Vida de escritor

Vida de escritor

Hoy fui a la peluquería. Pensé que estaba cerrada pero al empujar la puerta ésta cedió y se abrió para darme paso. Adentro reinaba el silencio y había un solo tipo, encargado de traer el café, entregar el periódico, cortar el pelo, cobrar y poner la música. Estamos en Berlin, así que la cosa tiene que ser con música, y más vale que sea algo digerible. Pasó la prueba, pues me dieron ganas de bailar. Así entonces, bebí el café, leí los titulares y me indigné con las noticias. Por lo menos bailé un poco, mientras el empleado me veía sintiéndose tal vez orgulloso de su elección musical. En esta ciudad hay licencia para hacer cualquier cosa mientras no molestes al prójimo, y un baile en la peluquería no es nada dañino. Darle de comer a Berlin. Tras una pausa prudente se acercó a preguntarme cómo deseaba el corte de pelo, y le pedí algo radical. Algo radical para combatir lo gris, algo radical porque afuera estaba nevando, algo distinto porque quería escaparme del mismo espectáculo cada día en el espejo. El tipo usó tijeras, navajas y máquinas con toda la calma del mundo mientras yo mentalmente mantenía una conversación con él más bien diciéndole que no deseaba ser hablado. Cosas de gente solitaria. Me dejó bastante bien y se ganó una propina por ser prudente y por estar como ausente.

En la calle recibí miradas por parte del bando femenino, y como mi ánimo andaba por todo lo alto lo interpreté bien, lo recibí con holgura. Entonces me dije mira esas nubes, por qué no vas a la biblioteca. Curiosa idea. Lo que correspondía era bajar al subterráneo del U-Bahn, andar un par de estaciones hasta Rosenthaler Platz, meterse a una cafetería, sentarse en el mesón, aspirar el aroma del café, sonreírle a la chica asiática que habla nada más inglés y quizás qué otras cosas, pedirle un cappuccino y un sandwich de esos semi-vegetarianos, comerlo de un par de bocados, mirar a la gente, ver a los tranvías amarillos cubriéndose de blanco, ordenar un trozo de tarta de quesillo con arándanos y mango, sentirse bien. Sentirse alegre, celebrar la vida y ordenar una cerveza. Allí mismo sellar el café y la comida con una cerveza roja de la casa. Por qué no.

Pero la verdad ya estaba en la biblioteca. Me gusta venir aquí porque generalmente hay poca gente, porque normalmente está vacía y por lo mismo siempre atienden bien, porque el ciudadano en lugar de ser un incordio para la gente que está detrás del mesón resulta una ruptura en la monotonía. Elijo libros, los veo, leo el final y cuando éste me convence consulto la solapa. Cuando nada de esto funciona saco de mi bolso uno de mis propios libros o si no me pongo a escribir. Por qué no. Aquí hay café y hay silencio. Afuera ya oscurece y la nieve ha dado paso a una lluvia tenaz. Lo veo todo por los ventanales. Hoy día atiende una chica que también lee. Le iba a preguntar qué estás leyendo, pero un impulso me detuvo. En vez de eso le pagué una cerveza que tomé de la heladera y le dije este clima está horrible. Ella conservó un rostro inmutable y me dijo «asqueroso». Nos reímos, recibí el vuelto y me quedé leyendo un libro de Philip Roth, «El animal moribundo», uno cuyo título y protagonista resonaban con mi estado de ánimo.

Aguanté allí una hora y luego me fui a un bar. Allí estuve bebiendo esta vez en serio y leí las cosas que había escrito. Todo me pareció bien, encontré que tengo una prosa espectacular, pero también cuento con prudencia y me dije lee estas cosas mañana cuando estés sobrio. En eso quedamos, y si las veo de nuevo y me gustan entonces las voy a usar para algo. Así es la vida de escritor.

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cdittmann

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Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

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