El calendario indica que aún estamos en primavera pero los días rabiosos dicen otra cosa. La ciudad de Berlin está muy lejos del Ecuador, por lo tanto hacia el solsticio de invierno se viste de una oscuridad eterna, y ahora que nos acercamos al momento de la noche más corta verdaderamente la luz del sol está presente durante horas y horas. Aún recuerdo la impresión que me llevé aquella primera vez que salí de juerga en verano aquí en Berlin. En algún momento de la fiesta salí a la terraza del club a tomar aire, entonces mi sorpresa fue tremenda al ver que ya era de día siendo que apenas pasaban de las tres y media de la madrugada. Así no dan ganas de dormir. Con tanta claridad se le quita el atractivo a la cama y la ducha fría se vuelve la mejor alternativa aunque sean las cinco o las seis de la mañana.
Acá en el hemisferio norte no tenemos el problema de la capa de ozono como allá abajo en el sur, así que se pueden pasar horas recolectando vitamina D con la piel y el resultado aparte de aquel aroma magnífico de todo lo que es soleado es un tono bronceado atractivo y saludable. Los nativos del norte de Europa creen que el mundo se va a acabar cuando el termómetro se alza sobre los veintidós grados, en cambio los sureños como yo y los trasplantados desde las Américas empezamos recién a vivir sobre aquel rango. Me produce un placer simple y absurdo el subirme a los trenes viejos u otros transportes que no cuentan con aire acondicionado, y ver, sentir, la desesperación de la gente ante un par de grados de más. A mí siempre me ha gustado el calor pegoteado porque me imagino que estoy recargando electrolitos y otras cosas, porque la calentura acumulada es promesa de un mayor goce al llegar al agua. A la ducha, a la tina, al lago, a la piscina. Me acomoda el calor y la humedad, por lo mismo me siento como pez en el agua en esta ciudad de veranos tropicales. Será por tanto verdor y por tanta agua que la cruza y la rodea.
La parte magistral la aportan las tormentas, porque el verano es época de truenos y tempestades por estos lados. Que bien viene un aguacero de aquellos con gotas tan grandes. Que agradable el aroma del petricor, que tremenda la libertad de mojarse como un salmón cuando te pilla el aguacero y saber que da lo mismo andar así de empapado por la vida en una ciudad de perros mojados. El verano siempre es un momento de inspiración para comenzar nuevas novelas, porque basta salir al parque o mirar por la ventana y entender de inmediato que las plantas se traen algo. Es el perfume de los tilos y otras flores el que me impulsa a escribir, es el silencio arrasador que se da durante la canícula lo que encierra el mayor misterio para mí.
Pienso en poemas, pienso en gestas heroicas, se me viene a la mente Vivaldi con sus cuatro estaciones. No por nada es el movimiento del verano uno de los más calmados, totalmente melancólico. Lo entendió tan bien el veneciano, se dio cuenta de que la naturaleza es prisionera del calor, fue capaz de plasmar la quietud forzada por los rayos del astro rey, observó que ni insectos ni aves se animan a moverse cuando la luz cae a plomo. Usando recursos innovadores y técnicas descriptivas, quizás parado en alguna orilla observando la isla de Murano. Quién sabe. Podría escribir sobre cualquier cosa cuando es verano, podría pasear eternamente por los atardeceres del estío, incluso he llegado a pensar que algún día me iré muy lejos para nunca volver, en verano.