Artistas

Artistas

Hay algo que tienen los artistas, algo que me inquieta. Cada vez que escucho una pieza musical fantástica, cuando veo una escena de película que me roba el aliento, cuando estoy leyendo el capítulo de un libro que me parece infinitamente bueno, cuando me paro frente a un cuadro que me perturba para bien, cuando veo a alguien haciendo gala de virtud verdadera me pasan cosas. Sobre todo con la literatura, especialmente con la música. Por qué. Cómo es posible que alguien tenga tanto talento. Eso es lo que pienso.

La música es terrible porque basta apenas un trago de alcohol o un estado inestable para derramar las lágrimas. Son lágrimas de indignación, de rabia, de envidia y de tristeza. En ese orden. Por qué estos seres dominan la ciencia de lo inexplicable de un modo tan categórico. Cómo es posible que se paseen por la corte de lo abstracto de esa forma, qué es lo que tienen para lograr esa fineza clínica. Es una sensación de vulnerabilidad.

No hay derecho que alguien venido desde el pasado, desde otras tierras o incluso desde la muerte sea capaz de tocar una fibra tan delicada en mi interior. Eso es lo que pienso. Pero me reconforto, porque al final de eso se trata el arte. De remover cimientos, de remecer, de provocar algo. Sacudir el polvo de la apatía. Pensándolo bien, llegar hasta tal extremo es sepultar a todos los artesanos que no logran nada, aquellos incapaces de ir más allá de la piel con sus trabajos. Los artistas que tocan el hueso descalifican a los que rebotan en la piel, pero aquellos últimos están allí para diluir la concentración de grandeza, porque no solo de obras maestras puede vivir la gente, porque cada bocadillo magistral necesita un acompañamiento. Así es la cosa.

Me habría gustado ser artista por una temporada. Caminar desde la playa hasta el departamento con los pies descalzos, comer carne en la terraza y organizar una fiesta tóxica, invitar a gente nihilista, alcohólicos y adictos, hablar sobre belleza y literatura, utilizar luces tenues y reflectores, pararse en el balcón a echar humo, poner la música fuerte, encerrarse en el baño con la gente, acariciar al gato con la mirada torcida, quedarse sin palabras, despertar en camas ajenas, acariciar cabellos frondosos. Así, así, eres como una gatita pero no me muerdas, no te apures en morderme que yo no me merezco esas cosas.

Me parece que un verano en ese plan sería suficiente, no creo que el cuerpo pudiese soportar más que aquello. En realidad el cuerpo lo aguanta todo, el problema sería el alma. Porque el alma es tan frágil, porque no sabe lo que quiere. Esa ciudad ya la tengo en mente, me imagino el edificio frente a la playa y la decoración del departamento, me imagino hasta las plantas y el aspecto de los invitados a aquellas tertulias, voy repasando en mi fantasía las conversaciones después del sexo y los desayunos.

Todo esto sucede mientras escucho una música sublime, todo me viene después de leer a escritores impecables. Con esta gente tan talentosa no se puede lidiar. No hay futuro. Hay que seguir escribiendo, no queda más remedio. Dicen que hay que escribir un millón de palabras para limpiarse, para calentar motores antes de parir aquella obra maestra que rompa el hielo, aquella que rompa el hielo y los huesos y los vidrios y todo, aquella que rasgue los papeles y bote los muebles y se lleve todo por delante, que cosa tan tremenda. A veces me gustaría ser artista, nada más por una temporada corta.

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cdittmann

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Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

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