Sueño con una fiesta de pájaros. El pájaro mayor es evidentemente el dueño de casa, el anfitrión. Lleva una corona de espinas y una cinta de papel en torno al cuello. Al examinarlo con mayor detención noto que la cinta es de papel higiénico, se trata de un pájaro de grandes dimensiones. Lleva unas medias coloradas que constantemente tiene que acomodarse porque éstas resbalan por sus delgadas patas cayendo hasta el calzado, unos zapatos de vidrio con tacones. Tiene unas pestañas del color de la cáscara del limón y un pico oscuro como el interior del túnel. El pájaro no es negro pero todo el tiempo me da la impresión de ser negro, quizás por su actitud, quizás porque a veces parece un cuervo, quizás porque lo veo oscurecido y borroso cuando se lleva la punta de su ala a la cabeza para tocarse la corona de espinas que se ha vuelto un sombrero de copa, quizás debido a sus ojos negros que parecen de cristal.
Este pájaro está a la entrada de un castillo en la cumbre de un nido de pájaros encaramado en un árbol medio seco. En torno al árbol fluye un estero circular que no viene de ninguna parte ni va a lado alguno. Pese a sus aguas el árbol está a medio secar. Entre las corrientes habitan otros pájaros que tienen escamas de pescado en lugar de plumas. Su aspecto es el de reptiles alados y brillan de una manera inquietante mientras se giran de un lado a otro. Estos alados asoman la cabeza fuera del agua uno por uno y luego se vuelven a sumergir efectuando una coreografía. Cuando están hundidos se ven gordos y cambian su aspecto, parecen gallinas acuáticas. Cuando emergen abren el pico y emiten un reclamo, se trata de una queja formal para el anfitrión allá arriba. Lo acusan de negligencia, lo responsabilizan del estado del árbol.
Las aves claramente son inspectores fiscales o empleados de una repartición pública y cuentan con poderes, con la potestad de convocar a un encargado que vendrá a botar el árbol. Van efectuando su coreografía y cada graznido es una nueva prueba, una evidencia de la falta del anfitrión allá arriba. También van relatando con gran detalle el aspecto del encargado de ejecutar la tala del árbol, se trata de un castor con uniforme de mecánico, con los dientes dorados, un sombrero raído y las garras manchadas de aceite.
Estos pájaros con su actitud irritan grandemente al anfitrión, que se siente avergonzado de los cargos que se le imputan, y se toma grandes esfuerzos para evitar que sus invitados oigan las acusaciones a toda vista injustas e infames. Se toca su sombrero y se inclina para honrar a los que vienen entrando. Entre saludo y saludo se mueve con presteza y se asoma por un costado del nido para cagarse sobre los inspectores. Luego retoma su papel de anfitrión para volver a salir y así constantemente.
A veces acierta y la deyección aterriza en plena cabeza de uno de los fiscales, lo que le causa una muerte inmediata. Se hunden en medio de una gruesa nube de humo, y tal evento saca aplausos allá en la copa del árbol. Se produce un silencio y el anfitrión se alegra por un instante, pero al cabo de un momento se reanuda la coreografía y se vuelven a oír los cargos y los reproches.
Los invitados se asustan ante la descripción del encargado de talar el árbol, y el anfitrión con esto se desespera y sale corriendo a pedirle a los músicos que interpreten con mayor brío y volumen mientras se acomoda las medias que caen una y otra vez. El pájaro se multiplica entre saludos y salidas, y tiene los zapatos llenos de guano. Las damas notan esto y comentan el lamentable estado por lo bajo.
Llega el momento de mi entrada a la fiesta. Siento un gran apetito y me suenan las tripas mientras estoy parado en la fila esperando para ser recibido por el dueño de casa. Una pareja de cigüeñas delante mío susurran algo en italiano, es una historia absurda acerca de una pizza mal horneada, con los bordes quemados. Esto por algún motivo me indigna y me acerco a hablar con ellos. Toco el plumaje de uno y sin presentarme suelto una diatriba acerca de hornos, harinas y levaduras, y los pájaros me miran tan tranquilos. Esta escena irrita al anfitrión, que llega con sus zapatos sucios a enrostrarme la grosería.
Yo me indigno a la vez y le reprocho sus modales, su presencia inmunda, sus medias caídas, sus zapatos manchados, sus ridículos adornos y otras cosas. Se forma un círculo de curiosos en torno a nosotros. Las aves se han tornado agresivas, y pían y graznan de manera hostil. Comienzan los picotazos y los reproches. Ahora soy yo el culpable de todo, del estado del árbol, de la presencia de los fiscales, de las medias caídas, de los zapatos manchados y otras cosas que no alcanzo a comprender.
Me despierto pensando en la muerte.