veces y fuimos mejorando cada vez en cada uno de los pasos. Decidimos en adelante transportarnos al patio de la escuela porque la molienda de la piedra y el lavado de la mezcla y los gases del mercurio eran cosa insoportable en espacio cerrado. Algunos curiosos se presentaban a mirar, pero no preguntaban nada. Tal es la filosofía de nuestra escuela, una cofradía donde la discreción es la virtud número uno. Además nuestro procedimiento no era ni más ni menos extravagante que cualquiera de los llevados a cabo allí, y nosotros simplemente les dijimos que estábamos probando un procedimiento «de patio», y ellos sonrieron y al cabo se retiraron y se acostumbraron al gran estruendo y la tremenda suciedad que teníamos nosotros semana tras semana allí afuera.

Mientras más avanzábamos con nuestra investigación empírica más impacientes nos poníamos, y llegó el momento en que ya estaban zarpando las naves hacia el nuevo mundo, la temporada en que se abría la ventana durante la cual los vientos aseguraban una travesía segura hacia Nueva España, que tal era el territorio para nosotros interesante, allí habríamos de establecernos. En mi casa las cosas estaban sombrías, pues mi fiel mujer y los niños ya podían sentir el vacío, y yo apenas sí tenía una sonrisa para ellos porque grande también era mi pesar. Me la pasaba junto al fuego trabajando en mis notas y les dedicaba palabras escuetas, estaba dividido yo entre dos. Por una parte el fuego que quemaba en mi pecho, aquella llama inflamada de sueños, aquella hinchazón en mi alma que plañía por hacerse a la mar, aquella vigilia que me acompañaba a toda hora trayéndome imágenes de tierras nuevas, pintadas con los mismos colores de las historias que oyese yo una y mil veces en los muelles, aquel sentimiento ardiente robándome el aliento. Mis ojos brillaban con la luz del azogue, así lo vi un día al reflejarme en una batea con agua, y he sentido un frío en la espalda y un pensamiento ingrato. Por otro lado me inundaba un sentimiento infinito de misericordia por mis seres queridos que esperarían por mí perdiendo quizás la noción del tiempo, pasando los meses y las lunas con el pesar de quien permanece, preguntándose cómo se verían aquellas tierras, qué tintes tendrían aquellos mares salvajes que se tragarían mi presencia, y me inundaba una amargura.

El tiempo corría muy deprisa y los vientos comenzarían a cambiar. Mi trabajo junto al maese en la escuela de alquimistas ya había alcanzado la madurez y mi empresa familiar estaba en la cúspide de la actividad, tal como toda la ciudad, que hervía de movimiento en torno a los embarcaderos y las bodegas. Era un mundo de hormigas aquel tan colorido junto a pasarelas y talleres, una historia dentro de la historia donde la riqueza premiaba a quien perseverase, a aquellos que usaban bien la cabeza y entendían de números. Estaba el pastel listo para cortar, así me dijo un día el maese, quien llegó sonriente mostrando un documento oficial, un pase sellado y timbrado para una audiencia en la corte. Había llegado el día de pedir el permiso para pasarse a las indias.

Poco duró la alegría pues al maese le negaron el privilegio por no ser católico, por demostrar ideas muy liberales, por discutir airadamente cosas que yo temí estaban demás, por ser siervo de otro reino y porque su presencia era aún requerida en estas tierras, porque su conocimiento tenía un precio más alto del que él podía pagar para liberarse, porque la Providencia así lo quiso. Eso fue lo que pensé yo al poner mi mano sobre su hombro, y no le dije nada pues las palabras no salieron de mis labios. Lo que vino a continuación fue una tormenta de actividad. Tuve que delegar todos mis asuntos, todos mis negocios, mis activos, mis préstamos y mis proyectos, de eso se hizo cargo mi fiel y muy querida mujer, en mejores manos no podía quedar la empresa. Un torbellino de documentos, cartas, declaraciones, visitas, compras, ajustes y cierres, así fue mi ocupación en los siguientes diez días, y lo tuve todo listo y me sobró apenas una jornada para estar con los míos. En la mañana del día señalado me presenté yo antes de salir el sol con mi mejor traje y un baúl. A mi mujer le prohibí el acompañarme, tristeza suficiente tuvimos en casa. Pese a todo estaba yo radiante, y pese a todo apareció el maese a despedirme. Fue un gesto gallardo, una muestra de gran temple y nobleza. Creí ver sus ojos humedecidos al alejarse y empequeñecerse su figura junto al muelle y la ciudad, tal vez fueron mis propias lágrimas, tal vez fueron las olas.