Estoy en la playa. Tomé un bus como en los viejos tiempos. Comparecí en horas de la tarde con mi maleta en una estación de servicio junto al río y allí estaba esperando la máquina. Pintada de verde y naranjo, me llevaría durante la noche hacia el sur. La emoción contenida del viaje, el sandwich frío de jamón con queso, el aroma a aceite y combustible, el perfume de las gardenias, las luces de la costanera, las carreras de los autos, los acantos y los hibiscos, el café que no alcancé a comprar.
Pese a ser verano es el sur, así que no hace tanto calor como en la capital, aunque el sol castiga de manera furiosa. Aquí el que se descuida queda rojo como una jaiba en un santiamén. Por eso yo en lugar de ir directo a la playa preferí empezar con algo para comer. Me duché, luego me afeité y bajé al comedor. Desde allí contaba yo con una vista espléndida al lago, tan grande que parece un mar, y al volcán aquel tan lejano y tan imponente. Mirarlo es como estrellarse contra el pasado, me siento en la era de los dinosaurios. Comí pastel de nata con frambuesas, pan amasado recién horneado con mantequilla casera, café con leche y galletas de avena. Estaba listo para partir a mojar mis pies en las aguas de aquel lago primitivo cuando la naturaleza hizo su llamado. Cosas del aventurero.
Una vez sentado allí pensé que iba a tener que resignarme a leer las etiquetas del champú y cosas por el estilo, pero mi brazo diligente detectó un periódico entre las toallas limpias y dobladas. Un detalle del destino. Leo: «Estafas de los curanderos.» Se trata de una entrevista a una supuesta vidente. La ciudadana ostenta los títulos de entrenadora energética, embajadora de la luz y experta en rituales. Se ufana de ofrecer un servicio espectacular, de tener un gran porcentaje de amarre con la mayoría de sus clientes y de atender en la calle Lautaro número catorce. «Usted jamás encontrará testimonios de que yo haya tratado de curar a alguien mediante encantos o rituales. Para mí es una estafa el tratar de sanar a alguien con la práctica esotérica.»
En esta parte el periodista coge el guante y logra imprimirle un ritmo a la entrevista, disparando preguntas como cuál es su signo del zodiaco, qué hace usted cuando se levanta, usted ve fantasmas, cree en brujos, con quién deja los animales durante las horas de consulta. La vidente pone en su lugar al reportero y retruca: «Es que hay muchos chamanes y curanderos que tratan de sanar con imposiciones de manos, pero eso es una estafa, no le digo. Eso de pensar que algo milagroso sanará al enfermo. Esos son charlatanes que despluman a la gente y los dejan más dañados que antes. Mi consejo es: Si está malo váyase derecho al doctor.» La mujer afirma que nunca ha conocido a un curandero real que sea capaz de sanar una enfermedad con hechizos. El reportero calibra mejor su arte y le pregunta entonces usted cree en Dios, usted ayuna, usted ha tenido problemas con los vecinos. La mujer responde: «Vea, a mí me llegó un paciente que estaba cansado de los calambres, de los dolores, del ibuprofeno, de la manta eléctrica. Se hartó el hombre y se fue donde una curandera. Al final terminó vendiendo dos animales y quedó peor que antes. El caballero vino a verme después de meses y me contó que le echaban caca de gallina en la cabeza. Figúrese. Yo intuí que lo que él necesitaba era un médico, y qué cree: Estaba en lo cierto. El vecino se mejoró y de pasada desenmascaramos a la bruja, qué le parece.»
El entrevistador la encomia y para cerrar le pregunta qué le aconsejaría usted a los lectores. Ella concluye: «Vea, hay gente envidiosa. A mí me quemaron la casa, hay personas que me quitaron el saludo, se me murieron los animales. Ahora estoy viviendo en mi consulta, pero con ayuda del de arriba todo se irá a mejorar. Yo soy una mujer de fe.»