No entiendo nada. Estoy sentado en el piso de un modo en que no lo hago nunca, tengo todas las luces encendidas, el tocadiscos andando y mi corazón está tan alterado que siento que moviéndome me voy a morir. Me sujeto el pecho con las manos para evitar que se raje el cuero y salte el músculo arruinando la alfombra por completo. Los pasos. Los malditos pasos que mencionó esta vecina no me los puedo sacar de la cabeza y ya de tanto pensarlos creo que los oigo venir, esta dinámica me está quitando años de vida al galope. Pienso en unos versos al vuelo:
como un perro.
estás como el peor de los canes.
sucio, tembloroso, los ojos llenos de mugre.
como un roñoso
de los peores.
así te pones
sobre la baldosa
cuando no puedes controlar
esos pensamientos
de mierda.
Entonces digo eureka. Y me pongo de pie. Y salgo de un portazo al patio adelante dejando todo encendido tras de mí. Es la mejor decisión y la frescura que viene del mar me devuelve el aliento y muchos de los años perdidos allá dentro de esa casa maldita. Y las flores y las piedras con su propio aroma, es ese acorde playero que me gusta tanto y no me trae más que buenos pensamientos. Entonces me viene una dicha inesperada, una inundación como de agua tibia con aliento a romero que me sube hasta el cuello, y es entonces cuando me doy cuenta de que estoy orgulloso de la forma en que mi mente me saca de aprietos a veces, me la figuro como un insecto agarrándose de lo que sea para su provecho y esas cosas de escritor. Tal cual.
Ser un escritor me ha salvado de morir en las garras de aquel fantasma imaginario o no. Y la marea sube aún más y se pone más tibia, y entonces me viene el orgullo de ser un escritor perseguido por espíritus de un modo tan literal, y se me arranca un suspiro al pensar en el espectro de Chopin y su amante recorriendo aquel castillo durante una eternidad.
En este punto ya no entiendo si estoy bajo el agua o en la playa y lo más natural es pensar en ir a buscar a la mujer esa. Así es, la idea se planta y germina. Debo encontrarla de la única manera que tengo, y esa es dejándome llevar por la noche, por lo que sea. Hago un alto para mojar los pies en la orilla del mar y se convierte en un nuevo eslabón de mis decisiones acertadas post fantasmal. Es curioso. Las ideas me vienen como en un borrador, hacen lo que quieren conmigo en una suerte de retribución por mi hacer lo que quiero con ellas cuando escribo, una venganza graciosa y espumante como la espuma del mar.
Qué es aquello a lo lejos. Nada, ha sido una sombra, quizás las algas. Tengo que encontrar a aquella mujer para preguntarle qué es lo que quiso decir aun a sabiendas de lo que quiso decir. Para preguntarle o más bien rogarle que saque a esa cosa de la casa, que me libere de los pasos, que convenza a la presencia aquella con su manera espontánea para que se vaya, para que me deje continuar donde había quedado, para que todo siga en paz. Y me voy imaginando mil y una maneras de justificar mi aparición a estas horas de la noche, y tantas otras de retribuirle por sus servicios, y me entra una angustia de aquellas.