Animal (extracto)
Doce
En una esquina miserable y con olor a quemado, junto a unas casas que se veían desprolijas y desordenadas como si se hubiesen caído al pasar, como si alguien les hubiese hecho el favor de repartirlas rápido y de mala gana, se paseaba una rata que andaba desesperada en busca de comida. El roedor estaba en los huesos y en su afán no reparó en un gato negro que lo estaba mirando. El felino observó a su presa con paciencia hasta que le saltó encima, la atrapó de un manotazo y se la llevó a un rincón donde se entretuvo torturándola. En tercer plano se veía un manto de humo que estaba cubriendo buena parte de los techos de las casas y galpones en un área del sector industrial de Kapotnya. El incendio se había originado en un domicilio particular cerca de las bodegas de acopio de fertilizantes propiedad del clan Melnichenko, o eso fue la conclusión inicial que asumió la policía después de las primeras 36 horas de trabajo conjunto con los bomberos para intentar esclarecer los hechos.
Ambas instituciones habían estado bastante ocupadas con los incendios pues desde las últimas tres semanas había aumentado el número de llamados de auxilio y las jefaturas estaban armando una investigación en busca de un patrón en toda esta sucesión de siniestros. En el caso de los galpones antes mencionados se constató la presencia de seguros comprometidos, pero ya se ha mencionado que ese camino no conducía a ninguna parte en Moscú, así que todos se quedaron callados y se pasó al siguiente tema rápidamente.
Hasta el momento y con respecto al origen del siniestro se manejaban dos líneas principales de investigación, que eran compartidas de forma parcial por la policía y los bomberos, a saber: 1) El fuego se habría originado en un domicilio en el sector sur del distrito de Kapotnya y una vez fuera de control se propagó entre las casas del área circundante hasta que alcanzaron las susodichas bodegas. La proximidad entre las viviendas y los materiales ligeros con que éstas estaban construidas habrían facilitado la tarea de las llamas, aunque aún estaba abierta la interrogante con respecto de la dirección que tomó el fuego, dado que las investigaciones preliminares habían arrojado que en el momento de los hechos el viento soplaba en dirección contraria considerando la trayectoria entre el supuesto origen del siniestro y el complejo industrial. En algún momento la brisa incluso se detuvo, según constaba en el acta. 2) El fuego se habría originado en los depósitos de fertilizantes.
Lo más selecto de entre los agentes de bomberos y la policía de los distritos de Maryino, Brateyevo y Lyublino —bajo la coordinación del comisionado especial Piotr Ilich Ambrosov, quien había sido asignado para la tarea directamente por el ministro— estaban trabajando para dar pie a esta causa y armar un caso basado en evidencias concluyentes, pero por el momento era poco lo que tenían pues la fábrica resultó consumida completamente por las llamas, lo que dejó escaso material para investigar.
Los vecinos reportaron dos explosiones. La primera habría sucedido cerca de las tres de la tarde y la segunda entre veinte y veinticinco minutos después. Las indagaciones habían permitido inferir que las llamas se originaron un poco antes de las tres, así que cabía la posibilidad de que los fertilizantes hubiesen sido encendidos por un autor a quien aún había que encontrar, o que hubiesen sido alcanzados por el fuego proveniente de otro sector de la instalación, o desde las casas vecinas, provocando en cualquiera de los casos las explosiones que constaban en los testimonios.
Para cuando llegaron a la escena los primeros carros de bomberos ya eran cerca de las cinco. Este calamitoso hecho fue causado por una serie de desafortunados incidentes que tejieron una red de enredos y dificultades, retrasando así la entrada en acción de la vital ayuda para controlar el fuego. Las llamas a esas alturas ya eran dueñas de la escena y ofrecieron una tenaz resistencia a los bomberos, que tuvieron que combatirlas durante horas y sufrieron numerosas bajas entre los efectivos debido a intoxicaciones por inhalación de monóxido y lesiones.
Era pasado el mediodía cuando en la estación de bomberos N.11 del sector de Dzerzhinsky, luego de una revisión rutinaria, se constató una avería menor en uno de los carros, cuya correa del motor de arranque se había cortado. La pieza necesitaba ser reemplazada a la brevedad para devolver la máquina a su estado operativo. Este hecho no suponía un contratiempo grave, ya que relativamente cerca del cuartel hay un sector de establecimientos comerciales donde venden piezas y repuestos mecánicos. Mandaron a un aprendiz y le entregaron la parte defectuosa como muestra para asegurarse de que llegase de vuelta con el accesorio indicado. El joven aspirante a bombero partió en busca de la correa y estuvo esperando a que llegara el tranvía, pero éste venía con retraso. Veía como pasaban algunos en la dirección contraria o bien llegaban otros cuyos recorridos no le servían. Después de casi veinte minutos, y ya cansado de esperar, se decidió a partir caminando. A buen paso se demoró un poco menos de media hora hasta que encontró el primero de los negocios de repuestos, que estaba cerrado por vacaciones. Los siguientes dos estaban cerrados por hora de almuerzo, en el cuarto tenían solamente piezas para motocicletas, y en el siguiente no tenían el repuesto, pues se había agotado. El aprendiz Gromov no se dejó desalentar y después de pedir indicaciones caminó unos cinco minutos hasta que dio con la que parecía ser la última venta de repuestos del sector, donde finalmente encontró la correa y pasó a la caja a pagar. En la fila antes que él había algunas personas más, y justo delante suyo tenía una pareja formada por un gorila y una atractiva muchacha. Gromov no pudo evitar darle un vistazo a la chica, pero el gorila detectó la mirada de inmediato y se acercó con actitud agresiva. Se formó un pleito que terminó con el novel bombero en una esquina del local, contra la pared, con el rufián agarrándole el cogote y prometiéndole golpes por haber mirado así a su mujer. El conflicto fue disuelto por el propietario del establecimiento, quien llamó a la policía. Los uniformados aparecieron rápidamente para detener al agresor y de pasada cerrar el local al comprobar que tenía vencida su patente comercial, así que pusieron a toda la gente en la calle y le pasaron una multa al dueño, quien miraba con cara de odio a Gromov. La chica causante del pleito se escabulló dejando a su novio en la estacada y el repuesto no pudo llegar a tiempo para reparar el motor del camión.
Otros dos vehículos de la misma compañía estaban fuera atendiendo un accidente de tránsito, un tercero estaba en el taller por un desperfecto en el sistema hidráulico, y el único carro que restaba en servicio no pudo acudir inmediatamente al llamado porque se habían perdido las llaves, las que aparecieron más tarde en el domicilio de uno de los efectivos, que fue dado de baja de inmediato.
La compañía N.25 del distrito de Brateyevo, que era la más próxima al incendio, no pudo ser notificada a tiempo debido a un percance originado por un incidente en la mañana del día de los hechos. El azar involucró a dos vehículos en un choque cerca de las instalaciones del cuartel. Uno de los autos salió expulsado por el aire tras la colisión y con el impacto del aterrizaje dañó una matriz de agua. En el intento por contener el líquido rápidamente la cuadrilla de reparación estropeó parte de las líneas telefónicas del sector, hecho que no trascendió sino hasta avanzada la tarde. El servicio de telefonía móvil estuvo caído por algún motivo y los bomberos fueron avisados finalmente a través de una llamada a una panadería a tres cuadras del lugar, pero se pusieron en marcha casi dos horas después de originado el siniestro.
Los efectivos de la compañía N.89 del sector de Lyublino, en la periferia del área de las llamas, respondieron al llamado un poco antes de las tres y veinte, y se pusieron en marcha de inmediato con tres camiones. Cuando intentaron cruzar las vías del tren, en las inmediaciones del sector industrial, se encontraron con que un convoy de carga estaba detenido bloqueando el paso, pues la máquina había arrollado a una pareja que caminaba por los rieles. A esa hora ya se había montado un operativo con presencia de la policía y un par de ambulancias. Tras un breve debate con el capitán Potkin, encargado del operativo policial, se concluyó que procedía intentar que el tren fuese movido para facilitar el tránsito de los vehículos de emergencia, pero al poner la locomotora marcha atrás uno de los vagones se descarriló, debido a que la frenada para evitar el impacto con los peatones fue tan brusca que las ruedas traseras del carro habían quedado en una posición precaria sobre la vía al ser presionadas por la enorme masa del tren. Finalmente se decidió tomar un desvío y después de dar una larga vuelta para sortear las líneas llegaron al incendio pasadas las cuatro y media.
La compañía de bomberos N.106, situada en las inmediaciones del sector de Chertanovo, a unos veinticinco minutos del incendio, tenía a su destacamento completo fuera del cuartel debido al telefonazo de un loco que había amenazado a la policía con detonar una bomba en un concurrido barrio donde había bancos y joyerías. El sector estaba fuera del área de circunscripción de la 106, pero no había efectivos disponibles en las cercanías del suceso así que debieron acudir al llamado. El asunto había sido gatillado por los celos, y tras un operativo de casi tres horas se capturó al infractor, quien se adjudicó por su jugarreta una colosal multa y una temporada a la sombra.
Durante el transcurso de los hechos se notificó a otras compañías distantes que tardaron en ser alertadas debido a una pobre coordinación, incidente que le costó el puesto a varios altos funcionarios y desató otro incendio a nivel de prensa.
Debido a estos peculiares acontecimientos y a la seguidilla de siniestros que estaban afectando a la capital desde hacía un tiempo, el asunto cautivó la atención de la opinión pública. O más bien ciertos poderes decidieron incluir el tema en la agenda de los medios de comunicación, de modo que el caso empezó a ejercer presión sobre burócratas que vieron en peligro sus cabezas, y empezaron a traspasar la urgencia hacia abajo en la cadena de mando, resultando este embudo de poder en un infierno para el comisionado Ambrosov, quien tenía órdenes de entregar resultados rápidos.
Pero las cosas no estaban avanzando en cuanto a la investigación. Ambrosov intentaba desesperadamente buscar algún factor en común entre los incendios que estaban acosando a la ciudad desde hacía casi un mes. Los sectores de los siniestros estaban marcados en un gran mapa colgado en la pared de su despacho. De buenas a primeras no era posible establecer ninguna relación entre los hechos basándose en su ubicación, pues los puntos en la carta se encontraban esparcidos por toda la ciudad y no había ningún patrón aparente. Pero Ambrosov era un perro bien entrenado y sabía que en esta profesión el olfato era un arma, y su olfato le decía que algo debía estar escondiéndose justo delante de sus narices. De todos modos esto no era suficiente para calmar a sus superiores, los que ya estaban comenzando a mostrar sed de sangre, sed de cabezas que rodasen como si una revolución bolchevique burocrática se dejase caer sobre los techos de Moscú.
Ambrosov estaba leyendo por tercera vez un reporte acerca de un hombre vestido de negro que había quedado registrado en una de las cámaras de seguridad de las bodegas de fertilizantes. La grabación había sido efectuada en uno de los depósitos de nitrato. Más bien la foto, pues el circuito cerrado de vigilancia sufrió un desperfecto y capturó apenas un par de fotogramas, el mejor de los cuales mostraba con claridad un hombre caminando por las instalaciones, pero no se le veía la cara porque estaba mirando en sentido contrario. En el informe constaban tres reportes de testigos que habían denunciado la presencia de un hombre con ropas oscuras en las inmediaciones de las bodegas a la hora de los hechos. Esta era la única pista que tenía hasta el momento, pues los peritajes en las escenas de los hechos poco y nada habían podido concluir. Por alguna razón las llamas siempre consumían con fiereza todo a su paso, y esta no había sido la excepción. El fuego parecía tener la predilección de destruirlo todo por completo. Las casas, galpones, fábricas y edificios resultaban consumidos hasta los cimientos, aunque algunos inmuebles quedaban milagrosamente intactos en medio de la desolación. La cosa es que se quemaba todo o nada. No había términos medios.
Este hecho le vino a la mente a Ambrosov en la ducha. Era en aquel lugar donde tenía sus más grandes y mejores ideas, las que le habían ayudado a salir adelante en su carrera, que empezó en la policía militar, seguido por una exitosa pero corta pasada por el ministerio de defensa civil, del cual tuvo que salir entre gallos y medianoche debido a un escándalo producido por su relación amorosa con una colega. Ah! esa traviesa Yulia! Ambrosov la extrañaba. Tras los hechos ella decidió romper el contacto y nunca más la volvió a ver. Su impecable reputación y su creciente influencia en el ministerio lo ayudaron a que las personas adecuadas mirasen para el lado, evitando así una inscripción ominosa en sus antecedentes. Logró aterrizar de pie en un cargo en el ministerio del interior, desde donde se le había asignado la tarea de liderar las pesquisas en este caso que estaba aumentando de peso y creando molestias en las jefaturas.
De modo que el fuego tenía una política de todo o nada. Interesante, pero no concluyente. Ambrosov golpeaba ligeramente el escritorio con los dedos, como un niño tamborileando sobre su pupitre, y pensaba en aquel rumor que corría entre trabajadores y miembros de sindicatos, según el cual el causante de estos incendios era un idealista que buscaba castigar a los oligarcas. Pero no se podían basar investigaciones en rumores, se decía, mientras tenía la mirada perdida en el mapa y jugaba con un bolígrafo que sujetaba con dos dedos.
El hecho de un vigilante, de un vengador, era una teoría fantasiosa. Ambrosov podía entender la génesis de este personaje arraigado en el inconsciente colectivo popular, si cabe. Una figura que indudablemente gozaría de la simpatía de la gente sencilla, el sueño de héroes anónimos alzándose para reivindicar la causa de los oprimidos y todas esas tonteras. Ambrosov entendía que tal teoría carecía de sustento considerando el hecho de que gran parte de los incendios había afectado también a viviendas de gente común, que lo había perdido todo.
El comisionado se debatía buscando una salida para avanzar con el caso en lo que sonó el teléfono y le pasaron la llamada del ministro, que le dijo sin rodeos, en un tono seco y cortante, que no había sido notificado de ninguno de sus avances en el caso. Principalmente porque no ha tenido usted ningún progreso, Ambrosov —dijo el ministro, prolongando un silencio tenso después de nombrar el apellido—. Le sugiero que se aplique, señor —continuó—, a menos que quiera terminar su carrera como jefe de estación en algún tramo ferroviario cerca del Japón. Este estúpido caso se está transformando en una molestia, sabe? La cosa ha ido creciendo y la presión se está volviendo insostenible. Necesito resultados, y los necesito ya —sentenció el ministro—. Y no me venga con babosadas. Usted y yo sabemos bien que esto de los incendios me importa un pepino. Si de mí dependiese bien podría quemarse toda la maldita ciudad y no movería un dedo para encontrar a un culpable —continuó el jefazo—. Pero si no me entrega resultados a la brevedad me encargaré personalmente de que su vida se transforme en un infierno. Me entendió, Ambrosov?
—Si, señor.