Crear un personaje

Crear un personaje

Crear un personaje para un cuento, para una novela. Una tarea excitante. Un personaje debe ser adorable, inteligente, detestable, risible, enigmático, sorpresivo, cruel e incluso ingenuo, pero por sobre todo honesto. La honestidad es la herramienta principal que todo escritor debe emplear en su obra, porque es algo que se le debe al lector. No hay cosa más triste que subestimar a la audiencia entregándole personajes aguados, tramas débiles, conflictos azucarados y diálogos forzados.

Un personaje debe sufrir un cambio a través de las páginas, debe ser castigado por los problemas, por sus antagonistas, debe tener la cosa cuesta arriba y debe comportarse o reaccionar como lo haría una persona relativamente normal. También es factible hacerlos pasar por una metamorfosis que los haga avanzar, pero dejarlos hacia el final en el mismo lugar en que se encontraban al inicio es francamente débil. Por muy heroico que sea tu protagonista, por muy malvada que sea tu villana, ellos deben tener grietas, deben presentar matices. El malo debe exhibir su lado dulce, sus virtudes, y el héroe debe mostrar sus dudas, sus debilidades. A dónde quiero llegar con esto: El protagonista debe ser único y debe dar la talla para el papel en que lo hemos puesto, lo mismo aplica para los caracteres secundarios, que están allí por un motivo específico, ya sea el ayudar a los actores principales o poner dificultades en su camino.

Cada personaje debe tener su propia personalidad, sus propias ideas, su propio lenguaje, sus propias motivaciones y preferencias, de tal modo que si hacemos el ejercicio de intercambiar sus papeles la trama se desinfla. El paisaje interior de un personaje debe quedar en evidencia a través de interacciones —salvo en contadas y justificadas ocasiones donde se logra a través de descripciones—, porque la literatura debe mostrar más que describir, tal axioma está ultracomentado y no me voy a extender hoy día al respecto. Tampoco voy a analizar a un narrador tedioso haciendo en las páginas la labor que corresponde en la cabeza del lector. En mi caso personal, prefiero machacar a mis protagonistas. Atacarlos, rebajarlos, castigarlos y golpearlos donde más les duele, para que así muestren la madera de la que están construidos. A mí me gustan los personajes que tienen que soportar miserias.

En general me aburren los actores que no pasan por vicisitudes serias y creo que a nadie le interesa leer las aventuras de alguien sin desventuras. Estoy convencido de que un protagonista con preocupaciones triviales es un sinsentido, pues personalmente soy incapaz de empatizar con ellos. Aquí está el meollo del asunto. Empatía. O la falta de ella en su defecto. Quién se puede sentir motivado por personajes cuyo mayor dilema radica en estar deprimidos, ser antisociales, tener problemas con la pareja, encontrar dificultades para llegar a fin de mes con el sueldo, estar metidos en el alcohol o en las drogas. Estos aspectos pueden ser comunes en cualquier ciudadano y ciertamente aportan a elaborar una personalidad en profundidad, pero  basar la construcción de un actor exclusivamente en tales factores me parece un acto de pobreza, eso de tratar a un personaje de un modo tan superficial. Qué tiene de interesante alguien que podría ser el vecino, para qué seguir leyendo un relato cuyos protagonistas no tienen problemas más graves que el común de los mortales. Los personajes indiscutiblemente van cambiando a lo largo de las páginas, y no es exagerado decir que a veces se descarrilan y tienen ideas propias. Con esto me refiero a que el relato fluye como el agua, y a veces lo lógico es que los actores tomen giros inesperados en aras del divertimento o en vistas de los problemas que se aproximan. A veces incluso hay que matar a un protagonista porque es la única forma de darle credibilidad al asunto.

En ocasiones uno o más de los actores muestran un lado desconocido, y cuando algo así ocurre hay que entregarles las herramientas para que se destapen, porque ahí radica la entretención. Resulta divertido cuando un personaje dice o hace algo políticamente incorrecto, cuando falta a la verdad o a la moral, cuando se sale de madre para meterse con la pareja de otro, para robar, engañar, mentir, insultar o mostrar su cara más vil o más frágil. El acto de escribir necesita de tales perlas, y a mí me gusta excavar en la arena para encontrarlas, porque así es como me divierto, y cuando un escritor se divierte sus lectores harán otro tanto. No hay nada más reconfortante que reírse al revisar el borrador de una novela o cuento.

Unos de mis personajes más queridos son el comisionado Ambrosov y el vagabundo Mikhail, de mi novela «Animal». Ellos son tipos con un buen corazón, cosa que demuestran con pequeños actos (me viene a la mente un adagio que dice «Hechos son amores»), pero a la larga terminan comportándose como descarados porque son humillados y maltratados, porque la situación así lo exige. Abusan del poder, de la bondad y de la confianza del prójimo, del alcohol, y de sí mismos, pero no son villanos por antonomasia, sino personas corrientes en grandes aprietos. Desde luego sus problemas son exagerados, de eso se trata, pero sus reacciones nunca son falsas. No hay groserías fuera de lugar, interacciones forzadas ni altercados poco creíbles, porque he puesto especial cuidado en tales detalles, por respeto al lector. Otro de mis personajes favoritos es el doctor Godard de mi novela «La Red». El doctor parte como un ciudadano sensato, prudente, sensible, moderado, pero desemboca en un animal, un degenerado y un asesino, porque las circunstancias lo acarrean hacia un callejón sin salida, y creo que ha desempeñado su papel con gran dignidad. Un caso notable es el clan de villanos de mi cuento «La Fuente», que aparece en el libro «La Isla». Se trata de una familia de vampiros que se comportan de manera abusiva y grosera, pero tienen también sus límites, incluso algo de pudor. Este contrapunto aporta una cuota de absurdo al relato y al mismo tiempo permite crear tensión y dotar al cuento de una ración de humor. También destaco el personaje de Juana Montoya, de mi libro «Persea». Juana tuvo una infancia miserable, pero en un giro de la vida es adoptada por un clan poderoso. De este modo encuentra la tan anhelada seguridad, es acogida, recibe respeto y cariño. Más adelante se asocia con alguien para formar un negocio lucrativo, una empresa que le aporta un montón de dinero. Sin embargo el asunto se tuerce al darse ella cuenta —cuando ya es tarde— de que se ha metido en asuntos turbios, y descubre que su asociado es un delincuente. Cuando la cosa pasa a mayores y la policía le pisa los talones, Juana elige la vía armada, porque tiene una personalidad explosiva y no se va a dejar poner el pie encima por nadie. Ella es una mujer luchadora, empoderada y dotada de empatía. Trabaja duro para alcanzar sus sueños, pero yo me entrometo para arruinarle todo.

En cuanto a los escritores consagrados, me es fácil enganchar con los personajes de Bulgakov, Gogol, Goncharov, Bukowski, Kafka, Zweig, Camus, Bolaño, Ibargüengoitia, Hamsun, Valle-Inclán y Murakami por nombrar tan solo algunos. Eso es lo que me gusta a mí: Personajes creíbles navegando la adversidad. Actores incómodos gatillados por la inestabilidad o la incertidumbre. Transformación. Ficción con honestidad. Eso.

TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO?

cdittmann

cdittmann

Christian Dittmann es diseñador gráfico, músico y escritor nacido en Santiago de Chile y residente en Berlín desde el 2013. Autor de novelas, poemas, ficción y anticipación.

Deja una respuesta