Terminar un libro. Escribir la palabra «Fin», cerrar el primer borrador, dar por finalizada la maratón, es un momento ambivalente. Una alegría, un triunfo, una condecoración a la constancia y a la determinación, pero también un derrumbe, un desgranarse las emociones, un enfrentarse al vacío. Todos aquellos actores, todos los paisajes, las intrigas, entuertos y emociones que me acompañaron durante meses finalmente se van. Es que es justo y necesario. Dilatar demasiado la escritura de un libro a mí me produce una acidez, una intranquilidad incontrolable. Llega un momento en que ya me harto de la tarea, porque han pasado meses, porque quiero cambiar de tema, porque deseo perseguir nuevas historias.
Cuando el primer borrador está terminado hay que descorchar un espumante y brindar. Felicitarse por formar parte de aquella casta de personas que son capaces de escribir hasta el final. Cuánta gente piensa «me gustaría escribir, tengo una idea para un libro, voy a contar la historia de mi vida.» Algunos incluso salen de aquel espiral y efectivamente comienzan un libro, se tiran al pozo de la escritura. Pero existe una mayoría, son legión los que dejan a medias tras ser derrotados por enemigos formidables como el temor a la hoja en blanco, la carencia de ideas, la falta de disciplina, porque no encuentran el tono ni el tiempo para hacerlo, porque la vida misma los frena, porque el escribir es doloroso, porque creen que necesitan un taller para salir adelante, por tantos motivos.
El libro está terminado. Somos escritores porque escribimos, ya estuvo. Cuando el primer borrador está listo, recién entonces comienza la gracia, el viaje del libro si se quiere. Este proceso de edición subsiguiente a la escritura, puede prolongarse. Eternamente en algunos casos. Dilatar el proceso de edición es un derecho, mas prolongar la escritura del libro es una tortura. Eso es lo que me pasa a mí.
Cuando el libro está editado, cuando está listo, llegará el momento de hacer algo con él. Encontrar una casa editorial, enviar el manuscrito a los lectores cero, postular la obra a un concurso, acercarse a una agencia. Pero la verdad es que el libro nunca está listo. En cada pasada de edición, después del segundo, tercer, cuarto, quinto borrador y así hasta el infinito, cada vez es posible encontrar errores, proponer mejoras. Es que el escritor mismo va progresando, va madurando en el oficio con cada palabra que escribe, va descubriendo vicios anteriormente invisibles, va encontrando al vuelo una manera más concisa y más bonita de arreglar un párrafo o un capítulo entero.
Lo que a mí me sucede, y leyendo y oyendo a otros escritores lo confirmo, es que en algún momento el libro entero como proyecto me rebalsa. Me supera. Ya no quiero saber más de él ni se me antojan nuevos borradores. Entonces el cerebro hace su magia y se me olvida la trama, se me olvidan los personajes y a veces hasta el título de la obra. Un milagro. Es lo más sano, de lo contrario no podría seguir adelante. Pero la escritura no es para nada saludable. Por lo menos en mi caso, porque viene acompañada de trasnoches, de alcohol, de tabaco y otras cosas, de cansancio y por qué no decirlo, de incertidumbre. Pero el lema es: «Confía en tu libro.» Eso lo leí en alguna parte y lo uso. Lo uso en aquellos días en que la cosa va cuesta arriba, lo uso cuando todo está oscuro, lo uso en los momentos delicados.
Un libro lo escribo hasta el final, lo edito como mínimo tres veces y ahí verá él si es que se transforma en una gran obra, si madura con el paso del tiempo, si emite un aura interesante o si queda relegado al olvido debido a falencias reales y mil otros motivos. Lo que no soporto son libros a medias, amores a medias, porque eso es una pérdida de tiempo, y tiempo es lo que escasea por aquí.
En eso estoy en estos momentos. Terminando un libro que se resiste a cerrar, soportando a estas alturas los giros de mis personajes que piden un capitulo más, otro más y otro más. Y no he salido a ningún lado, apenas converso con la gente y los fines de semana son un encerrarse en casa. Mis amigos y conocidos más o menos ya saben, y evitan invitarme, casi ni me hablan. Gente valiosa. Porque me estoy desquiciando, porque ya han pasado los meses y me estoy volviendo loco, porque quiero deshacerme de este borrador y dejarlo descansar durante una semana o dos por lo menos, porque así es la escritura en mi caso, una cosa para volverse loco. Pero no escribir es otro tanto. Es la espada de Damocles.