Ayer martes treinta y uno de diciembre cancelé todos mis planes de año nuevo y hasta el momento creo que ha sido un acierto de aquellos. Una vez enterado de que todo se había cancelado se me salió un suspiro de esos levanta polvo. Bebí un té y me vestí con lo mejor de mis galas y lo más fino de mis paños. Comí lo que había ya cocinado y luego salí al balcón con un agua mineral a hacer mis cosas. La ciudad a esas alturas ya estaba como siempre en estado de guerra. Me dije no tienes nada que perder, ve a dar una vuelta.
Al llegar a la esquina ya estaba medio congelado y me tocó esquivar una bengala que reventó en el balcón de un vecino. La gente como atontada, todos a los empujones, a los codazos, pero nada más por deporte. Estarán borrachos, pensé, y me metí por una puerta salida de la nada. Había un arco, un portal, un corredor y una luz violeta. Adentro estaban todos besándose y otras cosas, yo preferí volver al campo de batalla.
Es que siempre me ha gustado el olor de la pólvora en el aire, siempre me baja la adrenalina con el estampido de un arma o de lo que sea. Las intersecciones a aquellas alturas pertenecían por completo a los berlineses, las baterías de fuegos artificiales instaladas literalmente en el medio de la calle. Los autos pasando lo mejor posible entre las centellas, ojalá con las ventanas bien cerradas.
Así estuve a los empujones, a los codazos, a los pasillos, a los besos y a las explosiones hasta que dije basta, esto no es lo mío, este frío es inhumano, se cancela todo. En minutos estaba de vuelta en casa. Me duché, me cambié de ropa y salí de nuevo. Y otra vez. Esta es la tercera vuelta y ahora estoy en una parte de la ciudad que no había visto nunca.
Todo tiene para rato. Berlin no va a dormir hasta que el último euro en pólvora haya estallado por los aires y más. Yo ando despreocupado, por tener la certeza de que todo está cancelado, de que los planes oficiales se bajaron, de que las juntas se disolvieron y de que me puedo ir a acostar cuando quiera y con quien quiera. Tomo nota y espero repetir en trescientos sesenta y cinco.