Según la tradición hindú hubo en tiempos remotos un demonio llamado Apasmara que se dedicó a sembrar el caos y la confusión en el mundo. Apasmara era el diablo de la ignorancia y la oscuridad, y por lo visto cumplió su cometido a la perfección porque los demás dioses se espantaron al ver lo bien que le iba en su tarea de impedir el progreso espiritual y la evolución de la humanidad. Las deidades necesitaban de un héroe para hacerle frente a semejante malhechor, y eligieron para la tarea a un paladín especial, a un dios cuyos títulos eran ni más ni menos que creador y preservador del universo entero. Pero aquellos no eran los únicos galardones del salvador, pues él tenía una personalidad dual. Los dioses decidieron neutralizar al demonio enviándole a un héroe/villano, dado que el adalid aparte de creador era bien conocido como el regente de la transformación y la destrucción. Su nombre era Shiva, y en lugar de apedrear al demonio, cortarle la cabeza, quitarle la piel o achurrascarlo, decidió ponerse a bailar.
La danza de Shiva tenía dos partes: La danza de la creación y la danza de la destrucción. Aquí resulta interesante notar que en los panteones arcanos abundan las deidades capaces de y con ganas de crear y destruir. Esta representación binaria puede parecer contraproducente para el colectivo de la gente moderna tan confundida y tan alejada de lo esencial, pero los antiguos lo consideraban apropiado y delicado. Sin ir más lejos encontramos en los textos de la India a la diosa Kali, una hembra de terrible y atractiva apariencia asociada con el tiempo, la destrucción y la muerte. En Mesopotamia contaban con Tiamat, la deidad principal del caos y el océano salado, mas creador del mundo también. En la mitología japonesa tienen a Amaterasu, la diosa del sol, la creación y la fertilidad. Sin embargo, también poseía ella un poder destructivo capaz de causar sequías y desastres naturales cuando no tenía un buen día. Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de los aztecas es el dios de la creación, la destrucción y el renacimiento. El Zeus de los griegos fue conocido principalmente por su papel en la creación y el gobierno del mundo, pero también era capaz de desatar su poder destructivo cuando estaba enfadado.
Revisando así las cofradías divinas de los cuatro rincones del mundo es factible encontrarse con plétora de dioses cuyos actos y motivaciones eran dignos de encomio, pero bastaba una rabieta para que se llevasen todo por delante usando las piedras, el fuego, el rayo, las mareas, los volcanes y otras cosas épicas. Sin ir más lejos, el representante del judaísmo y la cristiandad aparece retratado como una entidad amable y generosa, pero hacía falta tan solo una mala palabra o un hecho desafortunado para desatar el fuego, las inundaciones o las peregrinaciones por el polvo y la sal.
Volviendo a Shiva, éste había creado el universo con su baile, infundiendo vida y energía en todas las formas vivientes. Usando movimientos gráciles y llenos de alegría divina que simbolizaban el nacimiento y el florecimiento de la existencia. Pero también tenía la facultad de adoptar una forma feroz y destructiva que simbolizaba la muerte y la disolución de todas las cosas en el universo. Empleando movimientos rápidos y apasionados, rodeado por el fuego representando el ciclo de la vida y la muerte, la purificación y la liberación del alma. Así ayudó a sus colegas los dioses. Mientras Shiva danzaba, el poder y la energía emanados de sus secuencias eran tan intensos que todo el cosmos temblaba y la realidad misma parecía desmoronarse. Este tema de las deidades destruyéndolo todo para volver a generar, el equilibrio cósmico oponiéndose a la ignorancia y el caos, es algo que salta a la vista y resulta familiar para el lector.
Cualquiera que tenga conocimiento de yoga sabrá lo severo que es el ritual conocido como la danza de Shiva. Esta secuencia exige un gran esfuerzo físico y requiere cantidades de equilibrio, flexibilidad, coordinación, concentración, presencia y expresión. Alinear el cuerpo y la mente, alinear los centros energéticos, alinear el propósito con la determinación y soltar litros de sudor. El ver las representaciones de Shiva en piedra, lienzo o metal es cosa capaz de ponerle los pelos de punta a cualquier practicante de esta disciplina ancestral, pues aquel sabrá entender el entrenamiento que es requerido para adoptar las posiciones que para el lego aparecen como curiosas o románticas.
Así es como bailando se puede espantar al demonio, se puede recrear una contienda legendaria, se puede fortalecer el cuerpo y el alma incluso sin necesidad de música. Bienaventurados los que bailan solos.