Por qué caminas, a dónde vas. Así le pregunta una mujer al peregrino. Ella aparece de la nada, tiene los labios secos y los ojos amarillos. Tal color ambarino es señal del demonio, el caminante se da cuenta de inmediato de que la hembra lleva una sombra pegada en la espalda. Se queda en silencio pensando en una respuesta, se sienta en una piedra el solitario y cree ver a alguien acercarse, pero no es nada, son los juegos del aire caliente. La mujer va descalza y desnuda de la cintura para abajo. El pelo lleno de cardos, parece un trapo chamuscado. El aliento a podrido y los dientes negros.
Una loca. Se nota que la han apedreado porque su cuero reseco presenta estigmas por arriba y por abajo. Ella habla con el suelo, y en su discusión se aparta unos pasos. Dialogando con fantasmas se orina. Apenas un par de gotas tibias salen de entre su carne deslizándose entre esos muslos que parecen de barro. Se limpia con las manos y con arena, y vuelve con su pregunta. Estoy buscando. Alguien está en deuda conmigo y camino en busca de cobranza, así le dice el solitario a la enferma. Ella se enfurece, le da igual la respuesta, nada más busca la reyerta con el viajero. Se le acerca con las manos abiertas, se para topando su cuerpo con el de ella y lo manosea. Se larga a los gritos, en una lengua inexplicable, una mezcla de toda la demencia, pero el viajero está atento y sabe lo que está sucediendo. Él la empuja y ella cae al suelo, se azota la quijada contra la tierra, sin embargo eso no la detiene y busca una piedra.
El solitario habla con el viento. Mira hacia arriba y observando de reojo a la loca le dice váyanse. Yo los autorizo para lanzarse sobre las fieras, para ser uno con las bestias y provocar el tormento, adueñarse de los huesos rotos y la piedra fría. Y a mí no me cobren nada, porque yo soy aquel a quien le deben. Una gota cae del cielo y los demonios abandonan a la enferma formando remolinos en el polvo, dejando un rastro en el desierto hasta que encuentran a un cerdo, y en él se meten y lo guían hasta hacerlo caer hacia la muerte dentro de un pozo.
Ese es el primer favor que hace el peregrino a la gente, pues él siente una debilidad por ayudar. Ahora la mujer lo sigue a todos lados, y así se van sumando dolientes. El viajero detecta cada sombra, cada bestia fétida nada más viendo las señales, ayudándose con las nubes, consultando a la tierra y al cielo. El caminante es un ayudante, él tiene la facultad de correr el velo. El frío de las noches y la helada del camino le recuerdan constantemente que no hay nada más allá de la unidad absoluta, y es el desprecio total a la muerte su arma más poderosa.
Él ve a la penumbra y su juego vicioso, ve las garras de piedra y los bailes de los atrapados, y es así con órdenes y decretos como manda a los demonios a morder el polvo. Lo hace porque no conoce otros modos, actúa así porque para él es natural, porque él practica el bien para sí mismo antes que nada, y ese es su mayor secreto. En cuestión de semanas hay un grupo de gente que lo sigue en el sol y en la sombra. Juntos levantan el polvo. En conjunto requieren posada y buscan el agua y la cebada. Es un hecho intolerable y los sacerdotes lo envidian. Es por eso que lo mandan a traicionar.