Ay, lluvia. Ay! Cuento las gotas caer: Una, dos, tres. Muy lento. Mejor: Diez, quince, veinte. No me alcanza. Cien, doscientas, doscientas veinte. No sirve. Es que cae tenaz como una sábana: Sábanas, sábanas. Cae como un rocío, es así cayendo como una ola intermitente: Olas, olas. Estoy cubierto por las nubes, pero también las he visto de lejos, así que sé qué aspecto tiene la cosa.
La nube es como una bomba, como un globo de látex que surca el aire con su pesar y sus achaques. Suena tal como un globo de cumpleaños que se queja al rozar otros globos o la ropa, lo que sea. Esa nube de goma en algún momento tiene que herirse, en alguna parte se producirá la rajadura que liberará el diluvio, no por nada es nube negra. Y se rajan, eso es lo que hacen las nubes cuando veo la lluvia venir de lejos. Se rompe la goma, se agranda el quejido, se oye quizás qué cosa, como si un tenedor gigante le hiriese el vientre, y ella toda negra suelta su carga urgente. Se raja la nube y se ve claramente la columna de agua cayendo. Así es como se ve la lluvia desde lejos, una nube herida soltando su contenido que parece un fideo borroso, es un fenómeno infinitamente más interesante que un cielo gris sin perspectiva, sin movimiento, sin truenos.
Es lindo ver la lluvia desde lejos porque parece un parto o una muerte, hechos que solamente pueden ser lindos cuando tienen que ver con una nube que parece una bomba de caucho. Y entonces hay que seguir, continuar con la cosa o guardarse, tomar un café. La lluvia en la ciudad es así: Plana, exenta de inspiración, carreras en las calles, gente buscando guardarse bajo un alero o bajo el techo de una estación fría con olor a trenes y aceite. Una mente creativa, una persona enamorada sería capaz de escribir una oda a la lluvia, tantas así he leído, pero a mí no me da para más que una carta de reclamo: Oh lluvia, lluvia. Por qué eres así, por qué no te vas con tus nubes y con el viento a regar otros parajes, por qué no nutres el suelo de una ciudad vecina, por qué no te llevas tus modos a otra parte, qué tienes contra nosotros, por qué no haces tus cosas envuelta en la noche, cuando la gente duerme.
Esto no sirve para nada, prefiero infinitamente la lluvia en el campo, resonando sobre un techo de lata, mirando por la ventana, viendo los pájaros entumidos parados en la cumbre de las ramas desnudas, mirando el barro y la hierba mojada. Eso es otra cosa. Allí se puede recurrir a la estufa, echar un leño tras otro al fuego, leer todos los libros atrasados bajo una luz débil, cubrirse las piernas con una manta o hacer el amor entre las sábanas. Hay gente que goza con la lluvia, hay gente que sale a pasear con sus perros, hay otros que salen porque no tienen remedio ni otra cosa. A mí denme un buen vino y ropa seca, los demás se encargarán de que la vida siga su curso.