2022, diciembre 31. La ciudad de Berlin parece un campo de batalla. Se oye como si a lo lejos tuviese al ejército rojo, como si aquellos extranjeros viniesen nuevamente en busca del gran premio, me imagino tanques avanzando y morteros soltando su terrible carga. Así es como me lo figuro, porque yo jamás he estado en un campo de combate, no en uno de aquellos. Cada dos segundos se escucha una explosión. Es que la gente, como en cada víspera de año nuevo, sale a la vía pública a literalmente hacer reventar su dinero. Se vuelcan a las calles para detonar los fuegos artificiales con una generosidad que maravilla.
Aún faltan un par de horas para medianoche y la ciudad entera huele a pólvora. Este es un acto que me sorprende cada vez. Esta ciudad, que ha conocido de guerras y detonaciones, se convierte en el epicentro de las explosiones cada noche al esperar el cambio de año. El aire está lleno de tensión, las ondas de choque son reales y los decibeles aumentan con el paso de los minutos.
Qué espectáculo es este, que manía de la gente el evocar el fantasma de la guerra en cada esquina, en cada calle. Me gusta. Debo reconocer que me gusta, y me imagino un exorcismo. Me figuro que la cultura de los berlineses los conmina de un modo inconsciente a emular el escenario de la artillería enemiga en aquellas amargas jornadas de la toma de Berlin. Yo creo en la mente colectiva. Creo que el enjambre de pensamientos es más grande que el número total de sus integrantes, y por ese lado encuentro la vuelta, y así es como en mis pensamientos este acto de alegría, de celebración y de desahogo se convierte en una liturgia dirigida por una mano invisible.
No existe la realidad. Todo es percepción. Es una cita sacada de un libro de porquería, de aquellos que me llevo al WC. Retruco y propongo que no existe la realidad porque todo es interpretación. No llego muy lejos por aquel camino, pero bebo otro sorbo de mi espumante y me reconforto. Me alegra ser ciudadano de esta urbe desquiciada, alegre, desordenada y ruidosa. Me dan ganas de tomar un rifle y salir a la calle a darle a los letreros y los semáforos, estoy seguro de que lo menos que conseguiría son aplausos.
Creo que saldré a caminar y luego tomaré un tren o el U-bahn. Me iré con una botella en la mano y otra en mi bolso, y sacaré más aplausos. Llegaré hasta el río y me sentiré mareado por el olor a marihuana. Allí encontraré a gente entusiasta y me sentaré a beber. En algún momento me sacaré la ropa y saldré caminando desnudo con mis botellas en la mano, entonces recogeré basura de aquí y allá y haré una gran pira junto a un basurero. El fuego me cobijará y la gente seguirá aplaudiendo, porque en la víspera de año nuevo ese tipo de manifestaciones son no solamente bien vistas por acá sino que ocultamente anheladas. Tendré cuidado de no dañar el basurero con las llamas, porque yo cuido a mi ciudad.
A esas alturas ya mis botellas estarán vacías, pero todo me da lo mismo, porque estoy desnudo, porque me siento bien. Entonces llegará la medianoche y arderá Troya. Entonces seré alcanzado por uno de los fuegos voladores y perderé la consciencia, y me entrevistaré con el dueño de la mano invisible que mencioné anteriormente, y nos haremos amigos, y hablaremos en todos los idiomas, y confirmaré mis más descabelladas teorías. Así es la cosa en Berlin, en año nuevo.