Soledad

Soledad

Los días están lindos en Berlin. La primavera finalmente se quitó aquel manto frío y oxidado, y nos regala con una espesura selvática que ataca a lo largo y a lo ancho de este enclave de navegantes. Tantos puentes sobre el canal y sobre el río, que son las dos serpientes hilvanándose de norte a sur y de este a oeste para cruzar casi todos los distritos de esta ciudad jardín. Y para qué hablar de los lagos y lagunas que están por doquier.

De buenas a primeras resulta difícil imaginarse una metrópoli tan verde en pleno corazón de Europa, esa es la primera sorpresa con la que se encuentra el visitante que tiene el tino de acercarse por estos lares durante el período de los calores y la bonanza. Ya he hablado de las flores y de los parques, de los atardeceres perfumados a carne asada y tabaco con aroma a ciruela, de la vida en la calle y los restaurantes que se extienden hacia plazas y veredas, es que esta ciudad es otra tan distinta cuando el clima lo permite. La gente se saca la ropa y no es raro ver la piel, eso a nadie le choca, porque es lo que corresponde a una sociedad construida sobre el respeto y la tolerancia.

Así es el asunto en esta urbe que me ha visto hacer cosas que no puedo nombrar, pero yo a ella también la he visto hacer cosas que es mejor callar, porque siempre sucede lo impensable cuando el termómetro se empina. Tenemos un pacto Berlin y yo. Me ufano pensando que es secreto de dos y así voy paseando velozmente por los callejones floridos, con una canción entre los labios mientras los árboles aún tengan pétalos que arrojar a mi paso.

Hace un par de días iba pasando yo por un parque especialmente agreste, por una parte donde estaba el pasto alto por algún motivo, quizás una confusión de las cuadrillas de mantenimiento de áreas verdes, seguro que a estas alturas ya se han ocupado. Allí vi a alguien de espaldas, una señora con el cabello largo y gris que figuraba sentada mirando el verdor. Junto a ella había una botella de cerveza, cosa que es común porque aquí está permitido beber en la vía pública. Esa imagen me conmovió por algún motivo. Algo había en esa mujer sin rostro que me hizo divagar, me hizo preguntarme el motivo de estar a solas tan temprano —era apenas pasado el mediodía— bebiendo sin compañía, sorteando las horas sin rumbo, pensando en quizás qué sin tener con quién comentar nada. Supuse que aunque la hubiese rodeado jamás habría logrado verle la cara, creí que se trataba de un fantasma, de una aparición en esta ciudad de espectros y milagros. 

Cosas de la primavera, cosas de la estación inestable, negocios de la gente sola que espera lo que quizás jamás habrá de llegar, asunto de ilusos y soñadores, esencia de los días sin respuesta. Me invadió una sensación indescriptible y temí convertirme yo mismo en un hombre sin rostro, me vino un frío en la columna y pensé en tomar medidas para evitar lo inevitable, quise hacer algo sin saber bien qué para no terminar mis días en soledad, y no pude sustraerme del hecho de que en alguna mañana o en alguna tarde pasaré yo mismo a engrosar las filas del olvido.

Sería lindo abandonar este mundo en el verano, un digno final el partir durante los calores. Ya no sé qué es lo que quiero, no sé bien qué hacer contra la soledad y siento una empatía infinita hacia aquella figura solitaria que me ha acompañado en cuerpo y en pensamiento desde entonces.

Creo que aquella es mi misión, ser como la cigarra y no como la hormiga, aguantarme hasta el estío antes de dar un último suspiro, abandonar este plano bajo un sol radiante, pienso que es lo mejor que se puede hacer cuando la soledad ataca.  

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cdittmann

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Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

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