La vista de la bahía es magnífica. Parece como si el cielo y las olas fuesen cosas iguales, es una mezcla de plateado y dorado lo que se ve cuando se acerca la puesta del sol. El mar se muestra manso, las palmeras están por todos lados y el aroma que sube de la costa durante la tarde se cuela por las ventanas del norte, que se manejan siempre abiertas. A lo lejos se ve el resplandor del agua, los pescadores con sus barcas, la gente en la playa y sobre el horizonte se recortan las siluetas de buques que navegan de aquí para allá. El conde está ensimismado mirando la ensenada y desearía tener un cigarro en estos momentos. Se encuentra sentado en el sillón gris, que tiene uno de los brazos estropeados, y le da la espalda a la monumental chimenea de la sala, que jamás ha necesitado ser usada y hace años está llena de armaduras, cajas y pilas de basura que se llenan de polvo y nidos de ratones.
El problema de las ratas es intenso en el castillo. Las instalaciones del alcázar son famosas en la región por ser las únicas que sufren de la molesta presencia de los roedores, porque los problemas de los vecinos son otros. Ellos batallan contra los mosquitos, las arañas, las culebras y los forajidos armados. Los ratones que abandonan el castillo mueren casi todos en el foso. Allí los recogen las gaviotas, y los pocos que logran sortear el puente son liquidados por los cangrejos y las enfermedades. No hay a quién pedirle algo de fumar porque las finanzas del noble se encuentran por el suelo y por lo tanto los empleados escasean. Hacen lo que quieren con su patrón, le echan la culpa a las alimañas, tienen la desfachatez de andar de fiesta y en general apenas si se aparecen por la sala para atender las necesidades de su amo. El conde odia el calor y cada día al despertarse con la niebla y las cigarras anhela su era de esplendor en las tierras del norte, desde donde tuvo que huir superado por las deudas y las traiciones. Lo peor es el momento del mediodía después del tercer café, cuando los edificios y las calas se quedan en silencio por culpa del sol, entonces no se ven ni los forasteros. Las ratas se vuelven especialmente agresivas en este intervalo. Atacan a los encargados de las flores, roban y estropean lo que sea que haya en las dependencias, se orinan en las camas y desde las diez en adelante lo único que hacen los empleados es tratar de poner en raya a los nocivos roedores para evitar que se queden con la comida y acaben con los muebles y la ropa.
El castillo es una edificación suntuosa que domina un promontorio y destaca como un tumor entre el paisaje de chozas y dependencias de caña y madera. El edificio conoció tiempos mejores. En sus salones y aposentos campean las telarañas y los paños arruinados por la sal y el calor. Los cuadros y las heráldicas están cubiertos de polvo y los candelabros están a mal traer porque el viento los bota al suelo diariamente. Tiene torres enormes, está rodeado por una trinchera y cuenta con patios y rincones donde se puede estar a gusto en la sombra, pero el conde raramente visita aquellas partes del castillo debido a temores y leyendas, porque esta es tierra de maldiciones y piratas. El coloso de piedra estuvo allí antes que todo lo demás. Fue construido por mandato del padre del hidalgo. Se trajeron materiales de cada rincón del país y desde costas lejanas, y se realizó una proeza de navegación para acarrear las piedras que habrían de erigir un edificio que se alzó como rival para las construcciones de los conquistadores. El inquilino llegó a tomar posesión de su flamante morada montado en una embarcación de vela. Venía acompañado de un séquito de criados que tuvieron que sufrir enormidades para transportar los enseres colina arriba. El barco se hundió a pocos metros de la bahía al emprender la navegación de vuelta y desde entonces es una atracción turística.