P

El ocaso se veía amarillento en esta parte de P y la visión de aquellas lunas con nombres como los de los dioses, algunas tan grandes que parecían venirse encima, deslizándose a velocidad de insecto allá arriba en un cielo galvánico pintado por los gases inertes, ofrecía un espectáculo melancólico. Así le parecía a Marius. La capa de iones se podía ver cada vez que los soles entraban y salían, y cuando niño estiró él tantas veces sus manos con el afán de tocarla. Se veían ahora relámpagos y algunos rayos. El frío se venía encima y no disponía de más de una hora antes de tener que refugiarse. Llegaba el momento de volver a casa. Marius se sentía cansado, lo suficiente como para calcular mal sus desplazamientos por la red. Su cerebro primitivo tomó el control y en lugar de llevarlo a su habitación lo dejó en una galaxia vecina, después en tiempos futuros. Luego de dos intentos fallidos y dos créditos malgastados prefirió no tener que volver a presionar el botón Z, porque el saldo siempre escaseaba. Caminó hacia el transporte público, y al sentir la nariz reseca levantó instintivamente la mirada y vio unos espirales en el cielo. Entendió que se venía una tormenta de gas y calculó que tenía cuarenta segundos para ponerse a salvo. Validó su viaje y logró llegar a casa justo a tiempo. Afuera estaban todos muertos ya, eso era cosa segura.

Los forasteros nos tildan de soñadores a los habitantes de este planeta, pero nosotros examinamos el cielo en busca de amenazas, en busca de peligros. La ciudad allá abajo y los cerros eran prisioneros de la niebla roja, y se veían relámpagos y llamaradas. Unos frentes formidables se oponían en colisión. Los gases chocaban y se excitaban con la electricidad del aire, formando nuevas moléculas. Los vientos huracanados y los corredores de baja presión barrían con todo lo que no habían destruido las explosiones, las llamas y las ondas expansivas. Afuera quedaban los edificios levitando fuera de peligro, quedaban los puentes, las vías y estructuras construidas en aleaciones avanzadas y firmemente ancladas al suelo, quedaban las rocas y quedaba la arena. Y un polvo que tardaba mucho en retirarse y contaminaba los ocasos durante semanas. Todo lo que tenía que estar fijo estaba fijo y todo lo que requería estar suelto así lo estaba, pues la ciudad había sido planificada por mentes inteligentes y levantada por manos hábiles. Cualquier ser vivo que se encontrase en la superficie tenía cero chance de sobrevivir a una tormenta de gas. Pero algunos animales ingeniosos e insectos antiguos lograban refugiarse bajo la arena, y los ciudadanos que portaban una cápsula podían enterrarse temporalmente y esperar unos días hasta que volviese a ser seguro afuera. Nadie salía a la superficie sin llevar un refugio a menos que quisiera suicidarse. La cápsula era pequeña y se adhería a todo, así que traerla encima no era tema.

A través del cristal sobre el que estaba parado, Marius vio volar a unos metros bajo sus pies un enorme trozo de metal arrastrado por el viento, una máquina partida por la mitad. Era un fierro colosal, pero no había de qué preocuparse pues estaba protegido en su cubículo allí arriba casi rozando la capa de gases letales. Aunque el vidrio se veía delgado iba a resistir todo lo que se le viniese encima, hasta una nave pequeña. Las explosiones allá afuera eran severas, se podía distinguir por un zumbido acompañado de una breve y molesta subida en la presión, que se sentía en los oídos. Tengo que reparar ese estabilizador, así pensó Marius, pero le dio fatiga. Pensó él mismo en la fatiga que soportaban aquellos cristales y se sintió mareado, así que desactivó la vista del exterior. El tormentoso paisaje desapareció y en vez de eso cubrió la habitación una animación acuosa que brillaba débilmente. Ajustó el piso y lo dejó en un tono apagado. Tres ventanas redondas aparecieron hacia el lado de la cordillera, que se veía cubierta de nubes brillantes, y una iluminación tenue se proyectó en algunos rincones. Mucho mejor así. La tormenta pasaría en un par de días y por fortuna llegó a casa a tiempo. Aquí nada lo importunaría.

Lo que sí podría destruir su refugio y todo lo demás, eso cualquier ciudadano lo sabía, era el impacto con un cuerpo celeste. Para un evento así, y en la poco probable coyuntura de que los ingenieros no fuesen capaces de controlar la situación, en caso de fuerza mayor, la evacuación estaba ya organizada. Cada ciudadano incluía en su registro el destino donde deseaba ser proyectado en trance de catástrofe, o se iba con sus padres en caso de no estar registrado. A menudo estos planetas errantes, estos vagabundos siderales, pasaban lejos o se acercaban ocasionando molestias y cambios indeseados. Pero también existía la posibilidad de que sus órbitas se cruzaran con la de P, y eso sin la ayuda de los ingenieros significaba el fin. Significaba tener que comenzar todo nuevamente en confines distantes.

Marius recordó las noticias de ayer en la noche y le vino a la mente una novela que leyó en unas playas muy lejos de P, en cuyas páginas uno de los personajes secundarios anhelaba suspirando la venida de un suceso cósmico, tenía fe en una última alternativa, en una salida entregada por la baraja del destino, en un gigante venido de las estrellas que lo llevase fortuitamente lejos de su hogar hacia un lugar y un tiempo más felices. Los viajeros estelares son como los vientos del desierto, que llegan inesperados. Eso pensó Marius, recordando un cometa que pasó décadas atrás. Llegó tan cerca que se podía ver como hervía el hielo en el núcleo. Su luz era enceguecedora. Los gases de la atmósfera se encendieron y se tiñeron de violeta, las noches se fueron, el aire temblaba y se oían como trompetas en el cielo. Caían pedazos llameantes del cometa, se averiaron naves y estructuras, y las reservas de oxígeno se contaminaron. Los ingenieros estaban listos para intervenir, pero el viajero pareció aumentar en velocidad y se alejó en su elíptica celeste. La parte de atrás de la cola del astro causó grandes distorsiones en la red de validadores, se produjo volatilidad y se perdieron colosales sumas. Nacieron y se extinguieron fortunas, se dañaron innumerables sistemas que orbitaban en distintas alturas, se tuvieron que poner en pausa estudios y lanzamientos, se fueron las comunicaciones por doce días y muchos murieron a causa de la radiación.

La ciudad estaba emplazada junto a un desierto, como todas en este hemisferio. Solo científicos, locos y prófugos de la justicia vivían en la otra mitad, castigados por una noche casi eterna, hostilizados por bajísimas temperaturas y por una distorsión electromagnética severa que causaba enfermedad en caso de exposición prolongada, estropeaba las herramientas y permitía fugas de depredadores que llegaban acechando desde otras dimensiones.

Marius había estado en el desierto infinidad de veces pero prefería evitarlo. Después del límite a veces era necesario utilizar traje, dependiendo de los vientos o de los niveles de presión y radiación. Algunos encontraban sublimes aquellas extensiones de dunas y amenazas ocultas, pero esos no tenían idea de lo que hablaban. En lo que a él se refería, prefería proyectar un bosque en las paredes de su cuarto y poner algo de música suave para poder leer tranquilo. Pero la tranquilidad escaseaba. Un planeta vagabundo estaba pasando por el sistema solar y su trayectoria se encontraba en curso de colisión con P. Las atmósferas de P y del planeta forastero ya casi se rozaban y la cercanía del coloso estaba a semanas de comenzar a causar estragos. Pero los ingenieros lograron deshilar el entramado y meter al planeta visitante en una cuerda paralela para alejarlo del proyecto. El evento de la colisión con P viajaría por aquella cuerda hasta la eternidad.

La realidad cuántica en que vivían los habitantes de P era denominada el proyecto, y era protegida celosamente por los ingenieros, quienes resultaban designados por un comité representativo de los intereses verdaderos de las distintas regiones de la superficie. Las profundidades del planeta contenían gases raros y materia inestable, además de minerales de poca utilidad o elementos muy complejos de procesar. El inframundo no resultaba de interés mercantil ni era habitable debido a su volubilidad. Tampoco se sabía de nadie que quisiera toparse con las criaturas que a veces allá abajo se escondían. La economía se beneficiaba con lo que extraían de los sustratos superiores y se complementaba a través del comercio con otros planetas. 

Pese a las proezas de los ingenieros, la masa y la velocidad del visitante celeste estaban provocando distorsiones en el tejido cuántico. Un holograma del vagabundo estaba a la vista en el cielo. Se venía ya encima y era perceptible en tres cuartas partes de la superficie de P. Además, algunos eventos de la cuerda paralela se replicaban parcialmente en el proyecto, y éstos, junto con otras anomalías oportunistas, se manifestaban con violencia a lo largo del eje ecuatorial de P. En torno al cinturón de bajas latitudes había agua, y ésta se había teñido de rojo, pues ese era el color que reflejaban las mareas y corrientes en aquella atmósfera ahora enrarecida.

La magnitud gravitatoria del coloso comenzó a estremecer la corteza de P. Vino una vibración como un zumbido que duró diez días. El planeta intruso empujaba indirectamente la atmósfera de P con su ingente masa y esto produjo un fenómeno a nivel del suelo, un pulso de baja frecuencia. Esta oscilación removió todo lo que estaba en la superficie y arrancó del suelo a los reptiles, los únicos seres que habían sobrevivido escondidos bajo las rocas. Los violentos cambios de presión generados en la capa de la troposfera succionaron a los animales y los enviaron a volar por los aires, y luego éstos llovieron sobre dunas y carreteras. Se veían sus cadáveres amontonándose en pilas al borde del camino, incluso en las afueras de las ciudades. El planeta viajero continuó avanzando sobre P y las finas partículas de la capa exterior de su atmósfera colisionaron con la exósfera de P y entraron en combustión. Fragmentos de hollín del tamaño de granos de sal barrieron el cielo y el contacto con la piel quemaba, y las partículas resultaban muy incómodas para los ojos, y dejaban pequeñas heridas en la piel como picaduras de mosquitos, y causaban comezón en la cabeza como si fuesen piojos, y molestaban entre las ropas tal como molestan las pulgas.

Luego empezaron a caer en el firmamento de P partículas más grandes, y éstas se incendiaban pero los fuertes vientos las apagaban y quedaban flotando a baja altura, y colgaban de ellas unas membranas delgadas que las hacía parecer moscas, y las ráfagas las llevaron a las ciudades, donde se amontonaron sobre cristales y superficies, y la suciedad fue tremenda. A continuación los gases de la atmósfera del viajero se mezclaron libremente con el nitrógeno y el oxígeno de P y se formaron nubes tóxicas que diezmaron a los animales salvajes y domésticos, y los ciudadanos preferían evitar el descubierto, y la mortandad fue grande. Después ingresó en la atmósfera de P una nube de minerales finos que se mezclaron con los gases del sustrato superior y generaron una sustancia cáustica, incandescente, que llovía sobre llanos y ciudades y llegaba ya apagada al suelo, cayendo en forma de pálidos copos. El contacto con la piel había que evitarlo a toda costa, pues se producían úlceras que dependiendo de la extensión y la gravedad podían resultar fatales. Algunos morían y los animales sufrieron enormidades.

Se produjeron formidables ondas de choque al toparse los gases más densos de las atmósferas de ambos cuerpos celestes y se crearon también gases nuevos que reaccionaron enfurecidos inflamándose o estallando. Se formaron nubes de lluvia y cayó un fuerte granizo sobre P, mientras que la enorme fricción causada por la vecindad de las dos monumentales masas gravitatorias causó la desestabilización de un cinturón de asteroides menores y chatarra que orbitaban junto a las lunas de P. Sus restos fueron atraídos por la gravedad del planeta y se le vinieron encima, y la fricción los encendía en su caída y se desplomaban en el suelo como piedras de fuego. La capa de iones se reorganizó bajo la influencia conjunta de las cargas de ambos colosos y las partículas eléctricas al chocar entre ellas produjeron luz, y el cielo se vio como en llamas. Los vientos ya no se detenían y se oían bramidos en el aire, como sonido de trombones, y sufrieron enormes daños creaturas y estructuras, y se paralizó la economía.

A continuación comenzó a calentarse la superficie de P. Las fuerzas de atracción de los dos planetas lidiaban una batalla terrible en el cielo, y en ambos aumentó la temperatura superficial. El aire era todo truenos y la presión ahora dificultaba el caminar y los movimientos. Se produjeron distorsiones ópticas en los estratos inferiores de la atmósfera y el aire se enrareció. En esta etapa resultaba letal permanecer en la superficie sin un equipo adecuado. Abajo, en la capa intermedia de la corteza, se reactivaron unos insectos primitivos que dormían un sueño milenario, y salieron a la superficie. Los científicos estaban asombrados, y aquellos bichos como langostas formaron nubes que fueron arrastradas por los vientos en todas direcciones, y terminaron de ensuciar todo, y arrasaron con lo que quedaba. Entonces estalló el cielo en unas explosiones formidables que comprometieron partes importantes de las capas más bajas del éter de ambos planetas, y el suelo tembló con fuerza, y los vientos se retiraron, y un humo tóxico, una nube de partículas abrasivas se desplomó hacia P. La luz no fue capaz de penetrar esta capa y el planeta se sumió en una oscuridad total. El panorama era desolador, y grandes eran las tinieblas.

Lo que siguió fue la violenta contracción de las cortezas de ambos gigantes. Los gases estallaron por completo, y las piedras, el hielo y el fuego llovieron sin tregua sobre P. Terremotos a gran profundidad generaron masivas ondas de choque que desplazaron las placas tectónicas en grandes extensiones. A continuación vino un ruido que fue aumentando, un crujido como el de las armas de los dioses, un bramido como de una enorme puerta de metal, y un rayo colosal envuelto en nubes negras rodeándolo en espiral cayó desde el vagabundo y atrapó a P como una serpiente a su presa, y P se estremeció y se movió de su órbita, y esto descompensó al visitante, que modificó también su trayectoria.

A estas alturas los habitantes de P ya habían sido proyectados a otros tiempos y espacios, aunque muchos quedaron atrás y perecieron de manera horrible. Los gases de la atmósfera de P huyeron y en su salida succionaron parte de la corteza junto con todo lo que allí quedaba. Después de esto fue el caos. Se produjo la colisión. El visitante arrancó de cuajo una tercera parte de P, y se formó un cinturón de polvo y rocas que se organizaron bajo la influencia de las lunas de otro planeta enano en las proximidades, formando un anillo impenetrable. P abandonó su órbita, giró en sentido contrario y se apropió de una trayectoria que lo lanzó a las profundidades del cosmos. En adelante solo visitaba ocasionalmente su antiguo hogar, aquel sistema solar terciario, y pasaba envuelto en llamas, con sus gases incendiándose, y se veía como un astro con una cola corta y ancha, y parecía un cometa, y causaba grandes tensiones y desorden entre los demás miembros del sistema, sus antiguos compañeros, y estuvo a punto de chocar con un enorme y oscuro planeta de la periferia. El visitante se desintegró por completo, pues su estructura era esponjosa. Dos de sus mayores trozos se sumaron al sistema como nuevos planetas, modificaron la trayectoria de los dos diminutos mundos centrales y les robaron la mitad de sus lunas.

Todo esto sucedía en la cuerda, en la realidad paralela que los ingenieros habían aislado para este evento celestial de tal magnitud. Mientras tanto, la vida continuaba como siempre en el proyecto, la cosa andaba casi normal en P. Si no hubiera sido por el holograma del planeta visitante, que flotaba sobre los cielos de P exhibiendo un espectáculo grotesco, algunos ni se habrían enterado de la que se salvaron.

A Marius le tocaba levantarse temprano. Estuvo leyendo hasta tarde y restaban cuatro horas en el proyecto antes de tener que empezar a funcionar de nuevo. Decidió dormir nueve horas, así que usó su aguja para descoser los hilos del tiempo. El algoritmo se acomodó rápidamente y lo ubicó en un bucle de nueve horas que se podía interrumpir en cualquier instante. Marius lo dejó programado para terminar a las cinco, hora del proyecto, y así tener tiempo de ducharse y tomar desayuno con calma. Estuvo leyendo un par de horas más y en total durmió siete. Se dio una ducha y se animó a tomar cuarenta segundos de criogenia. Salió electrizado del gas y desayunó. Después de las frutas bebió un café de Castro, aquel planeta donde producían el estimulante. La infusión lo ayudó a redistribuir su energía en niveles sutiles, amplió su espectro de percepción y agudizó su poder de concentración. Podía recitar el número Pi durante minutos enteros cuando se duchaba después de un café de aquellos. Necesitaba estar presente para transportarse con precisión a través de la red. Marius se desplazaba con fluidez a través del tejido del tiempo y el espacio. Algunos tenían dificultades o habían aprendido muy tarde y utilizaban otros métodos más sofisticados, pero para él, tal como para muchos otros, era como caminar.

El truco para trasladarse por la red, que era así como llamaban al tejido misterioso, a la trama del tiempo y el espacio, debía inculcarse durante la más tierna infancia, el momento en que la persona está aún en contacto con los dioses, según algunos autores. La técnica era enseñada a través de cantos y juegos, y los maestros acompañaban a los niños en sus viajes iniciáticos, y se divertían con las elecciones espacio-temporales de los infantes, y compartían el asombro de las cosas que veían, de las civilizaciones y eventos que atestiguaban. Eso era lo esencial, y requería práctica y una guía bondadosa. Cuando el niño crecía afloraba la razón, y el contacto con los dioses se debilitaba, según los citados autores. El intelecto más desarrollado permitía un control más refinado de los movimientos, y entonces ya pasaba a formar una segunda naturaleza. El proceso operaba de manera espontánea y solo se veía afectado por el cansancio, la enfermedad o el uso de ciertas sustancias.

En las escuelas de P se enseñaba a transitar por la red, y venían estudiantes de todos los confines de los universos conocidos a aprender la técnica, o los niños nacían aquí después de un riguroso proceso de selección de las familias. Solo se abrían cien cupos cada cinco años y había dos ciudades enteras dedicadas exclusivamente a la recolección, selección y procesamiento de los datos que darían forma a la carrera por la admisión, y no hacían más que eso, por lo tanto su economía florecía. También era P la cuna de los más singulares ingenieros, que eran solicitados en todos los rincones de las galaxias, pero la mayoría prefería trabajar en su planeta natal. La academia donde se formaban tales ingenieros contaba con un renombre universal y en ella se admitían raramente extranjeros.

Marius partiría a las seis hacia la zona de los lagos, cerca de la latitud cero, que era donde se presentaban las anomalías más severas. Ese era su trabajo, inspector de anomalías. El cargo era una investidura concedida por la corona y tales inspectores trabajaban codo a codo con los ingenieros. Marius no quiso ser ingeniero porque éstos tenían fama de pasarse la vida en los desiertos, y se podían reconocer de inmediato por el color bronceado terroso de su piel. A él no le gustaba la aridez. Había viajado y los bosques que descubrió en sus recorridos, en planetas lejanos con atardeceres rosados, lo habían cautivado de manera irremediable. Después de aquellas selvas, de aquellos ríos, no se podía conformar con el cementerio de tal páramo. Pero amaba a P a su modo, de lo contrario se habría radicado en otra parte. 

La cita de Marius era a las seis, y a las seis menos cuarto estaba listo para salir. Tardó unos cinco segundos en llegar y se proyectó con precisión milimétrica sobre el sofá que le tenían preparado, junto a una mesa baja donde había una taza de café normal. El despacho estaba decorado con sobriedad y ocupaba una planta libre en un edificio flotando a gran altura sobre el terreno. La visión exterior estaba activada al cien por ciento y entre los muebles y las plantas se veían a través del piso del despacho unos lagos rojizos y otras extensiones de sal rosada que antes almacenaban agua. La vista se perdía en la lejanía y la apariencia del paisaje era más bien desértica. La figura del planeta visitante dominaba el horizonte y parecía que iba a chocar contra el cristal. Ocupaba gran parte del cielo y se veían sus tormentas, sus volcanes, sus cráteres, sus grietas y las líneas oscuras que lo surcaban de aquí para allá. Todos sabían que se trataba de un holograma pero costaba acostumbrarse y muchos utilizaban filtros para no verlo. Marius sintió un molesto zumbido en los oídos y se produjeron los saludos de cortesía. Él y su anfitrión bebieron café y se quedaron mirando el paisaje. Se encontraban a una altitud considerable, pero Marius estaba confundido por el color del cielo. 

—Los gases letales se han esfumado —dijo el encargado, como adivinándole el pensamiento.

A continuación explicó el motivo por el cual era requerida la presencia de un inspector de anomalías. Marius estaba al tanto de la proeza de los ingenieros y los detalles en lo respectivo a las desviaciones que se filtraban hacia el proyecto desde la cuerda del desastre. Él entendía que la zona de mayor inestabilidad era el cinturón ecuatorial, y también sabía que se presentaban dificultades con los generadores, pues la alta radiación volvía aún más inestables a los elementos necesarios para obtener energía por dispersión. El suministro se interrumpía en intervalos intermitentes, poniendo en riesgo toda la operación de investigación.

Le informaron que había problemas con la presión superficial, y que las placas telúricas se habían trizado, y que los lagos se habían escurrido hacia capas freáticas profundas, y que llovían piedras y desperdicios humeantes, y que los animales estaban muriendo, y que los vientos constituían un problema, y que estallidos sónicos habían dañado los aparatos de medición. Hasta aquí se oía todo normal, salvo algunos detalles como lo de los lagos en fuga y las ondas de choque, pero aún nada como para justificar su presencia. El encargado le leyó la mente nuevamente y le dijo que se estaban enfrentando a una descompensación fantasma, una irregularidad en la red que no arrojaba lecturas en los instrumentos y solamente se notaba por una distorsión óptica. Como un espejismo en el desierto, dijo el tipo, y se puso de pie y tocó el cristal con el dedo, indicando un punto en la distancia donde el aire parecía bailar.

Marius no lo había notado en un comienzo, pero ahora resultaba imposible apartar la vista de aquello que parecía un enjambre de amebas suspendido en el cielo verdoso. La capa producía una aberración en el campo visual afectado por ella. El coloso se veía difuso y no se podía distinguir si los lagos allá abajo estaban secos o aún contenían agua. Ahá, dijo Marius, no sin cierta sorpresa, mientras creía ver algo como unos hilos en el cielo, y entonces el encargado le dijo que este evento había atraído algo desde la región de los hielos. Marius se extrañó, pues aunque entendió lo que le estaban diciendo no conocía de ningún caso en que aquellas molestas entidades hubiesen escapado de ese sector de P, ya que por algún motivo evitaban la luz a toda costa, eso era sabido.

—Entonces de qué estamos hablando? —quiso saber Marius.

—Estamos hablando de arañas blancas —dijo el encargado, con una voz seca.

Marius había desarrollado un talento especial que afloró en su niñez, una habilidad para contactarse con seres multidimensionales. Sus maestros notaron esto y lo separaron de sus demás compañeros. Fue incluido en un grupo selecto y recibió entrenamiento para aprender a interactuar con estas entidades de manera segura. Más adelante manifestó vocación por el servicio público y entró a la academia, donde se graduó con honores y luego recibió la investidura oficial. Durante los primeros años de formación aprendió las mismas cosas que los ingenieros, pero su atracción por lo oculto y su habilidad singular lo impulsaron a elegir la carrera de inspector. Durante los dos últimos ciclos lectivos se sumergió en aquel mundo misterioso que envolvía a los inspectores. Sus tutores le enseñaron extrañas técnicas de meditación y control anatómico. Podía gobernar el sueño o mantenerse despierto durante días. Desarrolló resistencia a temperaturas límites. Aprendió a adaptarse a gravedades extremas y cambios bruscos de presión por medio del dominio de su propia tensión corporal y respiración. Adquirió la capacidad de ordenar sus recuerdos y pensamientos de una manera excepcional. Aprendió a moverse de manera voluntaria deslizándose hacia planos superiores de la consciencia, ajustando su percepción para mantenerse siempre atento. Le enseñaron técnicas para atraer entidades residuales que se filtraban a través de las dimensiones, le mostraron cómo protegerse de ellas, cómo neutralizarlas y evaporarlas usando un agujero de antimateria. Le mostraron las rarezas de las alteraciones en la red, causadas por cuerpos gigantes, estrellas en explosión y otros eventos arcanos de gran magnitud. Aprendió a manipular elementos inestables que alteraban el tiempo y la gravedad a su alrededor. Se entrenó en el manejo de las partículas más pequeñas de la materia, que contenían universos propios en su interior y desafiaban constantemente las leyes conocidas. Se le reveló la manera de operar el tejido del tiempo y del espacio, y a modificarlo sin alterar su delicada estabilidad. Se le confiaron misterios profundos sobre la vida y la creación y le implantaron un dispositivo que le impedía conocer el momento de su muerte.

El tema de las arañas blancas lo estudió con gran interés. Estos seres pertenecían casi al mundo de la mitología. Unos polémicos informes consignaban la aparición de estas entidades en los confines de una galaxia cercana, junto al cinturón de los gigantes. Supuestamente destrozaron un par de planetas, pero no existían registros y la comunidad científica se mostraba por lo mismo reticente a admitir siquiera la posibilidad de su existencia. Estos seres no eran más que una fábula, una fantasía de trovadores, así argumentaban los eruditos. La evidencia se limitaba a descripciones en versos primitivos y a la mención del fenómeno en aquellos reportes cuya validez científica había sido puesta en duda una y otra vez. Finalmente, en un planeta al centro de la galaxia lograron aislar tres ejemplares en una jaula especial que requería una cantidad enorme de energía para mantenerlos atrapados. Los especialistas más destacados venidos desde todos los rincones los estudiaron concienzudamente, aunque no lograron inferir gran cosa. Tuvieron que admitir a regañadientes la existencia de estos seres, pero descartaron tajantemente la tesis de la presencia de arañas gigantes y calificaron como pertenecientes al folklore aquellos relatos de monstruosos arácnidos pálidos saliendo de un vórtice dimensional para lanzarse a la cacería de planetas. Los ejemplares en cautiverio eran diminutos y el experimento fue suspendido debido a su alta peligrosidad y al ingente uso de energía requerida para estabilizar la jaula, cantidad suficiente como para alimentar a un planeta pequeño. Finalmente los disolvieron y quedaron nada más que los registros, los informes, estudios, teorías contrapuestas y riñas entre los eruditos. Marius quedó sorprendido con las declaraciones del encargado y pensó de inmediato en la desaparición de los gases letales, y en las ondas de choque, y se preguntó si aquel espejismo en el desierto realmente sería una tela de araña, y se le erizaron los pelos de la nuca.

—Cuándo las detectaron? —preguntó Marius.

—Ayer en la tarde —respondió el encargado.

—De verdad? —esta pregunta se la hacía Marius más bien a sí mismo, mientras notaba algo en el cielo, unas formaciones ovaladas como estratos delgados— Cuánto tiempo tenemos?

—Cuarenta minutos —dijo el encargado, luego apuntó hacia las nubes—. Se viene una tormenta. Los instrumentos confirman que es grande.

Marius sabía que en condiciones de inestabilidad como las presentes, y sobre todo frente al evento de visitantes interdimensionales, quedaba excluida la posibilidad de utilizar un bucle temporal, y tragó saliva al pensar en esto. A continuación se produjo un movimiento en el cielo. Cambió el color del espejismo que flotaba en el aire y asomó de él un filamento blanco tan largo como un lago, una especie de alambre peludo que aumentaba en longitud mientras se recortaba nítidamente contra la silueta ocre del coloso suspendido en el firmamento. El encargado se puso notoriamente pálido y en adelante ya no dijo más nada. Los ingenieros estaban teniendo problemas para controlar a las arañas mientras intentaban mantener la estabilidad de la cuerda paralela, y si las leyendas eran ciertas (aquella fantasmal aparición asomando de un borrón en el cielo frente a sus narices las estaba confirmando), una vez que se formaba la tela de araña era cuestión de minutos u horas hasta que estos parásitos se abriesen paso hacia el núcleo del planeta huésped para agrietarlo con una implosión. Luego generaban un evento de magnitud inversa y el planeta se desintegraba. Nadie sabía por qué hacían esto ni cómo, y los versos se referían a esta parte con metáforas enigmáticas. Marius se ajustó un traje de seguridad y se aperó con cápsulas que contenían refugios, agua, comida y aire purificado, además de su aguja, la única y enigmática herramienta de los inspectores, un híbrido, una quimera entre la tecnología y la divinidad. Una reducida comitiva lo acompañó hacia los límites de lo que ahora era un desierto. El paisaje se veía de un color anaranjado y los vientos y la presión ya habían cambiado. Recibió un apretón de manos, le desearon buena suerte y luego desaparecieron dejándolo solo.

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Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

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