Persea (extracto)

Escape

El pueblo se llama Sausalito y está al pie de una loma reseca donde crecen los eucaliptos, los robles y los espinos. Hay algo de humo, las estufas trabajan a esta hora y el poblado se cubre de bruma. Sausalito es puro olor a leña y canto de grillos. Seis kilómetros más atrás viene Julián al volante, conduciendo con seguridad sobre el ripio porque el camino lo conoce de memoria. El sol se ha retirado hace poco y aún se pueden ver los bordes dorados de los cerros y los postes corriendo como caballos. En la radio suena un bolero y Julián acciona la perilla buscando otra estación, pero no encuentra nada y vuelve a la música. Un segundo de descuido y una rueda se sale del camino. El neumático se mete en la zanja y al maniobrar para sacar el auto éste se cruza con violencia hacia el otro lado. La calzada en esta parte es ancha y hay espacio para librar. Con gran dolor en la pierna presiona Julián el embrague para bajar una marcha y luego corrige con precisión el volante y logra controlar su Oldsmobile 65. Disminuye la velocidad y trescientos metros después se detiene usando el freno de mano. Se arrastra unos metros y queda sobre la berma junto a unos álamos. Apaga el motor y espera un minuto antes de abrir la puerta. La nube de polvo es densa y los faros delanteros se proyectan lejos. Abre la ventana. El silencio es interrumpido por las ranas y por las latas del motor enfriándose. La luna está a punto de asomar. Julián se baja con dolor y camina con dificultad porque lleva dos tiros en el muslo. Las balas se alojaron limpiamente, por fortuna la munición no era expansiva. Tal vez pueda librarla, eso piensa mientras orina mirando la luna nueva, preguntándose si es que valdrá la pena pedirle un deseo, y le pide que Benavides no ande de juerga esta noche, que esté en condiciones de extraer las balas a estas horas de un sábado. Reanuda la marcha. Más adelante el camino se estrecha y culebrea entre casas y galpones en su camino hacia la entrada del pueblo. Un letrero de latón verde oxidado da la bienvenida, indica el nombre de la localidad y el número de habitantes, ocho mil quinientos. La Avenida del Libertador flanqueada por enormes plátanos orientales, el retén de los carabineros con su jardín florido, la estación de servicio con sus faroles y su techumbre de lata, unos postes de luz anaranjada y un perro flaco lo reciben a las puertas de Sausalito. Seis cuadras hasta pasar por la panadería Aurora y allí a la derecha por la calle Aldunate hasta el fondo, hasta la esquina antes de la iglesia, ese es el camino hacia lo de Benavides. Estaciona detrás de un camión y cojea hasta la casa con el número 125. Toca la campanilla tres veces hasta que se enciende una luz. Cinco minutos más tarde aparece Lucía Benavides en camisa de dormir y lo queda mirando un segundo, luego le ve la pierna y se le sale un Dios mío. Le da un abrazo y lo empuja para adentro, lo sienta frente a la estufa apagada y se va a la cocina a buscar agua. La luz en la sala viene de una ampolleta desnuda en el techo y da un tono blanco desagradable que acentúa el verde pálido de las paredes y el rojo de la sangre. Lucía vuelve con el agua, le quita los zapatos, lo acomoda sobre el sillón y le da de beber, pues viene sediento. Y le dice:

—Julián Solana! Cristo mío, qué ha pasado?

—Me metieron dos balazos, eso fue —Julián se mira la pierna mala y no se atreve a tocarla.

—Pero quién te disparó? Qué es lo que hiciste?

—De eso hablaremos más tarde. Ahora necesito a tu hermano, pero ya! —Julián está sudando, se mueve un poco y chilla del dolor.

—Úuuu, Roberto no se ha visto desde antes de ayer! Ha estado inubicable —Lucía se toma la cabeza con las manos—. No sé cómo lo vamos a encontrar.

—Podrías empezar por llamarlo, mujer!

—A dónde lo voy a llamar! Lo que hay que hacer es llevarte al hospital. Aquí tengo el número de un taxi —Lucía toma una libreta de la mesita del teléfono.

—Deja eso. Al hospital no voy a ir.

—Cállate, Julián! Si Roberto no aparece te vas al hospital. Oíste? No importa lo que pase después —le apunta la herida con el dedo—. Necesitas que te vean esa pierna ahora mismo, me entiendes? Mira toda esa sangre, por Dios! —se toma el pecho con las manos.

—Tráeme una toalla limpia —pide Julián—, y más agua. Y algo para tomar. Un whisky, un ron, lo que sea.

El incidente sucede una hora antes en el pueblo de San Fermín, a catorce kilómetros al este por la ruta 43, donde Julián tiene su cantina, donde él mismo atiende las mesas y cobra las bebidas. Faltan aún dos horas para cerrar pero a estas alturas de la tarde no anda público porque hay un partido de fútbol importante que la gente está oyendo en sus casas. Es la final adelantada de la temporada y se enfrentan Juvenil San Fermín y Mecánicos de Bulnes en disputa por un cupo directo para meterse en la segunda división de la liga nacional de balompié. La contienda es pareja, pues ambos planteles han tenido buenas campañas y cuentan con jugadores muy motivados. Se juegan la vida en una cancha de pasto reseco. El encuentro es el evento deportivo de la temporada en la Región de Los Llanos y todos los personajes importantes y todas las autoridades venidas desde cada provincia se han congregado junto a ricos y pobres y centenas de fanáticos en el estadio de Liquiñe, que está lleno de bote en bote. Hay buses y vehículos estacionados a varias cuadras a la redonda del recinto deportivo y los vendedores ambulantes se hacen la América ofreciendo comidas, bebidas y baratijas. A tres horas de allí, en Sausalito, están todos en sus hogares con el oído pegado en la radio y por eso las calles están vacías, porque nadie se va a perder un partidazo así. Julián se pone a limpiar y ordenar para aprovechar el tiempo muerto. Está lavando los vasos cuando oye la campanilla de la puerta. Un cliente loco. Se arregla Julián el pelo con las manos, se acomoda el delantal y se da la vuelta por detrás del mesón para atender al recién llegado. A la recién llegada, porque se encuentra en medio de la sala con Juana Montoya parada allí. Su amante, su compañera, ya no hay nombres para un asunto que se diluye entre el tiempo y la distancia. Hace dos años que no la ve, desde que la dejó partir en un tren que él abandonó a último minuto por cobardía. Ella tiene los labios pintados de rojo furioso, lleva un vestido apretado y una pistola en la mano. Apunta rápidamente y dos tiros pasan volando cerca del hombro de Julián, que los ve venir y se alcanza a quitar.

—Eres un desgraciado, un gusano, Julián Solana! —a ella le tiritan los labios de coraje.

—Juana…

—No me digas nada, no quiero oírte —ella llora, y por eso falla el siguiente disparo.

Julián se desplaza hasta la seguridad del mostrador, se pasa para el otro lado, cierra la portezuela con pestillo y se agacha junto a una silla. Entonces ella le suelta dos tiros rápidos al refrigerador, de puro coraje. Los golpes de los plomazos en el metal se oyen en la cola de las detonaciones. En ese momento suena otra vez la campanilla de la puerta y entran dos trabajadores con la intención de tomarse un vino rápido antes de guardarse en casa para el segundo tiempo del partido, pero Juana reacciona con propiedad y larga dos balazos al techo sin decir nada. Y no es necesario decir nada, porque los tipos se retiran por donde han venido y quedan nuevamente los dos solos. Un minuto después se abre la puerta nuevamente y entra Luciano, el tío de Juana, que llega según lo acordado después de oír los primeros tiros. Trae un garrote y sin mediar explicaciones empieza a azotar todo lo que encuentra en la cantina, sean sillas, mesas, cuadros, floreros, vasos, botellas, macetas, estantes, adornos, lo que pille. La destrucción es tremenda, el ruido es espantoso. Julián se asombra primero y luego se enfurece y sale a hacerle frente a Montoya para salvar lo que queda del local, allí es cuando Juana le encaja los dos balazos en la pierna.

—Nos volveremos a ver, rata! Esto es nada más para que no te olvides de mí —Juana agita la pistola humeante en el aire y apunta a Julián con la otra mano—. Debería matarte para evitar que otra tenga que pasar por lo mismo que yo —camina hacia él para golpearlo pero no alcanza a resolver porque Luciano la llama con un silbido a retirarse.

Lo que era la cantina de Julián ahora parece una bodega de la locura. Se van los agresores sin recoger nada, siendo que la llave de la caja registradora está ahí mismo sobre el mesón. Eso sí Juana antes de salir le dispara al reloj de pared, lo último que queda bueno. Le da dos balazos y lo hace estallar con el segundo. Luciano la espera ya sentado detrás del volante y se da vuelta a mirar a aquel perro de mierda que da vueltas por la calle. Los daños ascienden a seis mil seiscientos pesos y éste es el primer incidente en que se involucran los Montoya aquella noche.

A continuación se suben a su Volkswagen escarabajo oscuro y salen andando como si nada, pues nadie los ve partir. Se paran en la estación de servicio porque el viaje de vuelta al pueblo de Talleres —que es donde viven los parientes en la casa de Juana— toma veinte minutos, y van cortos de bencina. Se estacionan junto al surtidor. Juana apaga la radio y baja la ventanilla. Se queda esperando pero no llega nadie a atender, entonces desciende del auto y camina alrededor de él. Se le acaba la paciencia y ella misma carga el combustible, en total son treinta litros, justo un billete de los rojos. Finalmente se aparece un empleado vistiendo uniforme gris de una pieza. Llega de mala gana porque le han interrumpido el partido en medio de una jugada extraordinaria. Los de San Fermín atacan y atacan pero no logran anotar. Desde el segundo tiempo dominan claramente las acciones en la cancha pero la mala suerte no los quiere abandonar. En un momento se produce un despeje y Herrera la para de pecho a un par de metros sobre el punto penal. La domina como un mago, la baja y le pega con la zurda una patada de mula. La pelota sale de un cañonazo y dibuja una curva en dirección hacia la esquina superior derecha del arco de los Mecánicos, rebota en el horizontal y se escucha el golpe por los parlantes de la radio y el rugido del público. El balón se va a las nubes, el arquero de los de Bulnes se queda parado y se han salvado los Mecánicos. Se produce un intercambio verbal y dos jugadores se van a las manos. El árbitro cobra infracción a favor de San Fermín y concede tiro libre. La posición es peligrosa y el capitán elige a Balboa para definir —excelente decisión, porque el tiro le queda bien para la derecha, y Balboa es un pateador que le pega fuerte y con efecto—. La moral de los hinchas del Juvenil está por todo lo alto y se oyen los cantos por la radio y los gritos del arquero de los Mecánicos organizando la defensa. En eso escucha el empleado los bocinazos de Luciano y se levanta de un golpe y un garabato. Va aún caminando hacia el Volkswagen cuando se siente una ovación saliendo de casas y ventanas. Se oyen gritos y silbidos, y el empleado suelta un juramento porque se ha perdido el golazo de Balboa, el esperado tanto para los locales que juegan de visita en Liquiñe, porque en San Fermín no hay estadio decente para recibir a nadie. Se enoja el recién llegado con Juana y le dice que los clientes no deben tocar las máquinas, dice que deben esperar que vengan a atenderlos, y ella le contesta y lo riñe por dejarla esperando, y se trenzan en discusión. En un momento el bombero hace un comentario grosero acerca de las mujeres. Juana conserva la calma, aprieta los labios y camina hasta la puerta del pasajero, que está abierta. Luciano la ve asomarse y se ríe para sus adentros porque sabe que su sobrina está enfurecida, y no suelta el volante, nada más la mira. Ella alcanza su cartera, toma su pistola y camina como un celaje hacia el empleado. Lo agarra con una mano del pescuezo y le pone el arma en la cabeza. Juana es una mujer baja pero robusta, y lo que le falta en fuerza le sobra en carácter. La gorra del empleado cae al suelo y Juana se lo lleva a él por delante, con el cañón apoyado en el cráneo, y lo acorrala hasta ponerlo de espaldas contra la bomba de bencina.

—Te crees muy macho, ah? Mira como tiritas por una pistola, pelele! —ella le restriega el metal del cañón contra la piel de la frente— Te voy a meter un tiro por el culo y otro por la boca para que aprendas a no hablar mierda.

—Señora… Señorita.

—Nada de señorita ni nada, ordinario. Esto es lo que te mereces por grosero.

Juana le da un culatazo al tipo en la sien y lo manda de espaldas al suelo del otro lado de los dispensadores. El hombre queda inmóvil y Luciano ya tiene el motor en marcha. Se van sin pagar el combustible y salen a las carreras por la calle Valdovinos. Nadie los ve porque el pueblo está vacío. Ni en la botillería ni frente al emporio, tampoco junto al correo anda nadie y por lo tanto no hay testigos. El empleado —de nombre Iván Ojeda— se golpea en la caída la cabeza contra la cuneta de cemento y muere tres días más tarde en el hospital regional, donde lo llevan en ambulancia aquella misma noche después de rechazarlo en la urgencia local. Su funeral se realiza una semana después por culpa de unos papeles que atrasó la policía. Éste es el segundo incidente en que se involucran los Montoya aquella noche.