Pulpos

Pulpos

El almirante tomó la palabra y les dijo a sus hombres la nave esa nos la hundieron, o qué creen ustedes, y unos pensaban que habían fallado de nuevo los repuestos, y otros dijeron que no, que los repuestos andaban bien, que los que nos están amargando la existencia aquí son los caracoles, señores, y uno dijo absurdo, todos saben que los caracoles entraron en período de apareamiento, y cualquiera entiende que al aparearse los caracoles prefieren no atacar barcos, y el almirante le dio una mirada al veterinario y éste afirmó con la cabeza, y el almirante casi gritó acaso nadie ha pensado que esa nave podría haber sido hundida en combate, y se produjo gran excitación, y unos dijeron que era posible, que justamente eso habían pensado, y otro dijo y qué tal si se quedaron atrapados por las corrientes allá en el otro extremo de la isla, en Punta Mala? Punta Rara, corrigió alguien desde el otro extremo de la sala. Sí, la misma. Todos saben que la navegación es muy arriesgada en esas aguas, y que allá no pasan cosas buenas, y se sintió un rumor de aprobación y todos estuvieron de acuerdo en lo de las corrientes y en lo del peligro. Entonces el almirante se paró botando su silla al suelo.

Estaba colorado como una jaiba recién salida de la olla y aulló hasta cuándo creen que les voy a tolerar una ineptitud de este calibre, so tropa de imbéciles, les gritó qué se creen, les dijo que eran unos malnacidos, que deberían suicidarse de vergüenza, miren que mancillar de tal manera el prestigio de la Real Armada de la Reina de las Islas Británicas, los amenazó a todos con la pena capital, con la horca. No, mejor la horca no, ustedes se merecen ser fusilados en el acto. Pero qué digo. No vale la pena malgastar balas en material tan inservible, no, lo que corresponde con ustedes es amarrarlos y dejarlos en la tarde en la bahía de Playa Loca para que vengan los pulpos a comérselos, y al oír el nombre de Playa Loca los hombres quedaron petrificados, porque el almirante ya medio los había fusilado con aquella sentencia, porque ese era el lugar innombrable, porque las leyendas sobre aquella infausta bahía eran más oscuras que la oscuridad misma, y porque a estas alturas todos habían visto un pulpo aunque fuese de lejos.

Uno de los hombres, el más borracho de todos, se puso de pie medio muerto y dijo entonces qué vamos a hacer, almirante, y todos los demás quedaron arrugados en sus asientos ante semejante exhibición de gallardía, y el almirante también se sorprendió y le dijo mire, para empezar voy a mandar  que a cada uno de ustedes les metan una piña por el culo y luego voy a pedir refuerzos a Londres y nos vamos a organizar y vamos a ganar esta guerra. En el corto plazo vamos a proceder con lo de las piñas y vamos a ir a bombardear posiciones en la isla, pero esta vez evitaremos el enfrentamiento armado a toda costa. Los marineros se animaron con lo del bombardeo, pero su alegría estaba ensombrecida, eclipsada por el tema de las piñas, aunque eso no era tan terrible como lo de los pulpos.

Los rusos, aparte de tener un barco menos tenían al Zar todos los días al teléfono preguntando por sus pulpos, y el almirante ruso recibió un ultimátum, y se le juntaban las cosas, y ya estaba harto del teléfono, del Zar, de esta guerra ociosa y llena de peligros, de la estupidez de la tropa y de los oficiales, del pescado, de los isleños y de la isla. De la isla no, realmente, porque estaba bonita la condenada, había que decirlo. Esos colores, ese viento tibio tan agradable en las tardes, y el olor a coco al levantarse por las mañanas. Pero las guerras no se ganan con olor a coco, pensó el almirante, y más que la guerra, tema que el Zar tocaba tarde, mal y nunca durante sus llamadas, lo primordial aquí era poner a trabajar esos cuchillos y mandarle a su excelencia esa carne que tanto le gustaba. El almirante bebía un té y miraba el celeste de la bahía. Se entretuvo haciendo crucigramas y en una de esas reparó en un artículo del periódico que mencionaba reportes de avistamientos de pulpos en sectores cercanos a enfrentamientos marítimos, y dijo eureka, entonces eso es lo que necesitamos, combates, y pensó que sería una buena idea ponerse de acuerdo con los italianos y los turcos, para evitar malentendidos más que nada, y se fue caminando hacia la pista de baile, porque sabía que allí los podría encontrar.

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cdittmann

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Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

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