Vivimos en una jaula, hay que salir de la jaula. Lo importante es hablar en plural, entregarse a la multiplicidad, entender en profundidad lo que hay más allá del espejo. Desde el ego nada más se pueden dar instrucciones, y aquel es metal de jaulas. Esa es la calaña de la que están fabricados los barrotes que son tan apreciados por la gente moderna. Pero tú no eres gente. Yo no soy gente, no somos ni siquiera almas. Somos espíritus. No poseemos nada en esta tierra, todo es prestado. Eso lo puede afirmar un ser de carne y hueso, un ser de piedra y uno de aire. Levanta la vista, mira ese cielo estrellado. Cuánta vida hay allí. Todo lo que nos rodea está vivo. Hasta el más inerte de los gases tiene vida. Eso es algo que se aprende tras la muerte, o paseando en las cercanías del jardín de la muerte, aspirando el perfume de los huertos de la muerte, poniendo atención al silencio de la muerte, sintiendo en las venas el aliento de la muerte. La jaula no es la muerte. Ni siquiera la jaula nos pertenece, y aquí entra al baile nuevamente la muerte. Acercarse a ella de manera digna es entender que desde el yo nos desplazamos hasta el colectivo grande y completo, la mente que funciona como un enjambre. Ese sí que es un gran misterio al alcance de la mano. No te busques a ti mismo, más bien busca poner en su lugar al intelecto. Por qué temerle a la muerte. El miedo a la muerte es el miedo a la falta de respuestas, y la falta de respuestas es fuente grande de sufrimiento. La muerte aquí como la estoy pintando es una guía, una amiga. Ella se para a un costado y nos aconseja. Los que no la pueden ver y los que no la quieren ver, aquellos se la pierden por completo. Si fuera tan espantosa las almas volverían en masa, pero aquí desde mi silla no veo más que muertos antiguos. A esos hay que dejarlos tranquilos porque esos están aquí por otros motivos y no encajan en mi relato. Esos juntan polvo. Vivimos en una jaula, estamos metidos en una jaula. Hay que empezar a pensar en salir de ella.