El fin de año trae fantasmas consigo. Fantasmas de recuentos, fantasmas de ausencias, fantasmas de recuerdos. Son estos unos espectros tenaces que se unen a aquella sensación de nunca hacerlo suficientemente bien en las postrimerías del calendario. Aquel sentimiento que espolea, que se esconde entre las sombras y las horas, que surge desde la nada y desde abajo, un incordio que llega marchando al revés, que se presenta sin ser invitado y lleva al común, al de a pie, a pensar que su fiesta de año nuevo no fue la mejor de las mejores, o en su defecto que hay en algún rincón del mundo un momento y un lugar más idóneo para esperar el año que llega. Pasearse por las calles, mirar las ventanas y empezar a pensar: Cuánta gente estará haciendo el amor, cuántos de ellos comerán caviar, quienes tendrán una araña de cristal o una chimenea, cuál será la pareja perfecta, cómo se oirá la música ideal, qué aspecto tendrá el salón más atractivo. Es como una nube, una bruma, una niebla que molesta e incomoda.
Algunos ciudadanos con menos temple suman a esta condición los temidos propósitos de año nuevo. Temidos porque hay gente que sencillamente no tiene, no puede delimitar objetivos. Hago el ejercicio de preguntarle a cualquier persona «cuáles son tus planes, cuál es el aspecto de tus sueños» y las más de las veces la respuesta cae al vacío. Se abre la boca y sale un vaho descolorido que podría haber sido una frase, que podría haber nacido como una respuesta, y se desploma a los pies, se precipita sobre la cuneta. Bebamos.
Yo me abstengo de elaborar planes de año nuevo por una razón muy sencilla, porque yo hago planes todo el tiempo. He aprendido de los mejores que lo conveniente, lo recomendable, lo que va a misa es llevar consigo un cuadernillo e ir anotando todo lo que quiero hacer y lo que tengo que hacer, lo que me gustaría lograr y los peldaños para llegar hasta allí. Es que el tiempo y la perseverancia me han enseñado que el recorrido hacia los sueños es un camino que se anda en reversa, es un muelle desde el que zarpamos y no aquel en el cual botamos anclas.
Pensar en escenarios futuros. Pensar en anticipación. Todas aquellas ideas que en su momento pecaron de extemporáneas pero luego el tiempo les dio la razón, todos los mundos, paradigmas y universos que los próceres de las humanidades y otras disciplinas construyeron en sus mentes fueron proyecto de una mirada hacia adelante. Tirar una piedra y desde el lugar en que se hundió en la arena, desde allí trazar un hilo, una lana de Ariadna para encontrar el camino en el laberinto. Todo funciona marcha atrás. Ya me van entendiendo.
Lo interesante y lo importante es mover las manos, rasgar con las palmas las moléculas del aire para con tal gesto espantar los espectros que nada bueno ni provechoso traen, porque los fantasmas habrán de enterrar a los fantasmas, eso está aquí escrito. Sea. Alzar la copa y celebrar lo comido y lo recorrido, lo amado y lo bailado, que aunque parezca poco no lo es, porque la ilusión de alcanzar es nada más que eso. Jamás alcanzaremos porque para eso están los sueños, para construir unos encima de otros. El día en que se acaban los sueños se acaba todo. Eso es lo que pienso. Y mi fórmula, mi antídoto es intentar ser feliz cada día, aunque sea un momento. Practicar el arte olvidado de la sonrisa, alcanzar la felicidad partiendo desde la fisiología. Un ejercicio honesto. Bebamos.
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Un camino en reversa, imposible mejor dicho. El regreso a casa sorteando los fantasmas y laberintos del pudo ser y del puede ser, cómo abstraerse a esa variable. Es lo que es y lo que queramos que sea de acuerdo a nuestro nivel evolutivo, el cultivo de la chispa creadora y el sorteo de los vericuetos y las esquinas del camino. Si el ritmo y la música son propicios, el ilusorio movimiento dentro del eterno regalo, el presente, suscita milagros. Sin ritmo, surgen los oficios menos afortunados y la tendencia a obedecer. No rima ni da risa, tal vez porque la poesía y el humor no han sido lo generosos que se podría querer, pero el ritmo nos tiene aquí bailando como la Maga con alcachofas e hilos de Ariadna en parajes de sueño que no soñados sino vividos. El baile mutó en pedaleo y agitar cuerdas, el alcohol y las otras también abandonaron este barco, el mar también, lo que obligó a mutar en ave. Hasta que el aire también abandonó la ecuación y solo queda el prana para llenar el fecundo vacío. Y desde allí cada respiración es lo más feliz y trascendente que el velo de maya y los chispazos asomándose fuera de la Matrix permiten. El ateo más creyente y el virtuoso más degenerado o deconstruido tal vez van a dar el verdadero primer paso evolutivo, en la luna o en la cocina, que importa, es un paso y ya es bastante.
Sinceras felicitaciones maestro Dittman Guerrero, oda a la aventura de escribir, crear mundos, viajar mundos y pensar desde la alegría que era tal vez el motor principal que movía el carruaje de Arjuna.
Larga y gozoza vida en la plenitud de la creación. Hossana.
Alabadas palabras. Gracias 🙏🏻