Peregrino

Peregrino

Arrastra sus pies por el polvo, el camino es interminable y no ha comido desde la jornada anterior. El mediodía es lo peor, con la garganta seca y la mirada perdida. No hay árboles, no hay sombra ni nada, tan solo esperanza y una voluntad tan grande como aquel mar allí detrás de esas montañas saladas. Dicen que allí hay unas playas donde se puede andar sin ser molestado. Allí la gente es amable y ofrece una sonrisa a cambio de nada, junto con un resguardo contra el sol y una alfombra para sentarse y librarse de la arena.

El caminante se ha teñido con los colores del desierto, su piel y sus cabellos tienen el mismo aspecto que el aire arremolinado por el calor y resulta imposible distinguirlo cuando no está en movimiento, porque es un caminante como ningún otro. Jejenes, avispas, pulgas e incluso aves de rapiña lo atormentan en su camino hasta que llega la tarde, entonces todo cambia. Se encienden las fogatas, el aire se perfuma con olor a carne y leña, el comercio se detiene, el afán se afloja y el sudor se calma. Cantos, panderetas, la cadencia de las palmas y el rasgar del laúd acompañan a las bailarinas que agitan sus pulseras, exhiben sus velos y demuestran sus proezas junto a las tabernas a cambio de algunas monedas. El oro y la plata escasean pero aún así cambian de manos, eso se sabe porque los metales cantan de un modo singular.

Cuando la vista se nubla el oído se aguza, eso es algo conocido, y así es como desde las sombras el peregrino oye todo. Está sentado sobre una piedra, con eso le basta para sentirse cómodo. Lleva el cabello tomado con un cintillo y una sonrisa a medias. Extiende los brazos como diciendo nada de esto me pertenece, y deja a sus pulmones aspirar todo aquel aire a celebración. El olor a carne asada y el incienso le sirven de consuelo, tiene el estómago pegado a la piel y con eso se conforma. Vino, abrazos, indirectas, malentendidos. Un grupo de comerciantes se trenzan en reyerta allí a un par de pasos de distancia. Están borrachos, llevan los estómagos llenos y finas vestimentas. Se cubren de polvo, se manchan con las palabras indignas y los grises reproches. Se van a los puños y se llevan todo por delante hasta desaparecer en una cuneta. El viento agita el fuego y las sombras se llenan de chispas, es la señal.

El peregrino se acerca a las llamas, toma asiento en una silla confortable, se cubre el rostro con las manos y derrama dos lágrimas silenciosas que manchan sus mejillas con un reguero de tierra. Luego se repone y toma el alimento. Se sirve el vino, se atiende con la carne haciendo gala de una dignidad tan grande que nadie pondría en duda su presencia ni su actuar, así son los modos de este caminante. La noche avanza, los grillos tienen tanto que decir y a estas alturas ya nadie habla, ya nadie baila.

El caminante despierta lejos de allí. Ha encontrado una corriente enviada y apropiada que le calma la garganta y le permite limpiar su cuerpo y sus cabellos, allí a vista y paciencia de las dunas y los cardos. Lava también sus ropas usando la arena y las piedras, aquellos trapos ya no hay con qué arruinarlos. El sol avanza en su camino hacia la cúpula. Hay que ponerse en marcha, no hay tiempo que perder. El camino cambia, la aridez va cediendo y se ven los espinos y los olivos agrupándose como si quisieran protegerse de tanto sol y tanto calor. La explanada da paso a un valle rodeado por unas laderas que no ofrecen nada más que un pasto polvoriento y asiento para los aguiluchos. Hacia adelante, siempre hacia adelante.

El caminante no se cruza con nadie, mas bien otros lo adelantan con sus carretas, con sus caballos y sus burros lo dejan lleno de tierra. Y con razón, porque eso es lo que abunda. Pasan los días y el peregrino está en los huesos. Sin embargo tiene amigos. Gente que se acerca, curiosos que vienen a oírlo, desgraciados en busca de un consuelo. Leprosos, ladrones, viudas y soldados. Un grupo miserable en las faldas de un vergel. El caminante aparece y desaparece. Sube a los cerros a hablar con el aire, a ver el mundo bajo sus pies. Vuelve al valle y reparte comida sin tener él mismo nada para echarse en la boca, eso es algo que molesta al rey, es por eso que lo mandan a matar.

TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO?

cdittmann

cdittmann

Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

Deja una respuesta