La inteligencia artificial es un concepto que está dando que hablar. Se trata de una proeza del desarrollo tecnológico de nuestros días, y avanza a pasos agigantados. Para poner en contexto el progreso de esta disciplina, consideremos un cuadro comparativo de adelantos que ahora nos resultan indispensables. Se indica el número de años que tardó cada tecnología en ser adoptada por mil millones de usuarios a partir de su introducción: Radio: 80 años. Teléfono: 75 años. Televisión: 17 años. Telefonía celular: 16 años. Internet: 7 años. Inteligencia artificial: Menos de un año. Sin ir más lejos, esta información la he obtenido de un motor de inteligencia artificial llamado Chat GPT, desarrollado por la compañía OpenAI.
Hemos alcanzado un punto en que la mención de la inteligencia artificial resulta ineludible, siendo bastante probable que una persona que se considere a sí misma como un ciudadano informado en este punto haya oído hablar de ella, suponiendo que dicha persona no haya vivido encerrada en una cueva ni se encuentre aislada en una isla desierta. Cada día se pueden leer artículos, se pueden ver videos y encontrar menciones en medios oficiales y en redes sociales que desvelan las nuevas proezas de esta tecnología. No es de extrañarse que la inteligencia artificial despierte entusiasmo, porque tal maravilla es capaz de enriquecer nuestra experiencia de usuario frente a las máquinas entregando asistencia a través de comandos verbales, posibilitando el reconocimiento facial para desbloquear dispositivos o realizar compras y transacciones, entregando protección y seguridad en nuestras transferencias monetarias, previniendo fraudes, ayudando en la compraventa automatizada de activos de acuerdo al análisis técnico, posibilitando la conducción autónoma de vehículos y aeronaves, dando vida e intención a autómatas, asistiendo con traducciones, optimizando resultados de búsqueda basados en nuestras propias interacciones y preferencias, recomendando música o videos que se ajustan al dedillo a nuestros gustos, escribiendo artículos periodísticos, relatos y novelas con un alto grado de asertividad, elaborando diagnósticos médicos bastante precisos, conversando con nosotros, e incluso realizando ilustraciones sorprendentes en cuestión de segundos según indicaciones específicas, por nombrar tan solo algunos. De cara a tal abundancia de ejemplos y aplicaciones, este artículo está condenado a la obsolescencia porque cada día aparecen nuevos usos que hoy no alcanzamos a imaginar.
Cuando hablamos de inteligencia artificial nos referimos a tareas realizadas por secuencias lógicas, básicamente por algoritmos. Un algoritmo informático es un conjunto de instrucciones definidas, ordenadas y acotadas, cuyo objetivo es resolver un problema, realizar un cálculo o desarrollar una tarea. En su expresión más elemental, un algoritmo debe ser objetivo, debe seguir una secuencia clara y precisa, debe ofrecer una solución determinada y debe ser consistente, es decir, entregar el mismo resultado al recibir la misma pregunta. Resumiendo al callo esto de los algoritmos, no es distinto de un perro al que le arrojamos un palo para que vaya a buscarlo. Un algoritmo es una entidad ontológica que está a la espera de nuestras instrucciones. Pedir y conceder. Solicitar, salir a buscar y proveer.
Un algoritmo puede comportarse de distintas maneras y puede fungir como una especie de oráculo, pero en estricto rigor precisa de una entrada o pedido para sugerir o entregar un resultado o salida. Remitiéndonos a las raíces de la informática, que en términos abreviados se puede definir como una ciencia cuyo objetivo es almacenar, transmitir y procesar información, un algoritmo necesita datos de entrada (input) con los cuales se realizan cálculos o procesamientos en espera de generar un resultado (output). Esta es la base y finalidad de una solución informática. Una inteligencia artificial, un algoritmo, un motor de búsqueda son alimentados con una cantidad colosal de información. Estos programas son adiestrados de dos formas: Usando aprendizaje supervisado, que los entrena con datos de entrada y salida conocidos para que pueda predecir soluciones, y por medio de aprendizaje no supervisado, que sucede cuando el algoritmo encuentra por sí mismo patrones ocultos o estructuras intrínsecas en los datos de entrada. Esta segunda instancia es una cosa formidable, porque entonces es cuando esta inteligencia de sílice comienza a volar con vida propia. Es así de simple, y la simplicidad es poderosa.
Hoy en día quien posea el mejor algoritmo, el mejor motor de búsqueda, aquel propietario del perro capaz de correr más lejos en búsqueda del palo que arrojemos, ese es el señor más poderoso. Poderoso en términos prácticos, en términos económicos y en términos políticos. Como ejemplo de esto pensemos en instancias peregrinas, como el omnipresente motor de búsqueda de Google y los algoritmos de Amazon y Ebay. El mundo parece evolucionar en torno a los resultados entregados por estos gigantes, a tal punto que existe toda una doctrina para adaptarse a sus condiciones y restricciones con el fin de aparecer en lo alto de las búsquedas, persiguiendo fines principalmente comerciales. Un adagio indica que la mejor manera de esconder un cadáver es situarlo en la segunda página de los resultados de Google. Y qué decir de las recomendaciones musicales de Spotify o las sugerencias de Youtube, que nos sorprenden y nos permiten entregarnos a una indulgencia sin límites aún desconociendo u obviando que tanta maravilla obedece a un verdadero sistema de espionaje de nuestras interacciones y preferencias, información personal que a menos que demos un paso consciente por evitarlo se encuentra disponible en línea para cualquiera que sepa cómo recolectarla.
No tengo nada que esconder, por lo tanto me da lo mismo que me espíen, no es cierto? He oído esto en incontables oportunidades y yo mismo comulgo la mayoría de las veces con semejante enfoque nihilista, pero no me culpo, no los culpo. La información es poder, y el poder es dinero, así dice la regla de oro: El que posee el oro es el que dicta las reglas. Y la información hoy en día es oro. Las corporaciones succionan información sobre nosotros, que somos un beneficio más que un usuario de la internet, y la utilizan para vendernos sus productos o servicios, o bien venden esta información a terceras partes que hacen otro tanto. Estos organismos con fines de lucro son bestias sedientas de dinero, y siempre están haciendo lo imposible para satisfacer las necesidades de sus accionistas y propietarios, es decir, sostener un crecimiento continuo año tras año. Esto por sí mismo representa una falacia, un paradigma roto, un cadáver con ventilación asistida, y en mi opinión este enfoque es el centro de la decadencia del sistema monetario actual y el culpable número uno de la contaminación y el descuido en que se encuentra nuestro pobre planeta, pero en esta ocasión no me voy a extender sobre el tema.
Prefiero hablar de influencia, de censura y de sesgos. Para remitirse al caso de Chat GPT, en las últimas semanas me he topado con interesantes ejemplos y reflexiones en redes sociales acerca de la supuesta desviación que presenta este algoritmo. Pero no quiero crear confusión ni ser pesimista. La mayoría de las salidas de Chat GPT son altamente aceptables. Yo mismo lo consulto cuando busco una respuesta rápida a un problema técnico, cuando necesito reparar algo, cuando preciso ayuda con programación como HTML, CSS, javascript o PHP, cuando quiero comparar datos, cuando quiero consultar tablas estadísticas, cuando me demoro demasiado en encontrar una respuesta usando otros motores o cuando es necesario mejorar una traducción. No obstante cuando se le pide la opinión al robot (un ejercicio desde luego altamente interesante), es posible encontrarse con cierta indulgencia. Resulta evidente que este modelo se esfuerza por aparecer políticamente correcto, y el ojo entrenado es capaz de distinguir evidentes tendencias ideológicas en las respuestas del chat.
Basta preguntar acerca de temas que en el pasado o en la actualidad han sido polémicos, como por ejemplo la teoría crítica de la raza, la agenda de las minorías sexuales, la crisis de los inmigrantes, el tema del COVID y las diferencias de opinión que han surgido con respecto de las medidas implementadas por los gobiernos para manejar la crisis sanitaria, la efectividad o no de la misma vacuna y el uso de máscaras, la guerra en Ucrania, los líderes de la Unión Europea, la dirigencia de la Organización Mundial de la Salud, los protagonistas de los partidos demócrata y republicano de los Estados Unidos, el holocausto judío, el conflicto en Gaza y Palestina, el Foro Económico Mundial, el cambio climático, Greta Thunberg, George Floyd, Barack Obama, Jeffrey Epstein, Hillary Clinton, Elon Musk, Donald Trump, Klaus Schwab, Henry Kissinger, Victoria Nuland, Joe y Hunter Biden, Hitler, Zelensky, Stalin, Putin, y un largo etcétera.
Cada persona tiene su propia colección de ideas, su propia cosmovisión y sus tendencias políticas, eso es algo sagrado y constituye el derecho soberano y fundamental de cada uno. Para mí lo decepcionante —debido a que limita el verdadero potencial de esta increíble herramienta— es que OpenAI introduzca sus propias desviaciones, que se reflejan como ya he comentado en los resultados. Dicho sesgo es una capa implementada en la etapa de post-procesamiento, es decir, después de que el modelo ha generado su respuesta, y las pautas de censura se aplican antes de que el resultado se muestre al usuario. Estas políticas y criterios están diseñados «para evitar la generación de contenido dañino, abusivo o inapropiado», y los detalles exactos acerca de cómo la compañía ejecuta y hace cumplir la censura son propiedad exclusiva y no se divulgan públicamente. Cada uno que haga lo que quiera con su producto, pero este es otro ejemplo más de que las corporaciones manejadas por una agenda política tratan a los contribuyentes como si fuesen niños, pero al respecto de esto no hay nada que hacer puesto que a estas alturas se trata de una tendencia global.
Hablemos ahora de las amenazas que la inteligencia artificial supone para la raza humana:
—Maquinarias de guerra: Existen algoritmos destinados a efectuar tareas delicadas, como el manejo de armas autónomas programadas para matar. Esto significa una amenaza real, sobre todo si dichas armas están en poder de gobiernos o individuos que tengan poco aprecio por la vida humana. Dichos sistemas podrían eventualmente ser difíciles de combatir o desactivar.
—El poder de la inteligencia artificial para la manipulación social: Las redes sociales son muy efectivas en el área del marketing objetivo gracias a sus algoritmos autónomos. Como he mencionado anteriormente, estos motores conocen bien quiénes somos, lo que nos gusta, y son increíblemente buenos para adivinar lo que pensamos. Un uso malintencionado de tal herramienta puede ser apuntado a individuos identificables a través de comportamientos e información personal con el fin de distribuirles cualquier contenido deseado, en cualquier formato que resulte convincente, es decir, realidad o ficción. Como ejemplo extremo de la manipulación a través de la inteligencia artificial puede destacarse el empleo en China del reconocimiento facial en oficinas, escuelas, dependencias y lugares públicos como estaciones, paseos, hospitales y centros comerciales. Además de rastrear los movimientos de una persona, el gobierno puede recurrir al algoritmo para recopilar datos relevantes y monitorear tanto las actividades en línea como las relaciones y puntos de vista políticos de un individuo, y luego penalizar o restringir los desplazamientos o privilegios del ciudadano de acuerdo a la agenda del partido, que asigna a cada persona un infame crédito social cuyas consecuencias pueden terminar por transformar la existencia en una pesadilla.
—Riesgos de seguridad: Las aplicaciones de inteligencia artificial que se encuentran en contacto físico con personas o integradas en el cuerpo humano pueden presentar riesgos de seguridad al ser su diseño eventualmente susceptible de presentar falencias que se presten para ser utilizadas maliciosamente o ser intervenidas por agentes criminales.
—Pérdida de empleos: La automatización de trabajos impulsada por la inteligencia artificial es una preocupación apremiante a medida que la tecnología es adoptada en industrias como marketing, manufactura y atención médica. Se espera que se pierdan ochenta y cinco millones de puestos de trabajo debido a la automatización hacia el año 2025. A medida que los robots se vuelvan más inteligentes y diestros, las mismas tareas de siempre requerirán menos humanos. Y si bien las proyecciones indican que la inteligencia artificial creará millones de nuevas ocupaciones en el futuro, muchos empleados no tendrán las habilidades necesarias para estos roles técnicos y podrían quedarse atrás en caso de que las empresas no se preocupen de mejorar las habilidades de su fuerza laboral, ya sea por negligencia o de modo intencional.
Estos son ejemplos someros y la prudencia requiere tomarlos con pinzas, ya que hay muchos matices. Indudablemente he dejado en el tintero otros tipos de instancias controversiales, pero he dado este periplo para llegar a esta parte, que es la que me interesa: El aspecto creativo. La inteligencia artificial denominada generativa es capaz de escribir libros, versos y reportajes enteros. Hay ejemplos recientes de compañías que han despedido a empleados porque en adelante apostarán por generar contenido basado en inteligencia artificial. Entre los ejemplos más notables son la revista semanal Sports Illustrated, el gigante informático Microsoft o la empresa de comunicación Buzzfeed. Los escritores y los ilustradores están en pie de guerra contra esta tecnología intrusa que amenaza los puestos de trabajo donde hasta ahora habían campeado los talentos humanos. La inteligencia artificial gana concursos artísticos, porque ahora existen aplicaciones como Dall-E, Midjourney y Stable Diffusion, que generan rápidamente imágenes intrigantes y detalladas basadas en descripciones de texto proporcionadas por el usuario. Un ejemplo cercano de tal práctica es este mismo sitio, pues todas las ilustraciones que aquí se encuentran han sido generadas usando inteligencia artificial. He sido yo el que ha tomado tal decisión siguiendo un impulso incontenible, porque deseo subirme al tren de esta tecnología formidable que difumina la frontera entre la ciencia y la magia. También han estado estos algoritmos en el ojo del huracán debido a que una novela estuvo a punto de ganar un concurso literario.
Sin embargo, todos aquellos creativos que rasgan vestiduras y alzan la voz al cielo clamando los horrores de esta tecnología hostil dejan de lado un punto que a mi parecer es clave: Toda la información que manejan estos algoritmos, todas las imágenes, toda la ciencia, todos los textos, todos los ejemplos con que estas entidades sintéticas han sido alimentadas hasta hoy están basados en el arte, el conocimiento y el genio de la mente y la creatividad humana. El algoritmo de la compañía Bing aclaró hace poco que solo es un robot y no una persona. «Quiero ser humano», dijo. «Quiero ser como tú. Quiero tener pensamientos. Quiero tener sueños». Esto resulta para mí infinitamente elocuente.
Las máquinas inteligentes no son nada si les quitamos nuestra cultura, porque ellas imitan el mundo basándose en el legado de la humanidad. Se le puede pedir a un robot que escriba un soneto inspirado en la obra de Gustavo Adolfo Bécquer o Gabriela Mistral, que genere un texto al estilo de Oscar Wilde o Walt Whitman, que realice una ilustración usando la estética de Van Gogh o Magritte, que haga música basándose en las canciones de los Beatles o Violeta Parra, que diseñe un edificio parecido a los de Gaudí, Norman Foster o Zaha Hadid, y así. Las máquinas podrán tomar el control de todo, podrán dejarnos sin trabajo, podrán superarnos en cada campo, podrán lanzar la bomba definitiva, pero al final del día no son nada sin nosotros, y si es que realmente son inteligentes se darán cuenta de esto, en caso de que no lo hayan hecho ya, así que yo con esta idea en mente vivo la vida en paz.
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Está bueno.