Hoy en la mañana se ha levantado un viento. Un viento frío de otoño, amigo de las horas grises y la lluvia fina, un racimo de remolinos que se lleva todo consigo. Vuelan papeles, vuelan los juguetes, vuelan las horas, los pensamientos y las hojas. Este viento hace algo con la ciudad que ningún otro viento es capaz de hacer. Berlin es una ciudad llena de parques y de árboles, que en esta época se tiñen de oro y de fuego. Estos colores encendidos se aprecian levantando la vista, pero los árboles están débiles y cansados después de tanto verano y verdor. Lo que ha hecho el viento es desvestir las ramas de su carga muerta, y ahora el dorado y el carmín están en el suelo. Ya no es necesario alzar la mirada para sentirse en llamas, porque ahora los pasos resbalan sobre las hojas muertas, y son las calles y las veredas las que se tiñen de naranja. Sentirse dentro de una pintura, soñar con un lienzo que cae al suelo, encontrar de la noche a la mañana una ciudad con un tono distinto, con un fulgor que ahora devuelve la luz rebotando desde lo alto. Este viento es un pintor, y uno muy diligente, porque en cuestión de un par de horas ha cambiado a la urbe de un brochazo. Que lindas se ven las calles, que elegantes los caminos y avenidas vestidas de luz, que fácil la tarea para quienes caminamos con la mirada baja, con preocupaciones que no son tales, porque aquella es la enseñanza: Vivimos dentro de una obra de arte, aquellos que tenemos la fortuna de una vida en paz y prosperidad, aquellos que con la llegada del sol recibimos la promesa de un día mejor mientras en otras partes el mundo se derrumba a pedazos. Esas son las cosas que enseña el viento, así es como la naturaleza se hace cargo de sí misma. Y nosotros entremedio, nosotros los testigos de este baile, los humanos como hormigas, una mirada franca, una música ligera. Así dan ganas de celebrar, esas son las cosas pequeñas que alegran y merecen una taza de té en las tardes cuando todo ya está en calma, cuando las hojas apagan los pasos, cuando el amarillo avisa que el blanco no está lejos. Yo cambiaría un invierno por dos otoños sin pensarlo el día que sea.