La tarea de ser escritor es un camino lleno de rosas y de espinas, tal axioma no representa novedad alguna. En mi caso personal la escritura es un proceso de caja negra. A diferencia de otros autores que elaboran un mapa de navegación, delineando la estructura, el desarrollo, los tropos y los arcos de los personajes, mi labor es cien por ciento intuitiva.
Me saco las palabras de los cojones, por decirlo en buen castellano. De allí viene el sufrimiento, pues cada minuto, cada hora pasada frente al teclado engloban al mismo tiempo un colosal sentimiento de urgencia, una zozobra terrible y una incertidumbre que ya se podrán imaginar. Paradójicamente tal sentimiento de incertidumbre se traspasa al lector, y este fenómeno representa una fortaleza, pues qué mejor motor para pasar las páginas que la urgencia de conocer lo que va a suceder más adelante. Mi compromiso con las letras está basado en la honestidad. Honestidad con el relato, con los diálogos, con el lenguaje, con la construcción de los personajes y sus paisajes internos, y por sobre todo honestidad con el lector, una raza inteligente y en extinción que en mi opinión debe ser tratada como tal.
Mi propuesta de trabajo es escribir al menos quinientas palabras diarias, una meta bastante humilde desde el punto de vista de la extensión, una meta que intento cumplir la mayoría de las veces a pesar de que hay días en que simplemente no se puede seguir adelante, pero aquellos días son los menos. Sin embargo dichas quinientas palabras no brotan de una pasada, sino que vienen acompañadas de cientos de pequeñas interrupciones ya sea forzadas o involuntarias. El proceso es ingrato pero la recompensa es dulce. Ver a mis historias y a mis personajes campeando a sus anchas sobre el fondo blanco.
Mis libros hacen lo que quieren conmigo. Para mí la escritura es una liturgia, un procedimiento al borde de lo místico donde yo como persona no soy más que un instrumento. Lo digo así porque el escribir me sume en un trance y el proceso lo podría describir someramente como un descargar. Me conecto a la fuente en el éter donde está la literatura y desde allí tiendo un puente hacia la hoja en blanco. Esta idea puede pecar de manoseada y lo admito, pero es la mejor forma de describir el proceso creativo desde mis medios mundanos. Cada escritor tiene su forma de proceder y no existe un camino mejor que el otro. No hay una manera adecuada versus un enfoque erróneo, simplemente cada autor debe seguir adelante de la manera en que buenamente le sea posible.
La escritura para mí es un compromiso, una actividad que despeja los fantasmas de mi cabeza, y es precisamente dada esta faceta terapéutica que entiendo la labor del escribir como una actividad que debe ser practicada todos los días. Para no perder el hilo de la escritura, para poder entender los errores, para desarrollar una visión de conjunto, para no volverse loco. Cada uno de nosotros es poseedor de cierto grado de locura, esta declaración tampoco encierra un misterio ni pretende erigirse en un aforismo. Sálvese quien pueda.