Las puertas de la fortaleza se abren todas las mañanas luego del rocío de la madrugada, para expulsar a las ratas y para ventilar los salones contiguos a la calurosa fachada. Los curiosos se amontonan junto al pozo y sueñan con las bondades que se encuentran en la penumbra, fantasean con las audiencias que ocurren entre lirios y las paredes donde jamás habitante alguno de la bahía ha sido invitado. Esto es una herida abierta en la piel de los pobladores. La gente toma al conde por un desadaptado, un grosero, un cobarde, un tarado y otras cosas que se enseñan en las familias de ricos y pobres, porque el noble no habla con nadie ni cuando se pasea por los puestos del mercado, ni cuando se aparece en las fiestas, ni cuando pasea a caballo por la playa, ni nunca jamás. Se limita a repartir billetes cuando la ocasión lo amerita pero no cambia palabra con persona alguna. La gente llega de lejos para intentar conseguir una audiencia con este personaje legendario, con el amo de aquel castillo tan fuera de lugar en estas playas tropicales donde los tucanes y las papayas se dan como en ningún otro lado.
El conde tiene debilidad por las mujeres del litoral y se hace acompañar por ellas durante las noches, porque en el transcurso del día es imposible obtener goce debido al calor y a las ratas que pululan por doquier. Estas mujeres son las únicas visitantes del patrón y son ingresadas por una trampilla en uno de los muros posteriores. Este hecho irrita grandemente a las autoridades y a los vecinos, que se quejan de injusticia, de evasión, de desaires y de prostitución.
Pese a la falta de actividades oficiales la vida es ajetreada en el interior del edificio. En la cocina hay guardias armados que disparan a los ratones y sirvientes encargados exclusivamente de deshacerse de los cadáveres. Se oyen tiros todo el día y los cocineros resultan heridos con frecuencia, por lo tanto aquel es un puesto de trabajo muy temido y muy bien pagado, porque el conde no escatima en gastos en lo que se refiere a la comida. Hay sirvientes encargados exclusivamente de abrir y cerrar ventanas para permitir o impedir el paso del viento según las instrucciones del amo, que nunca son claras y cambian constantemente. La lavandería está siempre ocupada con las ropas de cama, las cortinas, los tapices y las vestimentas de los inquilinos, que se manchan con el vino, los fluidos, la comida y la suciedad de las ratas. La carga de trabajo se la lleva una mujer solitaria que trabaja toda la mañana lavando y después del mediodía acarrea las ropas hasta lo alto del edificio donde son colgadas en cordeles para secarse al sol. Parecen banderas de pobreza y constantemente el viento arranca algunas para tirarlas en el foso. Una cuadrilla de empleados se ocupa de recuperarlas y llevarlas de vuelta a la lavandería. Las piezas que caen fuera de los muros del castillo se pierden porque el conde tiene prohibido a los empleados incursionar en el exterior y no quiere dar su brazo a torcer para tender la ropa en los patios donde hay resguardo contra el viento.
Nadie conoce con exactitud la edad del conde, su procedencia ni su fuente de ingresos. El noble tiene el cabello gris y su piel se ve reseca y tirante por la acción del sol. Sus modales son pausados y presenta buen trato salvo cuando es atacado por la ira. Pese al calor insiste en usar vestimentas largas que lo hacen sudar y circula descalzo por sobre la piedra. Lleva un arma a todas partes consigo para protegerse de los roedores y para dispararle a las sombras. Un sirviente se encarga exclusivamente de retirar la suciedad y poner el orden después de las balaceras. El hombre anda a los saltos y aparece de la nada apenas oír las primeras detonaciones. Él mismo se ha salvado milagrosamente de ser herido pero cumple su papel con dignidad y confía en la puntería de su patrón.